CAPÍTULO 176: El Crisol del Caos - Parte Final
Fénix caminó con pasos lentos y pesados, la adrenalina de la batalla cediendo paso a un agotamiento profundo que calaba hasta los huesos. La ciudad a su alrededor estaba en un silencio extraño, como si contuviera la respiraza. Al acercarse a la entrada del masivo rascacielos, una figura familiar se recortó contra la luz tenue que salía del vestíbulo.
Enid estaba sentada en los escalones de mármol, con los brazos apoyados en las rodillas. No estaba herida, solo parecía increíblemente cansada. Al verlo acercarse, una sonrisa tranquila, la primera genuina en lo que parecía una eternidad, iluminó su rostro.
Fénix se acercó y, sin mediar palabra, se dejó caer pesadamente a su lado en el escalón. Sus hombros casi se tocaban. Un largo suspiro escapó de sus pulmones, un sonido que contenía el peso de siglos de lucha.
Enid lo miró de reojo, estudiando su perfil cansado.
—¿Terminó? —preguntó, su voz era suave, ya no la de una comandante, sino la de una mujer al final de un largo día.
Fénix asintió lentamente, sin mirarla, fijando la vista en algún punto lejano en la oscuridad.
—Sí —respondió, su voz era ronca—. Terminó.
Ella deslizó su mano junto a la suya en el frío mármol, sus dedos rozándose ligeramente. Un contacto simple, pero que decía más que mil palabras.
—Todo está bien, entonces —susurró, más una afirmación para sí misma que una pregunta.
—Por fin —concluyó él, cerrando los ojos por un momento, saboreando la palabra.
Permanecieron en silencio un rato, dejando que la paz, frágil y recién nacida, se asentara a su alrededor. Fue Enid quien rompió el silencio, con un tono de voz más ligero, soñador.
—Cuando volvamos a Berlín... —comenzó, y Fénix giró la cabeza para mirarla— quiero que nos vayamos. Lejos. Por un tiempo largo. Solo tú y yo.
Fénix arqueó una ceja, una chispa de curiosidad devolviendo un poco de vida a sus ojos cansados.
—¿Oh sí? ¿A dónde quieres ir?
Enid sonrió, una sonrisa amplia y despreocupada que le llegó a los ojos.
—A la playa. Una con arena blanca y agua tan azul que no parezca real. Donde el único sonido sea el de las olas y donde nadie espere que salvemos el mundo —hizo una pausa, buscando su mirada—. ¿Qué te parece?
Fénix la sostuvo con la mirada, y por primera vez en mucho, mucho tiempo, una sonrisa genuina y tranquila se dibujó en sus labios. No era una sonrisa de triunfo o de alivio, sino de simple y pura anticipación.
—Suena perfecto —dijo, y su voz ya no sonaba cansada, sino esperanzada.
La calma era un manto frágil sobre los hombros de Fénix y Enid. Estaban sentados en los escalones de mármol, hombro con hombro, sus manos entrelazadas. El silencio de la ciudad post-batalla era casi sagrado. Hasta que un escalofrío repentino, una intuición visceral, recorrió la espina dorsal de Fénix. Se puso de pie de un salto, sus sentidos, que se habían relajado, volvieron a agudizarse de golpe.
—Fénix, ¿qué pasa? —preguntó Enid, su voz teñida de confusión al ver su reacción.
—El juego... —murmuró él, apretando los puños hasta que los nudillos palidecieron—. Viktor está muerto, pero el juego... no se desactivó. Las barreras...
Enid se levantó al instante, la comprensión ensombreciendo su rostro.
—¿Crees que todavía están activas?
—Si no las desactivamos, se cerrarán —confirmó Fénix, su mirada escaneando el horizonte con urgencia—. Y si eso pasa...
Una estática crujiente cortó la noche, seguida de la voz metálica e impersonal que conocían demasiado bien, emergiendo de altavoces ocultos.
—El Crisol del Caos ha concluido. Protocolo de cierre iniciado. Las barreras perimetrales se colapsarán en 30 segundos.
Sus ojos se encontraron, un espejo de puro pánico. Sin una palabra más, Fénix se lanzó hacia el interior del edificio destrozado.
—¡Fénix! —gritó Enid, corriendo tras él—. ¡No hay tiempo!
—¡Tiene que haber una forma de detenerlo! —rugió él, revolviendo frenéticamente entre los escombros de la sala del enfrentamiento final, buscando un panel de control, un núcleo, cualquier cosa.
—20... 19... 18...
El conteo era implacable. En el aire, un zumbido de baja frecuencia comenzó a crecer, y luego las vieron: las barreras, antes invisibles, se materializaron como cortinas de energía azul cegadora, cerrándose desde los límites de la ciudad hacia su posición en el centro.
—10... 9... 8...
Fénix dejó de buscar. Se volvió hacia Enid. La derrota y la aceptación se encontraron en sus miradas. Correr era inútil. No había ningún lugar adonde ir.
—5... 4... 3...
—Fénix... —susurró Enid, sus ojos anegados de lágrimas que no se atrevían a caer.
Él cruzó la distancia que los separaba y tomó su mano, apretándola con una fuerza que prometía que no la soltaría, ni siquiera al final.
—2... 1...
Se miraron fijamente, un universo entero de palabras no dichas pasando entre ellos en ese último segundo. La luz azul los envolvió, un manto cegador y silencioso que no fue calor ni frío, sino simple... cesación.
Y entonces, nada.
INT. SALA OVAL, CASA BLANCA - DÍA
10 de enero de 2001
El presidente George W. Bush estaba sentado detrás del icónico escritorio Resolute, el ceño fruncido sobre un informe con el sello de "ARMAGEDON". La luz de la tarde se filtraba por las ventanas, iluminando las severas expresiones de los dos hombres frente a él: el director de la CIA, John Mitchel, y el secretario de Defensa, William Harper.
—Señores —comenzó Bush, dejando el informe sobre el escritorio—, lo que ocurrió en Manhattan la noche de año nuevo fue... cataclísmico. Pero la verdad es un lujo que el pueblo estadounidense no puede permitirse.
Mitchell asintió con gravedad.
—Señor Presidente, la divulgación causaría un pánico irreversible y una pérdida total de confianza en nuestras instituciones. Necesitamos una narrativa controlada.