CAPÍTULO 167: El Crisol del Caos-Parte IV
La luna, pálida y distante, lucha por filtrarse a través del follaje ennegrecido de los árboles del Parque Bryant. La oscuridad es casi absoluta, rota solo por el haz tembloroso de una linterna que barre senderos desiertos. Bancos rotos yacen como cadáveres de madera, y las sombras de los árboles se retuercen en formas grotescas.
Lucian avanza con sigilo, cada pisada calculada sobre la gravilla. Sus sentidos, afinados por la supervivencia, escrutan la quietud opresiva.
—Este lugar no está solo —murmura para sí, la voz un susurro que se pierde en la vastedad del parque.
Un crujido. Seco, cercano. Detrás de él.
Se detiene en seco, los músculos tensos. Pero es demasiado lento. La frialdad circular de un cañón de rifle se hunde en su espalda, justo entre los omóplatos.
—No te muevas —una voz áspera corta la noche—. No quiero volarte la cabeza, pero lo haré si es necesario.
Lucian alza las manos lentamente, la linterna aún encendida en una de ellas. Su mente gira a toda velocidad.
—Tranquilo —responde, manteniendo la voz calmada—. No busco problemas.
En un estallido de movimiento, Lucian gira sobre sus talones. El brazo que sostiene la linterna se convierte en un martillo, golpeando el cañón del rifle con fuerza. El arma sale despedida de las manos del atacante y cae al suelo con un ruido sordo.
Pero el hombre, STRYDUM, es rápido. Con un movimiento fluido, desenvaina un machete largo y oxidado que llevaba a la espalda. El metal brilla débilmente en la penumbra.
—¡Rápido! —gruñe Strydum—. Pero no lo suficiente.
La hoja silba en el aire. Lucian se ladea, esquivando el tajo por centímetros. Aprovecha la inercia del esquinazo para contraatacar, lanzando un puñetazo directo al rostro de Strydum. El impacto resuena con un crujido húmedo. El machete vuelve a pasar, rozando la chaqueta de Lucian, pero este conecta un segundo golpe, esta vez con la mano que aún sostiene la linterna. Se siente el estallido de dientes bajo sus nudillos.
Strydum retrocede, escupiendo sangre y fragmentos de esmalte.
—¿Es eso todo? —Lucian escupe las palabras, sin aliento—. Pensé que serías más duro.
Con un rugido de rabia ahogada, Strydum se abalanza de nuevo, el machete en alto. Lucian no retrocede. Se adelanta, metiéndose en la guardia del hombre y descargando un golpe brutal bajo la mandíbula. El hueso cede con un sonido nauseabundo. Strydum se desploma como un fardo, gimiendo en el suelo mientras se sujeta la cara deformada.
Lucian recoge el rifle del suelo. Polvo de gravilla se adhiere al cañón. Lo levanta y apunta a la cabeza de Strydum, que yace a sus pies.
—Habla —ordena Lucian, con una frialdad que no sentía—. ¿Quién eres? ¿Qué haces aquí?
Strydum jadea, cada respiración un burbujeo de sangre.
—Strydum... —logra articular—. Sólo... sobrevivo. Como tú.
Lucian observa la figura patética en el suelo. La desconfianza se endurece en su garganta.
—¿Sobrevivir? ¿Asaltando a otros en la oscuridad? ¿Robando lo poco que tienen?
Strydum guarda silencio. Sus ojos, visibles entre los dedos que se aferran a su rostro destrozado, son un pozo de miedo y odio.
—¿Cuántos? —insiste Lucian, apretando la culata del rifle—. ¿Cuántos más como yo has matado?
—No es... personal —sisea Strydum, débilmente—. Es... el juego.
"El juego". La palabra enciende una furia fría en el pecho de Lucian. Un desprecio absoluto por este hombre y por el sistema que lo ha reducido a esto.
—Pues esto también es parte del juego.
No hay vacilación. No hay más palabras. Lucian aprieta el gatillo. El estampido es brutal, ensordecedor en el silencio del parque. La cabeza de Strydum estalla contra el suelo, pintando la gravilla de un rojo oscuro y grotesco. El cuerpo da una última sacudida antes de quedar inmóvil.
El eco del disparo se desvanece, absorbido por la noche. Lucian baja el arma humeante. Revisa el cargador por puro reflejo, con manos que apenas tiemblan. Munición casi llena. Engancha el rifle a su hombro.
—Al menos algo útil salió de esta mierda —murmura, escupiendo al lado del cadáver.
Sin mirar atrás, apaga la linterna y se funde de nuevo en la oscuridad, otra sombra más en un parque de pesadilla. El Crisol del Caos ha cobrado otra víctima, pero él no será la siguiente.
INT. LOCAL ABANDONADO - MANHATTAN
La luz roja y polvorienta, se fila a través de los cristales rotos de una tienda abandonada. El cartel de "Se Vende" yace en el suelo, cubierto de escombros. En un rincón, lejos de las ventanas, Vannesa está sentada en el suelo de baldosas sucias. Frente a ella, sobre una caja de embalaje aplastada, descansa un paquete de galletas medio abierto.
Toma una con cuidado, como si fuera de cristal. La lleva a sus labios y muerde un pequeño trozo. El sabor, dulce y artificial, le inunda la boca. Cierra los ojos un instante.
—Dios... galletas —susurra, y una sonrisa genuina, la primera en días, le ilumina el rostro—. Pensé que no volvería a probar algo así.
Mastica lentamente, saboreando cada miga. Es un momento robado, un frágil paréntesis de normalidad en medio del caos. Mientras traga, su mirada se pierde en la calle desolada tras la ventana rota.
—¿Dónde estarán ahora? —piensa en voz baja—. Marcus... Lucian... ¿Estarán vivos? ¿Atrapados en otra pelea?
Suspira. La preocupación es un peso constante. Toma otra galleta, pero esta vez con menos entusiasmo. La felicidad del descubrimiento se ve empañada por la incertidumbre.
—Esto no puede durar. Viktor no nos dejará escondernos aquí para siempre comiendo galletas.
Termina la última del paquete, sintiendo cómo la dulzura se desvanece, dejando solo el regusto seco. Se pone de pie, sacudiendo las migas de sus pantalones. La determinación endurece sus facciones.
—Basta de descanso —se dice a sí misma, ajustando las correas de su mochila—. Es hora de moverse.