CAPÍTULO 3 : Compañeros
El atardecer tiñó el cielo de naranjas y violetas cuando el grupo llegó a una pequeña posada a las afueras de un pueblo sin nombre. El lugar, de aspecto humilde pero sólido, bullía con la vida de viajeros, mercaderes y lugareños que buscaban refugio de la noche que se avecinaba. Fénix, encabezando al grupo, entró directamente al bar, donde el murmullo de conversaciones y el olor a cerveza y guiso le recibieron como una bofetada.
Se acercó al mostrador de madera desgastada, detrás del cual un hombre corpulento y con bigote limpiaba una jarra con un trapo grasiento.
—Tres habitaciones. Las mejores que tenga —dijo Fénix, dejando unas monedas de oro sobre la barra.
El cantinero las recogió con una mano rápida, las mordisqueó para verificar su autenticidad y luego las guardó. —Solo me quedan dos, guerrero. Y una de ellas es un camarote. Es todo lo que tengo. El pueblo está lleno por la feria.
Fénix frunció el ceño, molesto, pero antes de que pudiera protestar, la voz de Caín resonó a su espalda, seca y cortante.
—No hay problema. Compartiremos habitación. Los dos.
Fénix se giró para mirarlo, con una expresión de incredulidad y repulsa. Compartir un espacio cerrado con Caín era su propia forma de infierno personal. Pero antes de que pudiera rechazar la oferta, una voz chillona y excitada cortó la tensión del ambiente.
—¡Por fin! ¡Los encontré! ¡Por fin!
Todo el mundo en la posada se giró hacia la fuente del alboroto. Allí, parado en una mesa, estaba un joven. No era humano. Era del tamaño de un niño pequeño, ágil, con un pelaje castaño, una larga cola y un rostro claramente simiesco. Vestía ropas de viajero descoloridas y sus ojos brillaban con una fiebre casi religiosa.
Elira, que había entrado detrás de ellos, frunció el ceño. —¿Quién es ese mono? —preguntó en voz baja a Fénix.
—Ni idea —respondió Fénix, su mano instintivamente moviéndose hacia el mango de su espada.
El joven mono saltó de la mesa con una agilidad asombrosa y se acercó a ellos, haciendo una reverencia tan exagerada que casi se cae de cabeza.
—¡Robin! Me llamo Robin! Por supuesto que no me recuerdan, ¿Cómo iban a hacerlo? ¡Pero yo los vi a ustedes! ¡Antes del Advenimiento! ¡Vi al Guerrero Oscuro en acción! ¡Fue... fue lo más increíble que he visto en mi vida!
Sus ojos se fijaron en la enorme espada de Fénix, que asomaba por encima de su hombro. —¡Y esa espada! ¡La God Killer! ¡La leyenda es cierta! ¡Brilla con la misma oscuridad que la de su portador! ¡Increíble!
El grupo intercambió miradas de perplejidad y fastidio. Fénix, Elira y Caín lo ignoraron por completo, volviendo al problema inmediato.
—No voy a compartir contigo —dijo Fénix a Caín, con voz baja—. Prefiero dormir en el establo.
—Tu orgullo te hará dormir con las ratas, entonces —replicó Caín sin pestañear—. Yo necesito un techo. Y tú también lo necesitas, aunque no lo admitas.
—Mmm, bueno —intervino Elira, intentando mediar—, somos cuatro. Nym no ocupa mucho espacio... supongo que Cain y Fénix pueden tomar la habitación con las dos camas, y yo me quedaré con Nym en el camarote. ¿Qué os parece?
—¡Yo puedo dormir en la almohada de Fénix! —ofreció Nym, volando en círculos sobre su cabeza—. ¡No peso nada!
—Nadie va a dormir en mi almohada —gruñó Fénix, apartando al duende con la mano.
—De acuerdo —dijo Elira, tomando una decisión—. Cain y Fénix, en la habitación doble. Yo y Nym, en el camarote. Y tú... —dijo, mirando a Robin, que todavía los seguía con ojos de admiración—. Tú puedes dormir en el pajar, si no te importa.
Robin pareció a punto de desmayarse de la emoción. —¿Dormir... dormiré en la misma posada que el Guerrero Oscuro y sus legendarios compañeros? ¡Sería el honor más grande de mi vida! ¡Lo acepto! ¡Gracias!
Mientras el joven mono empezaba a hablar de nuevo, contando historias que solo él había vivido en su cabeza, Fénix suspiró. La noche prometía ser tan agotadora como el día. Compartir habitación con Caín era un mal menor, pero un mal al fin y al cabo. Y ahora, un fanático con pelo. Lo único que quería era un momento de paz, aunque fuera en un taberna abarrotada. Parecía que no se lo permitiría.
El ruido de la taberna se había atenuado a un murmullo de fondo cuando Elira y Nym subieron por la estrecha escalera de madera hacia el camarote. El espacio era reducido, apenas suficiente para un catre y un pequeño baúl. Elira se sentó en el borde del catre, quitándose las botas con un suspiro de alivio, mientras Nym aterrizaba suavemente en el alféizar de la pequeña ventana redonda, observando la noche.
—Bueno, creo que esta es nuestra cueva —dijo Elira, con una media sonrisa—. No es mucho, pero es un techo.
—Es un nido —corrigió Nym, bostezando y estirando sus diminutas alas—. Con olor a cerveza rancia y a sueños rotos. No está mal.
Elira lo miró por encima del hombro, una pregunta que había estado dando vueltas en su cabeza finalmente salió a la luz. —Nym... nunca te he preguntado. ¿Por qué te uniste a él? A Fénix. No pareces el tipo que se enrola en cruzadas personales por venganza.
Nym dejó de examinar la noche y se giró, sus ojos brillantes fijos en ella. Se encogió de hombros en un gesto que parecía demasiado grande para su pequeño cuerpo. —¿Por qué me uní? —repitió, como si la pregunta le resultara absurda—. Pues porque estaba aburrido, Elira. Mortalmente, increíblemente, aburrido. Pasaba los días robando fruta y espiando a los humanos. Y entonces, ¡pum! Aparece este tipo gigante con una espada más grande que tú, con cara de haberse peleado con un dragón y haber perdido. ¿Cómo voy a decir que no? Es la mejor historia que podré contar cuando vuelva a casa. "¡Y yo, Nym el Magnífico, viajé con el temido Guerrero Oscuro y le robé una ciruela a un conde vampiro!". Es material de leyenda.
La hechicera no pudo evitar sonreír. La honestidad brutal del duende era refrescante.