CAPÍTULO 173: El Crisol del Caos-Parte X
Fénix esquivaba con movimientos cada vez más lentos y desesperados. El fuego blanco en su hombro izquierdo se extendía con una lentitud cruel, consumiendo su carne y su energía. Cada vez que las bayonetas de fuego negro de Darem silbaban cerca, sentía el frío de la aniquilación absoluta. Sabía que no podía seguir así. Tenía que arriesgarlo todo en un último movimiento.
Vio una barra de metal oxidada, parte de la estructura de un andamio colapsado. Con su brazo bueno, la agarró con fuerza. No era una espada, no era elegante, pero era sólida. Pesada. Real.
'Es esto.' El pensamiento fue claro, una calma extraña descendiendo sobre él en medio de la tormenta. 'Todo o nada. No hay otra jugada. No hay más tiempo.'
Su mirada se clavó en el pecho de Darem, en el lugar donde el Clavo cruciforme se hundía en su carne. El objetivo final. La fuente de toda esta pesadilla.
'Toda mi fuerza. Todo lo que me queda. En este último aliento.'
Con un grito que era más un rugido de agonía y determinación, Fénix se lanzó hacia adelante. Ignoró el dolor, ignoró las ramas espinosas que intentaron atraparlo, ignoró todo excepto el punto que tenía que atravesar. La barra de metal, sostenida como una lanza, apuntaba directamente al corazón de Darem.
Darem, por su parte, no retrocedió. Viendo la carga desesperada de Fénix, una chispa de algo que podría ser respeto brilló en sus ojos sobrenaturales. Él también se impulsó hacia adelante, sus bayonetas de fuego negro cruzándose frente a él, formando una X mortal.
El mundo se ralentizó.
Fénix, con cada gramo de su ser enfocado en el impacto, sintió el momento de la verdad. La punta de la barra de metal hizo contacto con el pecho de Darem... y no encontró resistencia.
No hubo el sonido húmedo de la carne desgarrándose. No hubo un grito de dolor.
Solo un clic metálico, sutil.
Fénix, por un instante infinitesimal, sonrió. Creyó haberlo logrado.
—¡Gané...! —logró exhalar.
Pero entonces, vio la verdad.
La barra de metal no había penetrado. Había sido cortada limpiamente, a solo centímetros de la punta, por el fulgurante cruce de las bayonetas de Darem. El extremo que sostenía cayó al suelo con un ruido sordo. Ni siquiera había arañado la túnica de Darem.
El tiempo volvió a su flujo normal.
Antes de que Fénix pudiera procesar el fracaso, el horror lo alcanzó.
Darem no había detenido su movimiento. Las bayonetas, tras cortar la barra, continuaron su trayectoria. Una se hundió en su garganta con un sonido espantosamente silencioso. La otra, en su abdomen bajo.
No hubo dolor inmediato. Solo un frío absoluto, un vacío que se expandió desde los puntos de impacto más rápido que cualquier fuego.
Luego, las llamas brotaron. No eran solo las llamas blancas y frías de antes. Eran llamas negras y azules, un fuego espectral que envolvía su cuerpo por completo, sellándolo en un ataúd de energía purgadora. Fénix intentó gritar, pero no tenía voz. Intentó moverse, pero sus miembros no respondieron. Estaba paralizado, atrapado dentro de su propio cuerpo en llamas, sintiendo cómo su misma esencia comenzaba a desvanecerse, a ser borrada.
Darem se quedó frente a él, bajando lentamente sus bayonetas. El fuego espectral iluminaba su rostro, que mostraba una expresión inusualmente solemne.
—Fénix —comenzó, su voz ya no era burlona, sino grave, resonando con una autoridad antigua—. Has peleado con una ferocidad que rara vez he visto en todos mis años. Has desafiado el destino, has escupido a la muerte a la cara una y otra vez. Llegaste hasta aquí, a este momento final, con puro coraje y voluntad. Por eso, te digo con sinceridad: ha sido un honor cruzarme en tu camino. Has sido un adversario digno.
Las llamas azules y negras crepitaban, consumiendo la energía vital de Fénix. Él intentó, con un último y titánico esfuerzo de su voluntad, mover un dedo, contraer un músculo. Pero fue inútil. Las llamas no solo quemaban; inmovilizaban, anulaban. Era una prisión perfecta.
—Pero todo llega a su fin —continuó Darem, observando cómo la conciencia comenzaba a apagarse en los ojos de Fénix—. Esta no es una muerte cualquiera. No es un simple cese de funciones. Es la purga. El juicio final para una existencia que desafió las leyes naturales. Tu regeneración, tu fuerza, tu indomable espíritu... todo será reducido a cenizas. Y de esas cenizas, no quedará memoria. El universo mismo olvidará que Fénix alguna vez caminó sobre esta tierra.
Fénix ya no podía ver. La oscuridad se cernía sobre su visión, pero aún podía oír, podía sentir la aniquilación aproximándose.
—Descansa —fueron las últimas palabras que escuchó, dichas con un dejo de piedad genuina—. La lucha ha terminado.
Y entonces, Fénix dejó de sentir. La frialdad lo envolvió por completo, un manto de nada que apagó primero el dolor, luego el sonido, y finalmente, la última chispa de su pensamiento.
El forcejeo era una danza brutal de sudor y esfuerzo. Enid, con los dientes apretados y los músculos temblando, mantenía a Viktro inmovilizado en una llave de combate que amenazaba con quebrarle el brazo. Pero una risotada burbujeante, mezclada con sangre, escapó de los labios de Viktor.
—¡Ingenua!
Con un estallido de fuerza sobrenatural, se liberó torciendo su cuerpo de una manera antinatural. Giró sobre su eje, su puño silbando en el aire hacia la cara de Enid. Ella, sin embargo, ya se estaba moviendo. Se agachó, el golpe pasó rozando su cabello, y su mano se cerró alrededor de una de las tuberías de cobre afiladas que yacían en el suelo.
Sin un grito, solo con el gruñido sordo de quien da todo, se impulsó hacia adelante y clavo la tubería en el torso de Viktor con toda su fuerza, empalándolo contra la pared de concreto detrás de él. Un *thud* húmedo y metálico resonó en la sala.
Viktor se convulsionó, tosiendo un chorro escarlata que manchó el suelo y su propia ropa. Pero, de manera aterradora, una sonrisa retorcida y sanguinolenta no abandonaba su rostro.