CAPÍTULO 169: El Crisol del Caos-Parte VI
Habían pasado horas desde el último movimiento de las barreras, y la ciudad se sentía como una trampa que se cerraba lentamente. Enid avanzaba con una determinación silenciosa, sus ojos escaneando cada ventana rota, cada callejón. Detrás de ella, Vannesa arrastraba los pies, su respiración entrecortada rompiendo el silencio opresivo.
—¿Ya llegamos? —la voz de Vannesa era un quejido, infantil y persistente—. ¿Cuánto falta? ¿Estamos cerca esta vez?
Enid no se volvió. Su mirada permanecía fija en el horizonte, donde la silueta del distrito financiero se alzaba como una fortaleza.
—No lo sé —respondió, su voz un hilo de paciencia gastada—. Pero parar no es una opción. Cuanto antes lleguemos, antes termina esto.
—Pero es que duele todo —insistió Vannesa, frotándose un brazo—. Y tengo hambre. ¿No podemos buscar algo más de comer? Algo que no sean latas frías.
El runrún constante era como un taladro en la nuca de Enid. Cada queja, cada muestra de debilidad, era un recordatorio de la carga que representaba. Y un riesgo. Un riesgo que no podía permitirse. "Sabe demasiado", pensó Enid, la idea fría y afilada como una navaja. "Si llega a Fénix y le suelta algo sobre... mi condición, todo se va al carajo. Todo el control, todo el plan."
Un rugido profundo, gutural, surgió de las entrañas de un edificio derrumbado a su derecha. No era humano, ni animal. Era el sonido de la pesadilla hecha carne. Ambas se congelaron.
De entre los escombros, la criatura se irguió. Era más grande de lo que Enid recordaba, su cuerpo una amalgama de músculo pálido y cicatrices abiertas. De su espalda jorobada surgían no solo las patas aceradas de araña, sino ahora unos apéndices membranosos y grotescos, unas alas embrionarias que se desplegaban con un crujido húmedo. Un olor a podredumbre y químicos inundó el aire.
—¿Qué... qué es eso? —susurró Vannesa, su voz temblorosa, congelada por el terror.
Los altavoces de la ciudad crepitaban antes de que Enid pudiera responder.
—Atención, participantes. La barrera de contención se contraerá 220 metros. Tienen 54 segundos para evacuar el sector. Tiempo restante: 54... 53...
El miedo galvanizó sus cuerpos. La bestia, con un aleteo torpe pero poderoso, se elevó del suelo, sus múltiples ojos fijándose en ellas.
—¡Corre! —gritó Enid, empujando a Vannesa para que reaccionara.
El sprint fue una explosión de puro instinto. Esquivaron coches incendiados, saltaron sobre grietas en el asfalto. La criatura volaba sobre ellas, su sombra monstruosa pasando por encima como un presagio. El rugido de los motores de la barrera se unió al de la bestia, un zumbido eléctrico y mortal que se acercaba desde atrás.
—¡Enid, no puedo! —gritó Vannesa, sus fuerzas flaqueando.
—¡Sí puedes! ¡Aprieta los dientes y corre!
—...20... 19... 18...
La línea de seguridad brillaba a cincuenta metros. La barrera, una cortina de energía azul cegadora y mortífera, avanzaba a sus espaldas, devorando el mundo a su paso. El calor era intenso.
—...10... 9...
La criatura se abalanzó. Sus garras se cerraron no alrededor de Enid, sino alrededor del torso de Vannesa, arrancándola del suelo con un chillido desgarrador.
—¡ENID! ¡AYÚDAME! ¡POR FAVOR!
Enid alcanzó el borde de la zona segura. Giró sobre sus talones. Allí estaba Vannesa, retorciéndose en el aire, sus dedos extendidos hacia ella, los ojos desorbitados por el pánico. La barrera, a solo metros, iluminaba su rostro bañado en lágrimas.
Y en ese instante, todo fue claridad para Enid. No era una elección. Era una necesidad. Una poda. Vannesa era un eslabón débil, un depósito de un secreto que no podía ver la luz. Si vivía, todo se complicaba. Si vivía, el control se esfumaba.
Con una frialdad que le heló la propia sangre, Enid no extendió la mano. En su lugar, con un movimiento rápido y brutal, empujó el aire frente a ella, como si con esa acción simbólica estuviera rechazando cualquier posibilidad de salvación.
El grito de Vannesa se cortó de raíz cuando la pared de energía azul la envolvió, junto con la criatura. No hubo estruendo, solo un siseo breve y un destello de luz blanca que hizo cerrar los ojos a Enid. Cuando los abrió, no quedaba nada. Solo el aire quieto y el zumbido decreciente de la barrera, ahora estabilizada.
Enid se quedó inmóvil, observando el vacío donde, un segundo antes, había una vida. No hubo remordimiento. No hubo dolor. Solo una profunda, glacial sensación de alivio. Se había quitado un peso de encima. Un problema menos. Un riesgo eliminado.
—Ya no hay vuelta atrás —murmuró para sí, su voz serena y vacía—. Ahora, lo único que importa es seguir adelante.
Se ajustó la mochila, se pasó una mano por el pelo sudoroso y reanudó la marcha. Sus pasos eran firmes, decididos. No miró atrás. No había nada detrás que valiera la pena recordar. Solo el futuro, y el precio que estaba dispuesta a pagar por él.
Allí, en el corazón de la ruina, se alzaba la catedral del dolor de Viktor.
El rascacielos se erguía como un colmillo de cristal y acero, la estructura más alta, imponente, desafiante. Sus fachadas de vidrio reflejaban el crepúsculo, pero no con la calma de un espejo, sino con la distorsión de un ojo que todo lo ve. Una atmósfera pesada, cargada de electricidad y una quietud antinatural, envolvía su base. Era el epicentro, el núcleo de donde brotaba todo el caos.
Fénix y Lucian se detuvieron al borde de la plaza desolada que precedía al edificio. Sus rostros, curtidos por la batalla y la pérdida, se alzaron para contemplar la última puerta.
—Allí —dijo Fénix, su voz era baja, pero cortó el silencio como un cuchillo—. En la cima de esa tumba de vanidad. Es donde termina esto.
Lucian ajustó el rifle colgado en su hombro, sus nudillos blanqueando sobre el metal frío.