Code Fénix Maximum

CAPÍTULO 166: El Crisol del Caos-Parte III

CAPÍTULO 166: El Crisol del Caos-Parte III

Una habitación opulenta, bañada en la luz tenue de candelabros de cristal. Paneles de madera oscura recubren las paredes. Viktor, de rostro afilado y mirada penetrante, está sentado tras un monumental escritorio de ébano. Frente a él, una pantalla gigantesca muestra en tiempo real las violentas escenas del Crisol del Caos.

En una esquina de la pantalla, una lista de nombres se actualiza de forma constante. Con cada desaparición, un pitido sordo y ominoso resuena en la estancia.

Viktor sostiene una copa de cristal fino con un licor ámbar. Da un sorgo lento, saboreándolo. De pronto, su mirada se clava en la pantalla. Un nombre acaba de esfumarse.

—¿Fénix? —murmura, arqueando una ceja con interés.

Su dedo índice golpea un panel táctil en el escritorio. La imagen se amplía, mostrando la eliminación de Fénix a manos de un hombre armado con un machete. La escena es metódica, brutal.

—Interesante. Pensé que durarías más.

A su lado, Darem, de brazos cruzados, observa con desdén. Sus ojos, sin embargo, delatan un brillo de curiosidad sádica.

—¿Así que el gran Fénix ha caído? ¿No era tu favorito?

Viktor esboza una sonrisa fría, calculadora.

—No tengo favoritos, Darem. Solo piezas en un tablero. Pero Fénix era... intrigante.

Darem se acerca, su sombra se proyecta sobre el escritorio.

—¿Y ahora qué? Sin él, ¿quién mantendrá esto interesante?

Viktor deja la copa sobre el ébano y se recuesta. Sus dedos tamborilean el brazo del sillón.

—Eso depende de los demás. Aunque... hay algo fascinante en este juego. —Hace una pausa dramática—. Cuando un participante es eliminado, su marca desaparece. Para siempre.

Darem frunce el ceño, confundido.

—¿Y eso qué importa?

—La marca es un lazo, una conexión vital con el Crisol. Al desvanecerse, el alma deja de estar ligada al juego. Fénix ya no está aquí... en ningún sentido.

La comprensión ilumina el rostro de Darem, seguida de un rápido destello de frustración.

—Y yo que pensaba entretenerme con el. Que desperdicio.

—Tendrás que buscar otra presa. Fénix ya no está disponible para tus... diversiones.

Darem emite un gruñido seco, claramente molesto.

—Tsk. Y yo que pensaba que sería más resistente.

Viktor alza su copa en un gesto casi ceremonial, un brindis burlón para nadie.

—A Fénix. Un jugador interesante, aunque efímero.

Darem avanzó hacia los ventanales gigantescos que dominaban la sala. El cristal reflejaba su silueta alta y amenazante mientras, al otro lado, el cielo rojo ardía como un horno vivo sobre Manhattan. Las nubes parecían brasas arrastradas por un viento invisible, y entre los rascacielos se dibujaban destellos de explosiones, sombras moviéndose, caos en su estado más puro.

Apoyó una mano en el marco frío de la ventana. Sus dedos, nudosos y marcados por años de violencia, se cerraron con fuerza. Su mirada se perdió entre el fulgor carmesí.

Qué ironía, pensó. Desde el primer día… desde aquel maldito orfanato… solo hubo uno capaz de plantarse frente a mí sin temblar.

Recordó el crujido de los pasillos de madera antigua. El olor a humedad y desinfectante barato. El eco de ese encuentro. Y a él… con una mirada que no le correspondía a su edad. Una mirada que no retrocedía.

Fénix…
Nombre que todavía le provocaba una chispa en la sangre.

Fue el único que se peleaba incluso cuando estaba cerca de morir. El único que no se quebró. El único que, pese a estar al borde de la muerte, se mantuvo en pie.

Mi primer rival de verdad. Mi reflejo imperfecto… pero reflejo al fin.

Apretó la mandíbula, su pecho subiendo y bajando con una furia contenida.

Y así tenía que ser.
Él y yo, destinados a enfrentarnos una y otra vez… crecer, rompernos, superarnos. La única muerte digna que podía aceptar era una en combate. O que fuese él quien me matase a mí… o yo a él. Eso habría sido justo. Eso habría sido perfecto.

Pero ahora no quedaba nada. Solo cenizas. Solo un nombre borrado de una lista.

Un suspiro ronco escapó de él, cargado de rabia y decepción.

Qué desperdicio.
Una vida entera construida para ese choque final… y ahora el destino me roba ese último golpe.

El cielo se encendió con otra explosión lejana. La luz roja se reflejó en los ojos de Darem, endurecidos, pero con una sombra soterrada de pesar.

Fénix… tu muerte es una pérdida para mí. Para el juego. Para la pelea que merecíamos.

Darem alzó la cabeza, como si le hablase al horizonte.

No debía terminar así. No para ti. No para mi único rival.

Su puño golpeó suavemente el marco, sin romperlo, pero dejando una hendidura.

Una pena. Un desperdicio absoluto.

El eco metálico de sus botas resuena contra las paredes de concreto húmedas. Enid avanza con determinación a través de la penumbra, el aire espeso cargado de miasmas y podredumbre. Su rostro, iluminado apenas por la luz tenue que se filtra desde alguna rejilla lejana, es una máscara de concentración.

—¿Hasta dónde piensa llegar Viktor con esto? —murmura para sí, la voz un susurro áspero que se pierde en la oscuridad—. Esto no es solo entretenimiento. Hay algo más... algo más profundo en el Crisol.

El hedor nauseabundo y la humedad que empapa el aire son apenas un inconveniente. Su entrenamiento militar la ha endurecido contra incomodidades mucho peores. Es la incertidumbre, el propósito oculto tras tanta crueldad calculada, lo que realmente carcome sus pensamientos.

Sus ojos, adaptados a la penumbra, escrutan cada sombra, cada recoveco. Un destello tenue, un reflejo de metal oxidado en el suelo lodoso, capta su atención. Se agacha con la fluidez de un depredador, los dedos cerrando el puño alrededor del frío metal.

—Una semiautomática —murmura, deslizando el cargador lleno con un clic satisfactorio—. Al menos la suerte no me ha abandonado del todo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.