CAPÍTULO 170: El Crisol del Caos-Parte VII
El equipo de Fénix—Fénix, Lucian, Enid y Marcus—cruzó las puertas giratorias de bronce del imponente rascacielos. El contraste con el mundo exterior fue tan violento que por un momento se quedaron sin aliento. No había rastro de caos, de polvo o de decadencia. El vestíbulo era una cámara de opulencia surrealista: mármol blanco inmaculado que reflejaba la luz de descomunales candelabros de cristal, muebles de diseño de líneas perfectas y una alfombra tan gruesa que ahogaba sus pasos. El aire olía a limpio, a flores caras y a un silencio absoluto.
—Esto no tiene sentido —musitó Lucian, su voz resonando en la vastedad vacía—. Es como si la guerra nunca hubiera llegado aquí.
—O como si alguien la hubiera barrido bajo la alfombra —agregó Fénix, su mirada escrutando cada rincón con desconfianza—. Es una fachada. Una bonita jaula.
Avanzaron con cautela por los pasillos, pasando junto a obras de arte valuadas en fortunas y nichos con esculturas clásicas. La perfección era inquietante.
Fue entonces cuando Lucian se detuvo en seco. Su mirada se perdió por un momento, y cuando habló, su voz cargaba un peso que antes no tenía.
—Esperen... ¿Y Vannesaa? —preguntó, girándose hacia el grupo, su expresión una mezcla de esperanza y temor—. ¿Alguien la vio... después?
Todos miraron a Enid. Ella mantuvo la compostura, aunque una sombra cruzó sus ojos. Respiró hondo.
—Vannesa no logró escapar —dijo, su tono era deliberadamente plano, factual—. La criatura mutada la atrapó justo cuando la barrera se cerraba. Yo... yo lo vi. No hubo tiempo de hacer nada.
El golpe fue físico para Lucian. Retrocedió un paso, como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago. El dolor, fresco y cortante, se apoderó de su rostro.
—No... —logró articular, su voz quebrada—. Ella era... una de las mejores.
Fénix puso una mano firme en su hombro.
—Lo sé —dijo Fénix, su voz grave pero llena de una resolución inquebrantable—. Y por ella, y por todos los que hemos perdido, es que no podemos detenernos ahora. El luto tendrá que esperar.
Lucian asintió, apretando los puños. El dolor no se fue, pero se transformó en una brasa fría de determinación en sus ojos.
En silencio, encontraron un ascensor de paneles dorados. El viaje hacia la cima fue un ascenso lento un silencio cargado de presagio. Cuando las puertas se deslizaron abiertas, se encontraron en una suite penthouse de proporciones obscenas. El piso era de cristal blindado, las paredes eran pantallas que mostraban vistas en tiempo real del caos en Manhattan. Y en el centro, tras una mesa de ébano pulido, los esperaban.
Viktor, con un traje impecable, sonreía con una calma que resultaba obscena. A su lado, DAREM, vestido de negro, no sonreía. Su mirada era la de un halcón midiendo a su presa.
Los ojos de Viktor brillaron con un interés perverso cuando se posaron en Fénix.
—Vaya, vaya —dijo Viktor, su voz un susurro sedoso—. El fantasma que se niega a descansar. Fénix. Pensé que el Crisol te habría reclamado para siempre.
—Tus expectativas siempre fueron limitadas, Viktor —replicó Fénix, avanzando—. Estamos aquí para ponerle fin a tu circo.
Viktor hizo un gesto despreocupado invitándolos a sentarse. Con renuencia, el equipo tomó asiento alrededor de la mesa. Fue Enid quien rompió el tenso silencio, su voz cargada de un desafío contenido.
—¿Por qué? ¿Todo este derramamiento de sangre, este Crisol de Caos... para qué?
Viktor se echó hacia atrás, y con un dedo, se apartó con elegancia un mechón de cabello plateado de la frente. Reveló una cicatriz. No era una simple línea, sino algo profundo, tecnológico, que se ramificaba sobre su sien como un circuito dorado incrustado en la carne.
—Lo que busco es la purga —declaró, su mirada perdida en alguna visión interna—. La aniquilación total de las razas lycan y vampírica. He observado durante siglos cómo su guerra eterna envenena este mundo. Decidí que era hora de... acelerar el proceso.
Enid se inclinó hacia adelante, sus ojos se clavaron en la cicatriz. El reconocimiento y la incredulidad se batían en su rostro.
—Esa marca... No es posible. ¿Cómo escapaste del glaciar? ¿Cómo sigues aquí?
Una sonrisa lenta, arrogante, se extendió por el rostro de Viktor.
—Oh, querida Enid. El cuerpo es solo un vehículo. Cuando uno se desgasta... se consigue uno nuevo. —Su mirada se posó en Fénix, deliberadamente—. Mi conciencia, mi esencia, viajó kilómetros a través del hielo y la nada hasta encontrar este... recipiente. El cuerpo de Viktor. Joven, poderoso. Casi perfecto.
Un escalofrío repentino, intenso y visceral, recorrió la espina dorsal de Fénix. No era solo el horror de la revelación, sino la forma en que Viktor lo miraba al decirlo. Era la mirada de un coleccionista contemplando su próxima adquisición.
—No entiendo todas tus palabras retorcidas —gruñó Fénix, ignorando el frío que se apoderaba de sus entrañas—. Solo sé que esto termina hoy.
—Admiro tu simpleza, Fénix. Es... refrescante —dijo Viktor, su sonrisa se tornó aún más peligrosa—. Y es por esa vitalidad, por esa resistencia única, que ya he elegido a mi próximo anfitrión. Será un upgrade considerable, créeme.
La insinuación era tan clara como grotesca. El escalofrío en Fénix se convirtió en una oleada de náusea. No solo quería matarlos; quería poseerlo.
Fénix se puso de pie de un salto, la silla chirriando contra el piso de cristal.
—¡Se acabaron los juegos, Viktor!
Al mismo tiempo, Darem se levantó. Un éxtasis casi religioso iluminaba sus rasgos duros. De sus mangas, deslizó dos bayonetas largas y curveadas, que capturaron la luz con un destello amenazador.
—"Y en el día del juicio" —recitó Darem, su voz un canto grave y perturbador—, "el Señor separará a las ovejas de los cabritos..."
No esperó a terminar el versículo. Fénix cargó. Fue un estallido de pura rabia. Esquivó una cuchillada inicial, agarró las muñecas de Darem con ambas manos y, usando el impulso de su propio ataque, lo embistió contra la enorme ventana panorámica.