Code Fénix Maximum

CAPÍTULO 164: El Crisol del Caos-Parte I

CAPÍTULO 164: El Crisol del Caos-Parte I

En el Crisol del Caos no existe la suerte, solo la voluntad de seguir en pie un día más. Aquí dentro todos llevamos una marca grabada a fuego, un faro maldito que brilla para cualquiera a cincuenta metros a la redonda. No hay sombras que nos protejan, no hay corredor donde esconderse. Cada uno está obligado a cazar o ser cazado.

Los recursos… escasos, tirados por zonas que huelen a muerte segura. Armas, comida, vendas: todo está ahí fuera, pero cada paso para conseguirlo es un pacto con el riesgo. Y hablando de pactos… no hay alianzas que duren. Si te unes con alguien, las marcas se enlazan. Si uno cae, los demás explotan con él. El Crisol no tolera la confianza; la castiga.

Cuando la mitad haya caído, todos seremos arrastrados hacia el centro de la ciudad, al núcleo. Las barreras caerán y no habrá más escapatoria que avanzar hacia el corazón del infierno. Y para los ambiciosos, el caos siempre paga: cuantos más derribes, más fuerte te vuelves por un tiempo… más rápido… más resistente. Pero esa misma sangre en tus manos hace que todos te vean como un premio, un objetivo. La audacia alimenta el poder, pero también tu sentencia.

Solo tres sobrevivirán.
Solo tres tendrán derecho a salir de este maldito laberinto rojo.
Y yo pienso ser uno de ellos.

Dos días. Setenta y dos horas de un silencio roto solo por gritos lejanos y el eco de pasos que no eran los suyos. Nueva York, antaño un símbolo de grandeza, se había convertido en un mausoleo de acero y cristal, sus calles alfombradas de escombros y cuerpos abandonados.

Fénix se refugiaba en un apartamento abandonado, sentado en el suelo junto a una ventana cuyo cristal estrellado enmarcaba un horizonte de humo y ceniza. Con un bolígrafo encontrado en un escritorio destrozado y un cuaderno viejo, trazaba palabras en la penumbra. Era su ancla a la cordura, un diario de supervivencia.

Bitácora de Fénix, Día 2:
«Nueva York es un infierno distinto. Un infierno silencioso. Me muevo, evito enfrentamientos. No por miedo, sino por estrategia. Cada pelea es un desgaste, y el Crisol no perdona la fatiga.
Mi mayor hallazgo: una lasaña congelada en un supermercado saqueado. Un festín glacial que supo a gloria. El hambre no discrimina.
No sé nada de Marcus o Enid, pero sé que están vivos. Si alguien sobrevive a esto, son ellos.»

Alzó la vista del cuaderno. El cielo rojo era lo unico que veía. Frotó sus ojos cansados, la falta de sueño era una losa sobre sus hombros. Cada sombra era una amenaza, cada ruido, una alerta.

Guardó el cuaderno en su mochila, junto a sus escasas pertenencias: una botella de agua medio vacía, un cuchillo de cocina oxidado y un encendedor que agonizaba. No era mucho, pero era todo.

—Dos días... —murmuró para sí, su voz un susurro áspero en el silencio—. ¿Cuánto más podré durar?

Se ajustó la mochila y salió del apartamento. La quietud era un riesgo mortal.

Avanzó con sigilo por la avenida desolada, sus botas pisando cristales rotos y restos de un mundo pasado. El viento arrastraba ceniza y papeles como espectros. Entonces, un sonido ajeno: pasos. Rápidos, seguros.

Se detuvo. Tensó los músculos.

De las sombras de un portal, emergieron dos figuras. Un hombre y una mujer, con sonrisas de depredadores que habían olido la sangre.

—Vaya, vaya —dijo el hombre, con una voz melosa y burlona—. Un corderito extraviado en el bosque de cemento.

—¿Y con qué piensas defenderte, cariño? —preguntó la mujer, sus ojos rojos escrutando el cuchillo oxidado en la mano de Fénix—. ¿Con eso? Qué adorable.

Fénix no respondió. Su mirada calculaba distancias, movimientos.

—Vamos, no seas tan serio —insistió el hombre—. Esto será rápido. Prometo que no dolerá... mucho.

—Pero antes —intervino la mujer—, las presentaciones son de rigor. Yo soy Melissa, y este es Tannis. Ambos, orgullosos hijos de la Era Umbra.

Fénix frunció el ceño. La Era Umbra. Un nombre que creía enterrado en el pasado. Un nombre que él había vivido.

—¿No te suena? Qué lástima —se burló Tannis—. Al final, solo serás otro cadáver en este juego ridículo.

—Nos aseguraremos de que sea memorable —añadió Melissa—. Al menos para nosotros.

Comenzaron a acercarse, moviéndose con una fluidad sobrenatural. Pero Fénix no era una presa.

—Era Umbra, ¿eh? —dijo Fénix, con una calma que cortaba el aire—. Ya veo.

Tannis se detuvo, arqueando una ceja.
—¿Qué, ahora te das cuenta de que no tienes ninguna posibilidad?

—No —respondió Fénix, y una sonrisa leve pero afilada asomó en sus labios—. Me doy cuenta de que ustedes no saben a quién se están enfrentando.

La confianza de los vampiros vaciló un instante.

—¿Ah, sí? —desafió Melissa—. Entonces, ilumínanos, héroe.

Fénix alzó el cuchillo, no como una amenaza, sino como una extensión casual de su brazo.
—Aquí no importan las eras ni los linajes. Solo importan las decisiones. Y la tuya, en este momento, es pésima.

Tannis se lanzó con velocidad de relámpago. Fénix lo esquivó con una gracia antinatural y su puño impactó con fuerza seca en el rostro del vampiro, haciéndole retroceder.

Antes de que Tannis se recuperara, Melissa atacó por el flanco. Fénix giró sobre sí mismo y su codo se clavó en su costilla. Un chasquido seco sonó y Melissa salió despedida contra una pared.

Ambos se levantaron, la sorpresa nublando su arrogancia por primera vez.

—Interesante... —escupió Tannis, sacudiéndose el polvo—. No eres el cordero que pensábamos.

—Pero esto no ha hecho más que empezar —aulló Melissa.

Fénix los observaba, listo para el siguiente asalto, cuando una vibración profunda sacudió el suelo. Un rugido gutural desgarró el aire y el asfalto estalló. De las entrañas de la ciudad emergió una abominación: una masa de músculo retorcido y piel cicatrizada, con ojos rojos y una boca llena de colmillos. Un Mutado.




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