Code Fénix Maximum

CAPÍTULO 174: El Crisol del Caos-Parte XI

CAPÍTULO 174: El Crisol del Caos-Parte XI

El fuego espectral azul y negro aún danzaba alrededor del cuerpo inerte de Fénix, un ataúd de energía purgadora. Darem observaba, su rostro una máscara de respeto solemne y certeza victoriosa. Había terminado.

Entonces, una mano se movió.

Fue un espasmo al principio, apenas perceptible entre las llamas. Luego, los dedos de Fénix se cerraron alrededor de la empuñadura de la bayoneta que le atravesaba la garganta.

Los ojos de Darem, que habían empezado a perder su intensidad sobrenatural, se abrieron de par en par.

—No... —musitó, un hilillo de duda empañando su voz segura.

Con un esfuerzo que pareció hacer temblar la realidad misma, Fénix aplicó una presión brutal. La bayoneta, imbuida de un poder destinado a purgarlo de la existencia, se quebró con un crack seco y antinatural. El metal, ahora inerte, cayó de su cuello, dejando una herida que, ante los ojos atónitos de Darem, se cerró en cuestión de segundos, dejando solo piel intacta.

Sin pausa, la otra mano de Fénix se alzó y arrancó la segunda bayoneta de su abdomen con el mismo movimiento despreocupado y brutal. Esa herida también sanó al instante.

Las llamas espectrales, privadas de su ancla en su carne, se apagaron de golpe, chisporroteando hasta extinguirse en un suspiro de humo negro que se disipó en el aire.

Fénix se incorporó. No con esfuerzo, sino con una fluidez aterradora. Su cuerpo estaba completo, intacto. La quemadura purgadora en su hombro había desaparecido. Su respiración era calmada, profunda. Sus ojos, ahora con una profundidad que no habían tenido antes, se clavaron en Darem.

—Tu fuego —dijo Fénix, y su voz era clara, sin rastro del daño que había sufrido— se apagó.

Darem retrocedió un paso, un acto completamente instintivo. La confianza divina que lo había embargado se resquebrajaba.

—Es... imposible. El poder del Clavo... la purga... —tartamudeó, la certeza que lo definía se desmoronaba.

—El siguiente golpe —continuó Fénix, alzando su puño derecho, sus nudillos blancos— será el final. No te destruiré, Darem. Te arrancaré el corazón y con él, ese clavo que profanas.

La amenaza era simple, directa, y cargada de una verdad que Darem no podía refutar. Recobró parte de su compostura, una furia fría reemplazando su asombro. Levantó sus brazos, y las bayonetas restantes, aunque sin las llamas, brillaron con la luz de la luna.

—Lo mismo te digo, Fénix —declaró, recuperando su tono de predicador fanático—. El siguiente golpe purgará tu existencia de esta realidad. No habrá regreso esta vez.

No hubo más palabras. El aire se tensó hasta el punto de ruptura. Dos voluntades absolutas, una renovada por un pacto infernal y la otra respaldada por una reliquia divina, se prepararon para el intercambio final.

La tensión se rompió en un estallido de movimiento.

Darem fue primero, un remolino de furia divina. Su bayoneta restante silbó en un arco horizontal perfecto, buscando decapitar a Fénix de un solo tajo limpio. Pero Fénix ya no estaba allí. Se agachó, el filo pasó milímetros por encima de su cabeza, cortando mechones de su cabello.

Antes de que Darem pudiera recuperar el equilibrio, el puño izquierdo de Fénix, cargado con la fuerza de su renacimiento y su ira contenida, conectó con el costado de su cabeza. El impacto fue seco y huesudo. Darem se tambaleó, aturdido, y una línea de sangre brotó de su sien.

Sin darle tregua, Fénix giró sobre su pie de apoyo y lanzó una patada circular brutal que impactó en la empuñadura de la bayoneta que Darem aún sostenía. El metal, forjado y bendecido para la purga, no pudo resistir la fuerza bruta combinada con la energía del pacto que ahora ardía dentro de Fénix. La hoja se quebró con un sonido desgarrador, volando en pedazos que se clavaron en el asfalto.

Darem miró el mango roto en su mano, luego a Fénix. La rabia en sus ojos se transformó en una aceptación fría y final. Una calma extraña se apoderó de él.

—Tienes razón —dijo Darem, su voz era ahora un susurro sereno y aterrador—. Es el final. Ya no hay espacio para más golpes. Para más juegos.

Dejó caer el mango inútil. Con sus dos manos ahora libres, agarró su bayoneta restante, la última. La sostuvo frente a su rostro, y una luz blanca y cegadora comenzó a emanar de ella, tan intensa que hacía doler los ojos. El aire a su alrededor crepitó, y el mismo espacio pareció distorsionarse, concentrándose en la punta de la hoja.

—Voy a concentrar todo. Toda la esencia del Clavo. Toda la purificación —declaró, y su cuerpo comenzó a palidecer, como si la vida misma estuviera siendo drenada hacia el arma—. En esta única estocada. No te cortará, Fénix. Esta hoja ya no tocará tu carne. Alcanzará tu alma directamente y la desintegrará.

Fénix no se inmutó. No hubo miedo en sus ojos. Solo una determinación igualmente absoluta. Se colocó en una posición de carga, su puño derecho apretado, todo su cuerpo una catapulta lista para liberar su poder.

—Hazlo —retó Fénix, su voz un eco grave—. Y yo cumpliré mi promesa. Arrancaré tu corazón.

No hubo señal. No hubo cuenta regresiva.

Simplemente, al unísono, como si una cuerda invisible los hubiera liberado, ambos se lanzaron el uno hacia el otro.

Darem, un cometa de luz blanca pura y aniquiladora, su bayoneta extendida como el aguijón final del destino.

Fénix, un torpedo de carne, hueso y voluntad indomable, su puño dirigido como un taladro hacia el pecho de su enemigo.

Dos fuerzas opuestas, una destinada a purgar, la otra a sobrevivir a toda costa, colisionando en un punto de no retorno.

El mundo se detuvo. El sonido se extinguió, el aire se solidificó. Para Fénix y Darem, el siguiente segundo se estiró, dilatándose hasta contener una eternidad de pensamientos y decisiones.

'Todo en esta estocada.' La mente de Darem era un lago de hielo, claro y mortal. 'No esquivará. Confía en su fuerza bruta. Su instinto es atacar, no defenderse. Mi hoja encontrará su garganta. Primero cortaré su mano, un simple tajo lateral para desviar su ataque, y luego, sin resistencia, perforaré su cuello. El poder del Clavo purgará su alma antes de que su puño recorra la última pulgada. Es la lógica. Es el orden. Es el fin.'




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