CAPÍTULO ESPECIAL: El desayuno de Fénix
La cafetería estaba llena de aroma a pan recién horneado y café fuerte. En una mesa junto a la ventana, Lucian, Vannesa y Fénix disfrutaban de un desayuno que, en teoría, debía ser tranquilo.
Lucian terminaba su tercer panqueque. Vannesa bebía su jugo con calma. Fénix revisaba el menú por quinta vez, como si buscara una excusa para no mirar la cuenta.
Cuando el mesero dejó la pequeña carpeta con la factura, los tres se quedaron en silencio. Fénix la abrió con un gesto dramático, como quien descifra un archivo clasificado.
—Bueno… —dijo, tragando saliva—. ¿Quién va a pagar?
Lucian arqueó una ceja.
—Tú no —respondió de inmediato—. Y por si piensas pedirme dinero, olvídalo. Apenas tengo para mí. Me quedé sin un centavo después de comprar mi nueva TV de sesenta pulgadas. Y créeme, valió cada billete.
—¿En serio no vas a prestarme aunque sea para un café? —preguntó Fénix, intentando sonar inocente.
—No. —Lucian siguió bebiendo su café sin remordimiento alguno.
Vannesa suspiró y le dio un ligero golpe con el menú a Fénix.
—A ver, explícame algo… —dijo, cruzándose de brazos—. ¿Cómo es posible que seas pareja de la CEO de Enid Corp y no puedas pagarte un desayuno básico?
Fénix hundió los hombros, resignado.
—Es que Enid casi no me da dinero —confesó—. Pero me paga todo.
Los dos lo miraron, confundidos.
—¿Cómo que “todo”? —preguntó Vannesa.
Fénix levantó los dedos y empezó a enumerar en orden exageradamente serio:
—Me paga la comida, el transporte, la ropa, los dispositivos, las reparaciones del traje, las suscripciones, el gimnasio, los libros, el seguro, los accesorios, los chocolates, los viajes, las actualizaciones del auto, los drones y… bueno… prácticamente todo lo que existe menos el dinero en efectivo.
Lucian dejó la taza en la mesa.
—O sea —dijo—, que Enid te mantiene como si fueras un proyecto de investigación.
—Exacto —admitió Fénix—. Y por eso nunca tengo efectivo.
Vannesa se llevó la mano a la frente.
—Fénix… eres literalmente patrocinado por tu novia.
Él suspiró.
—No lo niego.
Fénix observó la cuenta como si fuera una sentencia escrita en piedra. Luego giró lentamente hacia Vannesa con una sonrisa que él creía encantadora, pero que para ella era claramente una alarma roja.
—Vannesa… —dijo con voz suave—. ¿Me pagas el desayuno? Por favor.
Vannesa ni siquiera levantó la mirada de su jugo.
—No.
—Pero por favor —repitió Fénix, un poco más dramático.
—No.
—Solo este desayuno. Solo uno. El resto del año no te pido nada.
—Tampoco.
Fénix se inclinó hacia ella sobre la mesa.
—Vannesa, mira, si no como algo en la mañana me pongo irritable, me mareo, empiezo a ver borroso, pierdo reflejos y… probablemente haga explotar algo sin querer.
Lucian levantó la mano.
—Puedo confirmar que eso es verdad. Y no pienso correr el riesgo en plena cafetería.
Vannesa cerró los ojos un momento, respiró hondo y apretó la mandíbula. Fénix aprovechó el silencio.
—Por favooooooooooor —insistió, alargando la palabra con una desesperación casi artística.
—No.
—Por favooooooooooooooooor.
—Fénix, basta.
—Por favooooooooooooooooooooooooooooooor.
La gente de las mesas cercanas empezó a mirar. Fénix juntó las manos, inclinó la cabeza y le dedicó a Vannesa una expresión tan trágica que parecía el póster de una telenovela.
Vannesa golpeó la mesa con la palma, resignada.
—¡Está bien! ¡Lo pagaré yo! Pero solo para que dejes de hacer ruido.
El mesero apareció de inmediato, como si hubiera estado esperando el momento exacto para intervenir. Vannesa pagó el total mientras Fénix se recostaba en la silla, victorioso.
—Gracias, Vannesa —dijo con una sonrisa inocente—. Te lo voy a devolver en una semana… o tal vez no.
Vannesa lo miró con una mezcla de paciencia limitada y amenaza silenciosa.
—Una semana —repitió ella, muy seria—. O voy a cobrar intereses. Altos.
Lucian rió mientras se levantaban para salir.