CAPÍTULO 172: El Crisol del Caos-Parte IX
El viento aullaba en la azotea, agitando los cabellos de ENID y MARCUS mientras se enfrentaban a VIKTOR. Lucian yacía inconsciente cerca de la entrada, víctima de un golpe preciso. La superioridad numérica se había esfumado.
—¡Coordinación! —gritó Marcus, lanzándose al ataque.
Pero Viktor era un espectro. Esquivó el golpe de Marcus con un movimiento fluido y, en el contraataque, hundió un trozo de barandilla plateada que arrancó de la estructura en el cuello de Marcus. Un grito ahogado. Marcus cayó de rodillas, tocándose la herida humeante antes de desplomarse, paralizado.
Enid contuvo la respiración. Ahora estaban solos.
—Es como si supiera lo que vamos a hacer —dijo, frustrada.
—No es magia, querida Enid —respondió Viktor, ajustándose los puños de la camisa—. Es memoria muscular. Siglos de ella. Cada cuerpo que habité, cada espadachín, cada asesino, dejó su huella aquí —se tocó la sien—. Sus reflejos son mis reflejos. Su experiencia, mi ventaja.
Enid no esperó a oír más. Se abalanzó con un grito gutural. Viktor la evadió con facilidad, desviando su ataque y enviándola a rodar por el suelo con un empuje que pareció casi despreocupado.
—Imagínalo —continuó él, caminando hacia ella mientras ella se incorporaba—. La Era Umbra, del XVIII al XXI. Un festín de caos. Y en medio de él, Marius, el gran líder Lycan. Tan poderoso... tan predecible. Para cuando la Era terminó, yo ya llevaba su piel. Fue una de mis adquisiciones más gratas.
—Eres un monstruo —escupió Enid, limpiándose sangre del labio.
—Soy eterno —la corrigió él con una calma aterradora—. Y si por algún milagro me matan aquí, se activará el protocolo final del Crisol. La última barrera se colapsará, vaporizando todo lo que quede dentro. Fénix, Darem, tú, los inconscientes de ahí... todos. Moriré también, es cierto. Pero yo no pienso perder.
Con una sonrisa siniestra, Viktor se llevó las manos a la frente y comenzó a retirar las suturas que cruzaban su piel. Un líquido oscuro y espeso goteó. Bajo la carne, reveló una cavidad grotesca donde yacía un cerebro grisáceo, y en su centro, un ojo único y húmedo que parpadeó, mirando fijamente a Enid.
—Esto —dijo Viktor, su voz haciéndose eco desde ese horror— es lo que perdura. Mi esencia. Mi legado. Mi verdadera inmortalidad.
Volvió a colocarse las suturas, sellando la pesadilla.
—¿Lista para el acto final?
Enid cargó de nuevo. Un derechazo destinado a romperle la nariz. Viktor lo esquivó y su contragolpe, un izquierdazo seco, le partió el labio.
—¡Maldito seas! —gritó ella, escupiendo un diente.
—Los cumplidos no te salvarán —replicó él.
Fue entonces cuando Viktor miró hacia las escaleras. Una sonrisa se dibujó en sus labios.
—Mientras tú forcejeas aquí, el verdadero espectáculo está allá abajo. Darem... ¿sabes? Posee el Clavo. El Clavo de la Cruz. Un hallazgo del inventario personal del buen Marius. Cosas que uno descubre... —su risa era un susurro frío—. Ese artefacto no mata, Enid. Purga. Aumenta la mortalidad de quien lo usa hasta niveles bíblicos. Tu amigo Fénix no sabe contra qué se está enfrentando.
El pánico, frío y agudo, clavó a Enid por un segundo. Fue todo lo que Viktor necesitó. Se abalanzó, pero ella reaccionó en el último momento. Se enredaron, y la fuerza del choque los llevó a ambos por el hueco de la escalera, cayendo en una espiral de golpes y blasfemias que resonó en el estrecho espacio de concreto.
Rodaron, impactando contra los peldaños de metal. En la planta baja, Viktor se incorporó primero, su elegancia intacta. Sus ojos barrieron la zona de mantenimiento y se posaron en un par de tuberías de cobre abandonadas. Las agarró y, con una fuerza y velocidad sobrenatural, comenzó a frotar sus extremos una contra otra. El chirrido metálico fue ensordecedor, y en segundos, los extremos brillaban con un filo peligroso.
—Un truco que aprendí de un herrero en el cuerpo de Marius —dijo, blandiendo las improvisadas lanzas—. Lo simple suele ser lo más efectivo.
Cargó. Enid, tambaleándose, ya tenía el arma en la mano. Cuatro detonaciones sacudieron el aire. Cuatro balas de plata se incrustaron en el torso de Viktor. Él se detuvo, un jadeo de sorpresa y dolor escapando de sus labios. La ventaja era suya. Enid no dudó. Se lanzó sobre él, ejecutando una llave de combate que inmovilizó sus brazos y lo obligó a soltar las tuberías.
—¡Se acabó, Viktor! —gritó, apretando con todas sus fuerzas.
Viktor forcejeó, pero las balas de plata y la llave lo tenían atrapado. Con un movimiento desesperado, Enid logró arrancar las suturas de su frente de nuevo. El cerebro gris y el ojo central fueron expuestos, mirándola con una inteligencia fría y antigua.
—¡Qué testaruda! —bufó Viktor, sin perder su sarcasmo—. Pero tu esfuerzo es inútil. Darem tiene el poder de un semi-dios ahí fuera. Y Fénix... Fénix va a arder.
Enid apretó los dientes, ignorando sus palabras, concentrándose solo en mantenerlo inmovilizado. Sabía que era la única oportunidad. Mientras lo tuviera así, el destino de todos seguía en juego.