Code Fénix Ashes Of The Return

CAPÍTULO 1 : Las puertas del infierno

CAPÍTULO 1 : Las puertas del infierno

El aire es una afrenta. No solo quema, sino que araña. Cada bocanada que logro introducir en mis pulmones es como tragar vidrio molido y brasas vivas. El cielo, si es que puede llamarse así, es una bóveda de un rojo enfermizo, cortada por el humo negro y denso que se pega a mi garganta como alquitrán. Los gritos son el único idioma que se habla aquí. No son gritos de hombre o de bestia; son lamentos desgarrados que se mezclan con el jadeo de los moribundos y las carcajadas de algo que no debe tener nombre. Este lugar es, sin duda, la boca misma del infierno.

Y yo camino por él.

Mi cuerpo es un mapa del dolor. Cada músculo es un nudo de fuego, cada hueso una fractura que protesta con el más mínimo movimiento. La sangre me ha empapado por completo, una costra pegajosa que se parte y se vuelve a formar con cada paso. Parte de ella es mía; la puedo sentir, caliente y propia, brotando de la herida en mi costado donde una espada, o algo peor, me desgarró la carne. El resto... el resto no es mía. Me cubre como una segunda piel, un recordatorio viscoso de las manos que he partido y las gargantas que he arrancado.

Una somnolencia mortal me nubla la mente, un dulce veneno que me susurra que me rinda, que me acueste en esta tierra de cenizas y huesos y no me levante más. Pero mis pies siguen adelante, uno tras otro, mecánicos, obstinados. No sé hacia dónde voy, solo sé que detenerme es la muerte definitiva, no la del cuerpo, que ya está muerto, sino la del alma.

La niebla de humo me envuelve, juguetona, y por un instante, el caos exterior se silencia. Es en ese momento de falsa calma cuando la memoria me golpea con la fuerza de un ariete. No es un recuerdo, es una ausencia. Un vacío donde debería haber algo. ¿Cómo llegué aquí? La pregunta rebota en mi cráneo, pero no encuentra respuesta. No hay un camino, no hay un viaje, no hay un antes. Solo hay el ahora. Este infierno. Y yo.

La desesperación, fría y afilada, atraviesa el velo del agotamiento. Giro sobre mí mismo, mis ojos desesperados intentando penetrar las cortinas de humo y las sombras danzantes. Mi voz, ronca y quebrada, surge de mi garganta sin que yo lo ordene.

¡ELARA!

El nombre se pierde en el estruendo, devorado por el clamor de mil tormentos. Silencio. Solo los gritos de los condenados me responden. Aprieto los puños, las uñas se clavan en mis palmas hasta que siento más de mi propia sangre.

¡KAELEN!

Nada. Ni un eco. Ni un susurro. Es como si los nombres de mis compañeros, mis hermanos, fueran palabras prohibidas en este reino de sufrimiento.

¡TORVUS!

Esta vez, mi grito es un aullido de rabia y angustia. La respuesta es el mismo muro de sonido ensordecedor, la misma indiferencia absoluta. Nadie va a responder. No están aquí. O si lo están, ya no son ellos.

La niebla se vuelve a espesar, y con ella, la certeza de que estoy completamente y absolutamente solo. El sueño me llama de nuevo, más fuerte esta vez, prometiéndome un olvido dulce. Pero lo rechazo. El olvido es un lujo que no me puedo permitir. Primero, necesito respuestas. Primero, necesito encontrar a alguien... o a algo, y hacerlo sangrar hasta que me diga por qué estoy aquí y dónde están los que una vez fueron mi familia.

Mi mano se cierra sobre la empuñadura de la espada rota que aún cuelga de mi cinturón. El metal está caliente y resbaladizo. Es poco, pero es todo lo que tengo. Con un último aliento que sabe a sangre y a ceniza, reanudo la marcha. Adentrarme más en el infierno. No para encontrar una salida, sino para encontrar una razón.

Justo cuando la desesperación amenazaba con convertirse en mi única compañera, algo rompió la monotonía carmesí del paisaje. A lo lejos, una mancha de un negro más profundo se movía entre las nieblas. No era una sombra, era un líquido. Un pequeño lago, o un estanque, del que se elevaba una nube de vapor constante, como un aliento helado en este horno.

Mi corazón, ese músculo cansado, latió un poco más deprisa. Con un esfuerzo que me costó una visión borrosa y un sabor a metal en la boca, me acerqué. Y entonces la vi.

Enid.

Estaba allí, de pie en el centro del agua negra y humeante. Y estaba desnuda. Su piel, pálida como la luna, contrastaba con la oscuridad del agua y el rojo sangriento del cielo. No mostraba ningún temor, ninguna angustia. Al contrario, parecía relajada, con los ojos cerrados y la cabeza ligeramente echada hacia atrás, como si el vapor fuera un cariño y el agua un lecho de plumas.

Un alivio tan abrumador, tan doloroso, me recorrió que se me escapó un grito antes de poder contenerlo.
—¡Enid!

Mis pies se clavaron en el suelo. No me atrevía a moverme, temiendo que mi visión se desvaneciera, que fuera otro truco de mi mente rota. Ella abrió los ojos lentamente, y su mirada, en lugar de mostrar alegría o sorpresa, se posó en mí con una intensidad que me heló la sangre más que el aire. Una sonrisa se dibujó en sus labios, una sonrisa que no tenía nada de reconfortante.

—Fénix —dijo su voz, un susurro meloso que cortó el estruendo de fondo como un cuchillo de seda—. Al fin llegas. Te estaba esperando.

Su tono era pura miel, pero las palabras que siguieron estaban cargadas de una promesa lujuriosa y peligrosa.
—Estaba tan sola... El agua está caliente, pero se siente fría sin alguien que la comparta. Ven. La piel te pide descanso, ¿verdad? Y el cuerpo... el cuerpo pide mucho más. He visto cómo me miras, cómo siempre me has mirado. Deja que te lave la sangre, Fénix. Deja que te lave el dolor. Y luego, déjame enseñarte lo que es el verdadero placer... el que solo se encuentra en la ruina.

Mi cuerpo, traicionero y agotado, escuchó sus palabras más que mi mente. La promesa de un respiro, por más tentadora que fuera, era demasiado para resistirla. Di un paso adelante, luego otro, hasta que llegué al borde del estanque. Sumergí un pie en el agua negra.




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