CAPÍTULO 175: Aquel día
El cuerpo de Darem ya no se desintegraba en polvo, sino que se resquebrajaba como porcelana vieja. Grandes fragmentos de su torso y extremidades se desprendían, cayendo y haciéndose añicos contra el asfalto en un silencio sobrenatural. De las grietas no brotaba sangre, sino un resplandor pálido y agonizante.
Desde lo que quedaba de su pecho destrozado, la voz de Darem emergió, no como un susurro, sino clara y resonante, una última proyección de su voluntad.
—Menos de un año, Fénix... —comenzó, cada palabra haciendo que otra fractura se extendiera por su rostro—. Menoss de un año de cazar y ser cazado. He enfrentado a reyes, a bestias, a seres que pretendían ser dioses... pero ninguno... ninguno dejó una marca como tú.
Un ojo se desprendió de su órbita y se estrelló contra el suelo.
—Eras un obstáculo constante. Un recordatorio irritante de que la perfección que buscaba siempre tendría una grieta con tu nombre. Te subestimé al principio, pensé que eras otro insecto efímero. Pero sobreviviste. Creciste. Te enfrentaste a mí una y otra vez... y cada vez, te volvías más fuerte, más difícil de borrar.
Fénix lo observaba, su rostro era una máscara de indiferencia tallada en piedra. No mostraba triunfo, ni lástima, ni siquiera alivio. Solo una fatiga infinita.
—En el fondo de mi arrogancia... llegué a esperar nuestros encuentros —confesó Darem, y un lado completo de su mandíbula se desmoronó—. Eran los únicos momentos en los que esta existencia interminable... sentía algo. Rabia. Frustración. Respeto. Eres el único rival que ha logrado que esta alma cansada... volviera a sentir.
Fénix no dijo nada. Solo miró hacia otro lado, como si el monólogo final de su némesis de siglos fuera un zumbido molesto.
—Así que esto es todo... —la voz de Darem comenzó a distorsionarse, a desdibujarse, como una radio perdiendo señal—. Un final... apropiado. Por tu mano... No habría... querido... otra...
El rostro de Darem era un paisaje de ruina. La piel se cuarteaba y desprendía como yeso seco, dejando ver un vacío oscuro y polvoriento bajo la superficie. Sus ojos, que alguna vez brillaron con la certeza divina del Clavo, ahora eran cuencas opacas que se desmoronaban lentamente.
Fénix, que había comenzado a darse la vuelta, detuvo su movimiento. Algo lo hizo volver la mirada hacia el espectáculo de la desintegración final. Y entonces, contra toda lógica y todo el odio acumulado, una sola lágrima cálida recorrió la suciedad y la sangre seca en su mejilla. Cayó al suelo, un pequeño punto oscuro en el asfalto.
—Maldita sea —murmuró Fénix, su voz cargada de una emoción que creía haber enterrado—. No somos tan diferentes, ¿verdad?
Los labios de Darem, ahora poco más que un surco en la arcilla que se deshacía, se movieron en un último y tenue susurro.
—Tú... con tu Enid Corp... ella te dio un propósito... una vida cuando solo eras un vagabundo... —cada palabra era un esfuerzo titánico, un eco de un pulmón que ya no existía—. Yo... con Antigen... con Viktor... él me mostró un camino... un orden... cuando yo solo era un paladin perdido... Él me dio un propósito... una cruzada...
Fénix asintió lentamente, la lágrima secándose en su rostro, dejando una línea limpia.
—Dos armas. Dos soldados. Leales a un ideal que no era el nuestro. Creímos que luchábamos por lo correcto. Éramos la misma moneda... solo que con caras diferentes.
Una paz extraña, trágica, se instaló entre ellos por un instante fugaz. El cazador y la presa, el verdugo y la víctima, comprendiendo en el último segundo el hilo absurdo que los unía.
Darem logró formar una última sonrisa, un gesto torturado y genuino.
—Entonces... déjame... contarte... —su voz era ya el crujir de la tierra— ...mi historia... la verdadera historia...
AÑO 1100 - ORFANATO DE KILDARE, IRLANDA
La fría tarde irlandesa se filtraba por los ventanales altos y angostos de piedra, iluminando motas de polvo que danzaban en el aire cargado de humedad y cera de velas. El gran salón, con sus vigas de roble ennegrecidas por el tiempo, resonaba con la voz grave y serena del Padre Brendan, un hombre de edad avanzada con una túnica sencilla, sentado en un rústico sillón junto a la chimenea crepitante.
Una docena de niños, entre los cinco y los ocho años, estaban sentados en el suelo de piedra, absortos, formando un semicírculo a sus pies. Sus pequeños rostros, pálidos y con pecas, reflejaban una mezcla de fascinación y temor.
En una esquina, alejado del grupo pero aún dentro del círculo de luz del fuego, estaba DAREM. No tendría más de siete años. Era un niño delgado, de cabello oscuro y desaliñado y ojos de un azul intenso que parecían demasiado serios para su edad. Sobre sus rodillas descansaba un libro pesado y viejo, cuyas páginas mostraban ilustraciones de bestias y constelaciones. Pero en ese momento, no leía. Su mirada estaba fija en el Padre Brendan, escuchando cada palabra.
—"...y así," —continuaba el sacerdote, sus manos gesticulando suavemente— "el demonio, tomando la forma de un lobo de pelaje negro como la pez, se acercó al redil donde el pastor, un hombre de fe simple y corazón puro, guardaba su rebaño."
Los niños se agruparon más, algunos conteniendo la respiraza.
—"El pastor no huyó, niños. No blasfemó. Sostuvo en alto su simple cayado de madera de avellano y dijo con una voz que no temblaba: 'No temeré mal alguno, porque tú estás conmigo'."
El Padre Brendan hizo una pausa, dejando que las palabras sagradas resonaran en la sala silente. Los ojos de Darem se estrecharon ligeramente, no por miedo, sino por análisis. Su pequeña mente, afilada y curiosa, procesaba la historia no como una lección de fe, sino como un relato táctico.
—"Y fue entonces," —prosiguió el sacerdote, bajando la voz a un susurro dramático— "cuando la simple fe del pastor se convirtió en un escudo más fuerte que el acero. La bestia, al no poder tocar su alma, lanzó un aullido de furia que heló la sangre y huyó de regreso a las sombras de las que vino."