Code Fénix Maximum

CAPÍTULO 165: El Crisol del Caos-Parte II

CAPÍTULO 165: El Crisol del Caos-Parte II

Marcus se encontraba en un pequeño estacionamiento cubierto por la sombra de varios edificios abandonados en una zona menos transitada de Manhattan. La ciudad, devastada y caótica, seguía siendo un lugar hostil, donde la supervivencia era la única prioridad. Había pasado horas recorriendo las calles, evitando cualquier tipo de confrontación, pero la hambre lo estaba empezando a doblegar.

Con un gesto de frustración, miró a su alrededor. El estacionamiento estaba lleno de autos abandonados, algunos volcando su contenido sobre el suelo, otros con vidrios rotos y puertas abiertas. Había poco más que escombros, y la mayoría de los edificios circundantes estaban vacíos o desmoronados. El sonido del viento moviendo los restos de papeles y basura era lo único que se oía en el lugar.

De repente, algo llamó su atención. Al fondo, entre un par de vehículos, había una pequeña tienda de conveniencia con las puertas rotas, pero al menos parecía que algo aún quedaba dentro. Su estómago rugió, y sin pensarlo más, se dirigió hacia allí.

Al entrar, el aire estaba pesado, y el lugar tenía el olor característico de la descomposición. Sin embargo, su mirada se iluminó cuando vio lo que quedaba en las estanterías: algunas latas, paquetes de galletas y, en un rincón, un par de botellas de agua. No era mucho, pero en ese momento, cualquier cosa era un tesoro.

Con manos rápidas y temblorosas, Marcus empezó a reunir lo que podía. En una de las estanterías encontró una lata de sopa, aún intacta, y un par de barras energéticas. Los paquetes de galletas estaban aplastados, pero aún servían. Miró a su alrededor para asegurarse de que no había más sorpresas, pero no parecía haber nadie cerca. Se dejó caer al suelo, abriendo una de las latas con el abrelatas que había encontrado en el lugar.

Marcus, mientras sacaba la sopa y la vertía en un recipiente improvisado, murmuró para sí mismo:

—Por fin... algo de comida. Ya me estaba muriendo de hambre. No sé cómo he aguantado tanto tiempo sin caer.

Tomó un sorbo de la sopa fría, sin importarle el sabor, y luego un bocado de las galletas. Su estómago rugió en agradecimiento. Aunque el cansancio lo invadía, no podía dejar de pensar en el resto del equipo. ¿Qué estarían haciendo ellos? ¿Dónde estaban? ¿Estarían sobreviviendo también?

Marcus suspiró, mirando el techo del estacionamiento, perdido en sus pensamientos. Sabía que, de alguna manera, todos tenían sus propios caminos que seguir, pero no podía evitar preguntarse si Fénix, Lucian, Vannesa y Enid estaban luchando como él. La incertidumbre de no saber si sus amigos estaban bien lo mantenía en vilo.

—Espero que todos estén bien... —dijo en voz baja, mientras terminaba su comida improvisada. Se sentó un momento, mirando la lata vacía con una mezcla de agotamiento y determinación. No podía quedarse ahí mucho tiempo. El Crisol del Caos no iba a esperar por él.

Se levantó, guardó las últimas provisiones en su mochila y salió del estacionamiento. Mientras caminaba por las calles desiertas, su mente seguía trabajando, buscando a los demás, pensando en cómo encontrar una forma de salir de este infierno.

Pero una cosa era clara: la supervivencia era lo único que importaba ahora, y no iba a rendirse tan fácilmente.

El aire en Manhattan estaba quieto y pesado, cargado con el olor a ceniza y muerte. Fénix avanzaba con paso cansado pero alerta entre los escombros, su cuerpo al límite después de dos días de huida constante y escaramuzas menores. La fatiga era un enemigo silencioso que empañaba sus sentidos, un lujo que no podía permitirse en el Crisol del Caos.

Al girar en una esquina, un crujido de cristales lo hizo detenerse en seco. Del callejón adyacente emergió una silueta, luego otra, y otra más. Una docena de pares de ojos rojos brillaron en la penumbra. Vampiros. Sus sonrisas burlonas mostraban colmillos afilados, y se movían con la fluidez de serpientes, cerrando el círculo a su alrededor.

—Mira lo que tenemos aquí —siseó uno—. Cena para llevar.

Fénix apretó el puño, su mente calculando fríamente las probabilidades. Demasiados. Demasiado rápido. Recordó las palabras de Viktor, el arquitecto de esta pesadilla: "Un toque de caos externo siempre mejora el espectáculo." Claro. Porque el simple instinto de supervivencia humana no era lo suficientemente televisivo.

—Por supuesto, Viktor —murmuró para sí—. El caos nunca es suficiente para ti.

Se preparó para el impacto, para la única salida posible: una pelea desesperada. Pero justo cuando la horda se abalanzó, una sucesión de estallidos secos rompió el silencio. Uno tras otro, los vampiros estallaron en nubes de polvo y ceniza, alcanzados por balas que parecían surgir de la nada.

Fénix giró, buscando al tirador. De entre las sombras de un portal derrumbado, emergió una figura. Un hombre de mediana edad, con ropa práctica y manchada de hollín, empuñando un rifle de francotirador cuyo cañón aún humeaba. Su rostro era una máscara de resignación cansada, pero sus ojos, duros como el acero, no parpadeaban.

—No te emociones —dijo el hombre, con una voz ronca por el desuso—. No lo hice por ti.

Fénix, aún con la adrenalina corriendo por sus venas, midió al recién llegado.
—¿Quién eres?

—Solo otro jugador —respondió el hombre, bajando el rifle—. Uno que conoce las reglas. Y la regla más importante es que solo tres salen de aquí con vida.

En ese instante, un dolor agudo y ardiente estalló en el costado de Fénix. Un vampiro rezagado, al que las balas habían pasado por alto, le había clavado sus garras en el músculo, buscando tendones y venas. Fénix soltó un gruñido de dolor y se giró, rompiendo el agarre de la criatura con un violento movimiento de torsión y aplastándole el cráneo contra la pared de ladrillos. Pero el daño estaba hecho. Una herida profunda y debilitante sangraba copiosamente en su flanco, y la pierna de ese lado respondía con lentitud.




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