Code Fénix Ashes Of The Return

CAPÍTULO 2 : Culpa tuya

CAPÍTULO 2 : Culpa tuya

El desprecio en los ojos de Marius era una cosa viva, una serpiente fría que me paralizaba. Dio otro paso, su armadura de plata brillando con una luz maligna bajo el cielo carmesí.

—¿"Por qué"? —repitió, su voz goteando veneno—. ¿Realmente necesitan preguntárselo? Siempre fueron los mismos. Siempre el centro del universo.

Se detuvo, su mirada pasando de mí a Enid y de vuelta a mí.

—Enid, la intrépida Comandante de los Tigres Blancos. Siempre con la mirada fija en el horizonte, siempre la primera en cargar, la heroína. Y tú, Fénix, su leal Capitán. El brazo derecho, la espada, el escudo. Siempre a su lado, siempre compartiendo la gloria. Siempre recibiendo los vítores, las copas de vino, las miradas de admiración. Siempre los dos.

Hizo una pausa, y el silencio se cargó de años de resentimiento contenido.

—¿Y yo? ¿Dónde quedaba yo en ese cuadro? El fauno. El consejero. El "tercero". Siempre a la sombra de vuestra luz. Siempre el que preparaba los mapas, el que decía las profecías, el que os daba las herramientas para que vuestra leyenda creciera. ¡Siempre el de al lado! Nunca el protagonista. ¡Nunca el héroe!

La ira finalmente estalló en su voz, una furia roja y vibrante que hizo que el aire vibrara a su alrededor. Se giró hacia mí, sus ojos plateados ardiendo con un odio personal y visceral.

—¡Y tú, Fénix! ¡Tú, mi "hermano"! ¡La traición más dulce, la más perfecta, porque estaba envuelta en una sonrisa! —gritó, señalándome con un dedo tembloroso—. ¿Recuerdas el día de la fiesta real? ¿El día en que volvimos de haberle partido la cara al Imperio Milenario? El reino os celebraba, os lanzaba flores, os llamaba salvadores. Y tú, en tu infinita "generosidad", decidiste que tu pobre amigo Marius necesitaba "divertirse".

Su voz se quebró, mezclando el odio con un dolor tan profundo que me heló la sangre.

—Me insististe. "Marius, ven, es una noche para celebrar". "Marius, olvídate de los libros por una noche". Y me empujaste hacia los brazos de esa mujer. Esa prostituta sonriente con los ojos vacíos. Tu "regalo". Tu bendición. ¡Me dejaste en sus manos como si me estuvieras entregando a la muerte!

Se golpeó el pecho, donde la armadura ocultaba la cicatriz invisible que nos estaba uniendo a todos en ese infierno.

—¡Casi muero, Fénix! ¡Fui consumido por dentro, quemado por la enfermedad que ella me dio! ¡La sífilis! ¡Una putrefacción lenta y humillante mientras tú y Enid estabais siendo enaltecidos en la corte! ¡Mi amigo, mi hermano de armas, me había condenado a una agonía sin gloria, a una muerte de leproso en un oscuro rincón! ¿Te imaginas eso? ¿Sentir cómo tu propio cuerpo se deshace, mientras el hombre en quien confiabas brilla como el sol?

Se calibró, respirando pesado, su pecho subiendo y bajando. La furia dio paso a una calma aterradora, la serenidad de un hombre que ha hecho un pacto irrevocable.

—Pero en la oscuridad de mi lecho de muerte, escuché un susurro. Una leyenda de las afueras del Bosque de Vandrel. Tres brujas, tres hermanas que no servían a la naturaleza, sino a algo más antiguo, más hambriento. Daban un pacto. Un trato. Y yo, arrastrándome, fui hasta ellas. Buscando una salvación. Y la encontré.

Una sonrisa cruel se dibujó en sus labios.

—Me ofrecieron la curación. Y más. Me ofrecieron poder. Un poder que vosotros, con vuestra fuerza bruta y vuestra táctica limitada, nunca podríais entender. El poder de las tinieblas. El de ser un soberano en este nuevo reino. A cambio, solo pedían una cosa. Una ofrenda para iniciar su reinado en este plano. Un sacrificio de almas valientes, guerreros probados, para que su sangre abriera las puertas.

Sus ojos se clavaron en los nuestros, y la verdad, la horrible y aplastante verdad, nos golpeó como un martillo.

—Ofrecí a los Tigres Blancos. Ofrecí a todos. Y me aceptaron. Los incluyeron a ustedes. A cada uno de ellos. A todo el ejercito de los tigres blancos. Y a ustedes dos, los amados héroes. Mi obra maestra. Mi venganza y mi ascenso en un solo acto.

No podía respirar. El mundo se había reducido a su rostro sonriente y a las palabras que resonaban en mi cráneo, destruyendo todo lo que creía conocer. La traición no era un golpe, era una aniquilación.

—¡NOOOOO! —grité, un sonido que no era humano, un aullido desgarrado que salió de lo más profundo de mi alma—. ¡MARIUS, BASTARDO! ¡NOS CONDENASTE A TODOS! ¡POR TU ENFERMEDAD, POR TU ORGULLLO NOS MATASTE! ¡MATASTE A NUESTROS HERMANOS! ¡MATASTE A TODOS!

Mi grito de agonía se perdió en el aire denso. Me lancé hacia Marius, ciego de rabia, con las manos convertidas en garras dispuestas a arrancarle los ojos de su rostro sonriente. No llegué ni a un metro de él.

Con una calma insultante, Marius levantó una sola mano, la palma abierta hacia mí. No fue un empujón, ni una ráfaga de viento. Fue una presión invisible y absoluta, como si el peso del cielo entero se hubiera abatido sobre mí. Mi cuerpo fue aplastado contra el suelo con tal fuerza que el aire me fue expulsado de los pulmones en un jadeo ahogado. Sentí cómo mis costillas crujían, cómo mi mandíbula se estrellaba contra la tierra rocosa. Estaba inmovilizado, completamente indefenso, mi cara presionada contra el polvo y las cenizas, incapaz de mover ni un solo músculo.

Marius se acercó lentamente, sus botas resonando a mi lado. Su voz, ahora libre de cualquier rasgo de humanidad, descendió sobre mí como una sentencia.

—No están muertos, Fénix. La muerte sería una misericordia que no les merecen. Ustedes, y todos los demás, van a sufrir. Van a sufrir por toda la eternidad en este infierno que he ayudado a forjar. Este es mi regalo para ustedes. Mi agradecimiento.

Se detuvo, dejando que el peso de sus palabras me aplastara más que su poder.

—Gracias a mi nuevo estatus, gracias a convertirme en un soberano de las tinieblas, las reglas han cambiado. Este infierno ya no es solo un lugar de castigo. Es ahora mi reino. Y un reino necesita un trono. Un octavo infierno se acaba de crear. El mío.




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