Code Fénix Maximum

CAPÍTULO 177: Promesas

CAPÍTULO 177: Promesas

15 de enero de 2001 - INSTALACIONES DE ENID CORP, MUNICH

La luz del amanecer bañaba la estéril habitación de recuperación. El doctor Samuel Hart entró con una carpeta bajo el brazo y una expresión de satisfacción profesional.

—Buenos días, Fénix. Hoy es un gran día. Vamos a ver qué ha logrado esa regeneración tuya.

Fénix, ya capaz de moverse con cierta torpeza, esbozó una media sonrisa.
—Dime la verdad, Samuel. ¿Voy a poder volver a asustar a la gente con esta cara o necesitaré una nueva?

Samuel soltó una risa breve mientras revisaba los monitores.
—Eres el mejor paciente y el peor caso de estudio. Tu cuerpo se repara solo más rápido de lo que yo puedo diagnosticar. Pero no cantes victoria todavía. Espera fatiga, dolores musculares erráticos y una sensibilidad extrema en los tejidos nuevos durante... bueno, los próximos meses.

Comenzó a retirar metódicamente las vendas. La piel que revelaban estaba notablemente intacta, salvo por algunas áreas rosadas y sensibles donde las quemaduras habían sido más profundas.

—Como ves, estás en un estado excepcional, dadas las circunstancias —explicó Samuel—. Estas quemaduras residuales son superficiales. Usarás una crema con sulfadiazina de plata dos veces al día para prevenir infecciones y acelerar la cicatrización. También un régimen de vitamina E y ácido hialurónico para la elasticidad de la piel.

Fénix flexionó los dedos y luego los puños, probando la resistencia de sus músculos.
—Me siento... débil. Pero entero.

—Es normal —asintió Samuel, tomando notas—. Ibuprofeno para el dolor, suplementos de hierro para la fatiga. Y nada de esfuerzo heroico en al menos dos semanas. Tu cuerpo necesita recursos para terminar el trabajo. —Se dirigió a un armario y sacó una caja negra y alargada—. Algo para ti. De parte de la Señorita Drakewood.

Fénix abrió la caja. Dentro, doblado con precisión militar, estaba su traje de siempre característico. Negro, elegante, impecable.

—Parece que la jefa quiere que vuelvas al campo —comentó Samuel con una sonrisa—. Es kevlar de última generación con refuerzos de fibra de carbono y un sistema de termorregulación. Si alguien puede ponerse esto después de lo que pasaste, eres tú.

Fénix tomó el traje, sintiendo el tejido familiar entre sus dedos.
—Gracias, Samuel. Por todo.

—Solo cumple con mi consejo y descansa —replicó el doctor, dándole una palmada en el hombro—. El mundo puede esperar un poco más a su héroe.

Fénix caminaba por los pasillos, ajustándose el cuello del traje negro. Su cuerpo protestaba con cada movimiento, pero una familiar determinación ardía de nuevo en su interior.

Al doblar una esquina, se detuvo en seco. Marcus estaba allí, apoyado contra la pared, como si lo estuviera esperando.

—¿Marcus? —la voz de Fénix fue un susurro incrédulo—. Creí que... el colapso...

Marcus sonrió, una expresión cansada pero genuina.
—Yo también lo pensé. Los escombros me cayeron encima, pero formaron una especie de búnker. Me rescataron horas después. Fue... una locura.

Fénix lo escrutó, asegurándose de que no fuera un fantasma.
—Es un milagro. Me alegra verte con vida.

—El sentimiento es mutuo —Marcus se cruzó de brazos—. Nosotros... pensamos que te habíamos perdido para siempre. Pero eres más duro que el acero, amigo.

—¿Y Lucian? —preguntó Fénix—. ¿Alguna noticia?

El rostro de Marcus se ensombreció.
—Nada. Desde Manhattan... silencio. Con lo de Vannesa... —hizo una pausa—. Ella era más que su segunda al mando. Necesita tiempo. Todos necesitamos tiempo.

Fénix asintió lentamente.
—Que lo encuentre. Se lo ha ganado.

—Todos lo hemos hecho —concluyó Marcus.

Fénix dio un paso al frente, extendiendo su mano.
—Cuídate, Marcus.

—Tú también —Marcus estrechó su mano, pero justo cuando Fénix se giraba para irse, le lanzó algo pequeño y plateado—. Se te cayó.

Fénix lo atrapó al aire por puro reflejo. Era un anillo de compromiso simple. Lo miró, luego a Marcus, una oleada de alivio lavando su rostro.

—Gracias —dijo, guardándolo cuidadosamente en un bolsillo interno del traje.

—No lo pierdas otra vez —dijo Marcus con una sonrisa burlona antes de alejarse.

Fénix permaneció un momento más, la mano sobre el bolsillo donde ahora descansaba el anillo. Respiró hondo y continuó su camino.

Fénix se detuvo frente a la pesada puerta de roble de la oficina de Enid. Tocó suavemente. Silencio. Con un leve suspiro, giró el picaporte y entró.

La habitación estaba vacía. Dio un paso adentro y, en ese instante, una figura salió de detrás de la puerta y lo envolvió en un abrazo fuerte y repentino.

—¡Fénix! —la voz de Enid era un susurro cargado de emoción contra su oído—. No sabes lo que es pensar que no volvería a verte.

Fénix, aunque sorprendido, rodeó su cintura con los brazos, correspondiendo al abrazo.
—Estoy aquí. No tan fácil me deshago de mí.

Ella se separó lo justo para mirarlo, sus manos en sus brazos como para asegurarse de que era real.
—Pasa, siéntate. Tenemos que hablar.

Fénix se dejó caer en el sofá de cuero, llevándose una mano a los ojos con un gesto de cansancio.
—La luz... molesta. Efecto secundario, supongo.

—¿Antigen? —preguntó, sin mover la mano.

Enid se sentó frente a él, su postura era la de una ejecutiva, pero su mirada era más suave.
—Desmantelada. Con Viktor muerto, el imperio se desmoronó en cuestión de días. Ya no queda nada de ellos.

Fénix asintió, un peso menos sobre sus hombros. Pero entonces, Enid cambió de tono, adoptando uno ligeramente más casual, casi despreocupado.

—Fénix, hay una nueva misión.

Él bajó la mano y la miró fijamente, un arqueo de incredulidad en su ceja.
—¿No fuiste tú la que habló de playas de arena blanca? ¿De una vida tranquila, lejos de las misiones suicidas?




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