Code Fénix Maximum

CAPÍTULO 168: El Crisol del Caos-Parte V

CAPÍTULO 168: El Crisol del Caos-Parte V

El viento arrastraba papeles y polvo a través de la avenida desierta, silbando entre los esqueletos de cristal de los rascacielos. Fénix y Lucian se miraron, una comprensión silenciosa pasando entre ellos. El aire no solo era denso por la contaminación y el humo residual; estaba cargado de una tensión eléctrica, como si la ciudad misma contuviera la respiración antes del estallido final.

—No podemos quedarnos —murmuró Fénix, sus ojos escaneando los puntos altos de los edificios—. Esto es una caja de zapatos, y nosotros somos los ratones.

Lucian asintió, ajustando el agarre de su rifle. Su nudillo blanqueaba sobre el guardamanos.
—Cada calle es un embudo. Nos están dirigiendo hacia algo.

Antes de que pudieran dar un paso, una estática crujiente reventó el silencio. Provenía de altavoces ocultos, una voz metálica y sin emociones que resonó en el cañón de cemento que era la avenida.

—Atención a todos los participantes. La barrera de contención del sector 7 se contraerá en treinta segundos. Tienen treinta segundos para recorrer ciento veinte metros en dirección sur. El tiempo comienza ahora.

El silencio que siguió al anuncio fue más aterrador que el ruido. Luego, un pitido agudo, seguido de una cuenta regresiva digital, fría e implacable.

—Treinta... veintinueve... veintiocho...

Sus ojos se encontraron de nuevo. No hubo necesidad de palabras. El pánico era un lujo que no podían permitirse. Solo la acción.

—¡Vamos! —rugió Fénix, empujándose hacia adelante.

—¡No hay otra opción! —confirmó Lucian, siguiéndole el paso.

—Veintisiete... veintiséis... veinticinco...

Se lanzaron a la calle como balas. Sus botas aplastaron cristales rotos y escombros. Fénix, con una agilidad felina, esquivó el chasis oxidado de un autobús. Lucian, más pesado, lo rodeó, perdiendo una fracción de segundo preciosa.

—Veinte... diecinueve... dieciocho...

El aire comenzó a vibrar. A lo lejos, una pared de energía de un azul cegador, tan alta que se perdía de vista, comenzó a moverse hacia ellos con una lentitud aterradora. No hacía ruido. Solo el siseo imperceptible del aire ionizándose. Donde tocaba, el asfalto humeaba y los metales se fundían en silencio.

—Quince... catorce... trece...

—¡Por aquí! —gritó Fénix, desviándose hacia un callejón más estrecho, una ruta más directa pero llena de obstáculos. Saltaron sobre cajas podridas y atravesaron una cortina de ropa tendida que se deshizo al contacto.

—Diez... nueve... ocho...

La luz azul se reflejaba ahora en las ventanas frente a ellos, iluminando el callejón con un resplandor espectral. El calor llegaba hasta sus espaldas, una promesa de aniquilación. Lucian resollaba, cada inhalación una cuchillada en los pulmones.

—Siete... seis... cinco...

—¡Ya casi! —Fénix señaló hacia adelante, donde el callejón desembocaba en una plaza abierta. Al otro lado, una línea en el suelo brillaba con una luz blanca inocente. La zona segura.

—Cuatro... tres...

Con un último esfuerzo, impulsaron sus cuerpos al límite. Los músculos ardían. El mundo se redujo a la línea blanca y al muro de muerte azul a sus espaldas.

—Dos... uno...

Se lanzaron hacia adelante en un salto desesperado. Cruzaron la línea blanca justo cuando el zumbido de la barrera se volvió ensordecedor a sus espaldas. Cayendo de bruces sobre el frío suelo de la plaza, rodaron sobre sus espaldas, jadeando, mirando hacia atrás.

La barrera de energía azul se había detenido, sellando el callejón como una pared impenetrable. El aire olía a ozono y a pelo quemado.

Fénix se incorporó sobre un codo, tosiendo.
—Lo... logramos.

Lucian yacía boca arriba, el pecho subiendo y bajando como un fuelle.
—¿Pero qué nos espera ahora? —preguntó, sin aliento—. Esto no fue una prueba. Fue un aviso. Nos están arreando como ganado.

Fénix se puso de pie, su mirada no estaba en la barrera, sino más allá, hacia el perfil del distrito financiero, donde un edificio se alzaba más alto y oscuro que los demás. Su rostro, marcado por la suciedad y la fatiga, se endureció. Una determinación absoluta se apoderó de sus ojos.

—Ya basta de correr —dijo, su voz era baja pero clara, cortando el aire enrarecido—. Lucian, tengo un plan. Voy a ir al corazón de esto. Al nido de Viktor.

Lucian se sentó, mirándolo fijamente.
—¿Al cuartel general? Es un suicidio.

—Es la única jugada que nos queda. Voy a encontrar a Viktor. Y a Darem. Y los voy a matar. Voy a arrancarles el corazón de este juego.

Lucian lo estudió por un largo momento. Vio la furia contenida, la resolución inquebrantable. No era un arrebato de rabia; era una conclusión lógica, fría y calculada. Asintió lentamente, poniéndose de pie.

—De acuerdo —dijo, su propia voz recuperando fuerza—. Estoy contigo. Si es la única manera de acabar con esta pesadilla, iré contigo hasta las puertas del infierno.

Fénix le dedicó una mirada, un destello de gratitud en la profundidad de sus ojos.
—Entonces vamos —dijo, señalando con la cabeza hacia la torre distante—. El centro nos espera. Y esta vez, no vamos a huir. Vamos a provocar el fin.

Sin más palabras, comenzaron a caminar. Sus pasos, antes apresurados, ahora eran medidos y decididos. Cada paso los acercaba no a un refugio, sino al lugar más peligroso de la ciudad. Sabían que lo que les esperaba era una batalla que cambiaría todo, pero el miedo había sido reemplazado por una certeza feroz.

Minutos despues...

El aire olía a ozono quemado y polvo de hormigón. Enid se apoyó contra la pared rugosa de un edificio, los pulmones ardiendo. Cada respiración era un cuchillo. Había cruzado el umbral de la barrera energética justo cuando se sellaba con un zumbido siniestro, un sonido que aún resonaba en sus oídos. Se pasó el dorso de la mano por la frente, limpiándose el sudor salado que le picaba los ojos. Sobrevivir se estaba convirtiendo en una costumbre desgastante.




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