Code Fénix Ashes of the otherworld

Capítulo 99 - Nada es lo mismo

Capítulo 99 - Nada es lo mismo

Hace ya un mes ocurrió la Insurrección.

Un mes desde Blender.

Un mes desde que el mundo decidió volverse todavía más absurdo.

Ahora estamos hospedándonos en una pequeña posada perdida lejos de todo.

Un lugar olvidado entre caminos cubiertos por nieve y bosques congelados.

El invierno llegó con fuerza.

Techos blancos.

Viento helado.

Noches interminables.

Honestamente…

Hemos sobrevivido bastante bien.

Sorprendentemente bien.

Comida caliente de vez en cuando.

Un techo que no se cae.

Nadie intentando matarnos durante… bueno… casi cuatro días seguidos.

Todo un lujo.

Pero hay algo que no me deja tranquila.

Fénix.

Fénix está raro.

Más raro de lo normal.

Y eso viniendo de él ya dice bastante.

Desde el día del Advenimiento…

No es el mismo.

Hay momentos donde parece completamente presente.

Seco.

Molesto.

Discutiendo con Cain o corrigiendo a Nym.

El Fénix habitual.

Más o menos.

Pero luego…

Desaparece.

No físicamente.

Mentalmente.

Como si algo lo arrastrara lejos por unos segundos.

Se queda quieto mirando la nada.

Atrapado dentro de su propia cabeza.

Como si estuviera viendo algo que los demás no podemos ver.

Y a veces…

Tiene pequeños temblores.

En las manos.

En el brazo derecho.

Pequeños.

Pero están ahí.

Él cree que nadie los nota.

Yo sí.

Y eso no es ni siquiera lo peor.

Hace poco más de una semana…

Tuvo cuarenta y nueve grados de fiebre.

Cuarenta y nueve.

Ni siquiera sé cómo escribir eso sin sentirme ridícula.

Una temperatura así debería matar a cualquiera.

A cualquiera.

Estuvo delirando durante horas.

Sudando.

Temblando.

Murmurando nombres.

Fragmentos de frases.

Yo sinceramente…

No sé cómo demonios sigue vivo.

Aunque pensándolo bien…

Supongo que esa frase resume bastante bien a Fénix Rogers.

"No sé cómo demonios sigue vivo."

Pero…

Hay algo más.

Algo cambió en mi forma de verlo.

Antes…

Para mí era fácil clasificarlo.

Un mercenario enorme.

Malhumorado.

Violento.

Con problemas evidentes de ira y una alarmante tendencia a resolver cosas con una espada gigantesca.

Simple.

Comprensible.

Pero después de conocer su historia…

Después de entender Vandrel.

Marius.

Enid.

El monasterio.

Todo lo que perdió.

Todo lo que arrastra…

Ya no puedo verlo igual.

Porque Fénix no es solamente un mercenario enojón.

No es solamente el Guerrero Oscuro del que hablan las historias.

No es solo un hombre obsesionado con matar a alguien.

Es…

Una persona que siguió caminando muchísimo después del punto donde la mayoría simplemente se habría roto.

Y quizás…

Quizás eso es lo que más miedo me da.

Porque a veces lo observo sentado junto al fuego.

En silencio.

Mirando las llamas como si estuviera a millones de kilómetros de aquí.

Y tengo la sensación de que…

Una parte de él…

Todavía sigue atrapada en aquella noche.

La pequeña posada crujía suavemente bajo el peso del invierno.

Era un edificio modesto de dos plantas, aislado entre nieve, árboles oscuros y un camino que apenas seguía siendo camino.

Abajo, junto al fuego del salón principal, el calor conseguía mantener el frío a raya.

Arriba…

En una de las habitaciones del segundo piso…

Estaba Fénix.

Solo.

Como casi siempre últimamente.

La puerta principal se abrió de golpe.

Una ráfaga helada invadió la sala.

—¡Joder, qué frío hace! —gruñó Cain entrando mientras se sacudía nieve del abrigo.

Detrás de él apareció Nym cargando un pequeño saco.

Elira levantó la cabeza desde la mesa.

Su expresión se alivió al instante.

—Por fin.

—Pensé que los habían matado.

Nym dejó el saco sobre una silla.

—Estuvimos a punto de morir.

Cain lo miró sin emoción.

—No.

—Tardamos veinte minutos comprando pan.

—Eso no cuenta como casi morir.

—Para ti no cuenta porque eres un monstruo viejo sin emociones.

—Y tú eres un elfo que negoció cinco minutos por una cebolla.

Nym señaló indignado.

—¡Porque nos estaban estafando!

Elira soltó una pequeña risa.

—¿Entonces consiguieron algo?

Cain levantó una bolsa.

—Pan.

—Carne seca.

—Papas.

—Y milagrosamente una botella decente.

Nym se cruzó de brazos.

—La botella fue idea mía.

—La botella casi cuesta toda la comida.

—Detalles.

Elira se levantó de la silla.

—Bueno, al menos trajeron algo.

Cain dejó las cosas sobre la mesa.

—No había mucho más.

—Este lugar está prácticamente muerto con la nieve.

Nym empezó a quitarse los guantes.

—Había un tipo vendiendo pescado congelado.

—No quise preguntar desde cuándo estaba congelado.

Elira comenzó a revisar las provisiones.

—Nos alcanza para unos días.

—Eso ya es bastante.

Nym miró alrededor.

—¿Y el grandullón?

Elira entendió enseguida.

Miró hacia el techo.

Hacia el piso superior.

—Arriba.

Cain soltó un pequeño suspiro cansado.

—Claro que está arriba.

—¿Entrenando?

Elira negó suavemente.

—No.

—Quieto.

Silencio corto.

Nym bajó un poco la voz.

—…¿Otra vez?

Elira asintió.

Cain permaneció unos segundos mirando las escaleras.

Luego agarró un pedazo de pan de la bolsa.

—Bien.

—Mientras no esté intentando levantarse con cuarenta heridas abiertas.

Nym lo señaló.

—Tú dices eso, pero si sube ahora mismo seguro le gritas que deje de hacer drama.




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