Code Fénix Maximum

CAPÍTULO 171: El Crisol del Caos-Parte VIII

CAPÍTULO 171: El Crisol del Caos-Parte VIII

El cielo rojo bañaba la calle destrozada en tonos sangrientos. Entre el humo y los escombros, Fénix y Darem se enfrentaban en un duelo que trascendía lo físico. Cada uno era la encarnación de una voluntad opuesta, un dogma de acero.

Fénix cargó primero, un vendaval de furia contenida. Su puño conectó con la mandíbula de Darem con un crujido seco. Pero Darem apenas se tambaleó. Una sonrisa siniestra se dibujó en sus labios.

—¡Rasgaluz! —rugió.

En 3.09 segundos, sus bayonetas se convirtieron en un torbellino plateado. Cientos de cortes aparecieron en el torso y brazos de Fénix, un mosaico sangriento de dolor. La carne se abría, pero antes de que la sangre pudiera brotar a borbotones, los músculos se contraían, sellando las heridas con una velocidad antinatural.

—¿Crees que eso me detendrá? —escupió Fénix, su voz un rugido sobre el silbido del acero—. Aprendí a bailar con la muerte, Darem. Mi regeneración ya no es un reflejo, es una elección. ¡Y elijo seguir con vida!

Darem incrementó su velocidad, sus brazos eran un borrón. Las bayonetas perforaron hombros, muslos, abdomen. Fénix las ignoró, avanzando a través del dolor como si fuera lluvia. Con un movimiento brutal, atrapó las hojas gemelas y, con un crujir de metal, las hizo añicos entre sus puños.

—¡Insuficiente!

Un cabezazo brutal hizo crujir los huesos nasales de Darem. Ambos cayeron al asfalto, manchándolo de escarlata. Se levantaron al unísono, bestias heridas pero lejos de ser vencidas. Darem desempolvó bayonetas nuevas de sus mangas.

—¡Divertido, Fénix! Pero esto fue solo el aperitivo.

La danza mortal recomenzó. Darem, un maestro de la anatomía, clavó sus hojas en puntos precisos: tendones, uniones musculares, arterias. La sangre de Fénix brotó en chorros oscuros. Un gancho de poder envió a Fénix volando a través del capó de un sedán, deformando el metal con el impacto.

Darem jadeó, esperando ver el final. Pero Fénix se incorporó del montón de chatarra. Sus manos, con una calma aterradora, comenzaron a arrancar las bayonetas de su carne como si fueran astillas molestas. Cada herida cerraba tras el paso del metal, dejando solo piel nueva y cicatrices fantasma.

—No puede ser... —la voz de Darem perdió por primera vez su arrogancia, convertida en un hilillo de incredulidad—. ¡La primera vez, una sola hoja en el cuello te dejó fuera de combate!

Fénix escupió un coágulo de sangre.
—La primera vez no sabía lo que era arder en el infierno y emerger de las cenizas. Ahora lo sé. Si de verdad quieres ganar, Darem, tendrás que cortarme la cabeza. Mientras respire, seré tu pesadilla.

La furia de Fénix estalló entonces. Se abalanzó sobre Darem, una lluvia de puños que no buscaba precisión, solo catarsis. Golpeó su rostro una y otra vez, rompiendo huesos, abriendo carne.

—¡¿Por qué le sirves, Darem?! —gritaba entre golpes— ¡¿Qué mentira te vendió para que te arrastres como su perro?! ¡Eres solo un juguete roto en su estante!

Darem intentó un contraataque desesperado, pero Fénix esquivó la bayoneta y un izquierdazo explosivo lo mandó de vuelta al suelo. Fénix cayó sobre él, montándolo, y los puños se convirtieron en martillos de carne y odio.

—¡Tanto tiempo...! —golpe— ¡Me contuve contra todos...! —otro golpe— ¡Pero contigo... contigo me desato!

Lágrimas de rabia y dolor surcaban el rostro ensangrentado de Fénix. Cada impacto era un nombre, un rostro, una vida arrebatada.

—¿Sabes cuántos murieron en Berlín, Darem? ¿El 31 de octubre, tu "día del infierno"? —golpe— ¿Y en el Crisol? —golpe— ¡Ríos de sangre, y tú... tú eres el canal!

Los golpes cesaron. El cuerpo de Darem yacía inmóvil, su rostro una masa irreconocible de hematomas y carne desgarrada. Fénix, jadeando, se apartó, creyendo todo terminado.

Entonces, una voz rota, un susurro desde el abismo:
—Todo este dolor... tiene un propósito mayor.

Con esfuerzos sobrehumanos, la mano destrozada de Darem se movió hacia su pecho. De un bolsillo interior sacó un objeto pequeño y oxidado. Un clavo. Antiguo, corrupto por los siglos.

—El hallazgo final de Antigen... —tosió, escupiendo un diente— El clavo... de la Cristo.

Antes de que Fénix pudiera reaccionar, Darem, con una última reserva de fuerza, se lo clavó en el propio pecho. Un sonido húmedo y grotesco llenó el aire. La sangre manó, pero entonces ocurrió lo imposible. La carne destrozada de Darem comenzó a recomponerse. Los huesos de su rostro se re-alinearon bajo la piel, los moretones se desvanecieron como si el tiempo retrocediera. Se levantó, no con el esfuerzo de un hombre herido, sino con la fluidez de algo sobrenatural. Sus ojos ya no eran humanos. Brillaban con una luz fría y antigua.

Fénix retrocedió un paso, el horror anulando su furia.
—¿Qué... qué demonio eres?

Darem no respondió con palabras. Las bayonetas que sostenía, los restos de sus armas rotas, comenzaron a arder. No con el fuego normal de la combustión, sino con una llama negra y fría que distorsionaba el aire a su alrededor.

El aire crepitaba con la energía sobrenatural que emanaba de Darem. Las llamas negras de sus bayonetas lanzaban sombras danzantes y grotescas sobre los escombros. Fénix se mantenía en guardia, cada músculo tenso, sintiendo que las reglas del combate acababan de cambiar drásticamente.

De repente, del torso de Darem, justo alrededor del clavo cruciforme, brotaron gruesas protuberancias oscuras. No eran tentáculos de carne, sino algo peor: ramas retorcidas de un árbol ancestral, negras como la noche, cubiertas de espinas que brillaban con el mismo fuego espectral que las bayonetas. Se extendieron con velocidad serpentina, envolviendo el brazo derecho de Fénix con una fuerza brutal.

—¡¿Qué?! —gritó Fénix, al sentir las espinas perforar su carne y su hueso con un dolor clarividente que no era solo físico. Era como si su propio brazo estuviera siendo consumido por la corrupción.




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