CAPÍTULO 178: Sombras en la lluvia
La lluvia golpeaba los altos ventanales del vestíbulo, dibujando cortinas líquidas en el cristal. Fénix, con su traje negro impecable, se acercó a Marcus, quien lo esperaba junto a la imponente puerta de entrada.
—¿Enid te envió? —preguntó Marcus, arqueando una ceja con escepticismo—. Apenas sales de la cama médica y ya te mandan al campo.
—Parece que mi descanso fue más corto de lo esperado —respondió Fénix con un encogimiento de hombros, aunque sus ojos mostraban determinación.
Al salir, desplegaron sendos paraguas negros. La ciudad estaba envuelta en un manto gris, el sonido del tráfico mezclándose con el repiqueteo constante de la lluvia. Su destino se alzaba en la distancia: la Catedral de Frauenkirche, sus torres gemelas perforando el cielo plomizo.
—La misión es sencilla —explicó Marcus mientras caminaban—. El párroco reportó a un jorobado que merodea por la catedral, robando objetos sagrados. Nuestro trabajo es... persuadirlo para que se retire.
Fénix frunció el ceño.
—Suena excesivo para un simple ladrón de iglesia.
—Eso mismo pensé —admitió Marcus con una leve sonrisa—. Pero ya conoces a Enid. —Hizo una pausa significativa—. ¿Te das cuenta? Ya casi cumples un año en Enid Corp. Las cosas han cambiado mucho.
Fénix miró el cielo nublado, deteniéndose un instante.
—Demasiado rápido, Marcus. Todo ha pasado demasiado rápido.
INT. CATEDRAL DE FRAUENKIRCHE - DÍA
Al entrar, el aire cambiaba; era cálido, pesado por el aroma a incienso y cera vieja. Un sacerdote anciano se acercó a ellos con paso tranquilo.
—Ustedes deben ser los enviados de la Señorita Drakewood —dijo, con una voz serena que resonaba en la nave vacía—. Ella me avisó de su llegada.
—Así es —confirmó Marcus con profesionalidad.
—El individuo del que les hablé es escurridizo —explicó el párroco—. Se mueve por las partes más antiguas de la catedral. Algunos feligreses aseguran haber visto su sombra. —Le entregó una llave antigua—. Tengan acceso completo. Por cierto, la Señorita Drakewood viene a menudo. Se sienta al fondo, siempre en silencio. Es una mujer que carga un peso grande en el alma.
Fénix captó la información, pero guardó silencio.
Fénix y Marcus comienzan a subir las escaleras de piedra que conducen a las habitaciones superiores de la catedral. Cada paso resuena en el silencio del lugar, acompañado por el eco distante de la lluvia golpeando los vitrales.
—¿Sabías que esta catedral fue fundada en 1905? —comienza Marcus mientras suben—. La Catedral de Berlín fue diseñada por Julius Raschdorff y reconstruida después de la Segunda Guerra Mundial. Es uno de los lugares más icónicos de la ciudad.
—Siempre tienes datos históricos, ¿verdad? —comenta Fénix con una ligera sonrisa.
—Alguien tiene que aportar algo de cultura —responde Marcus, encogiéndose de hombros.
Ambos revisan meticulosamente las habitaciones del piso superior. Salones vacíos, bancos polvorientos y pequeñas capillas privadas no revelan nada fuera de lo común.
—Aquí no parece haber nadie —dice Fénix, cerrando una puerta tras inspeccionar.
Cuando se gira hacia Marcus, nota algo al final del pasillo. Una figura encapuchada y jorobada está parada, observándolos desde las sombras.
—¡Eh, tú! —grita Fénix, señalando al desconocido.
La figura se sobresalta y comienza a correr, sus pasos resonando por el pasillo.
—¡Vamos! —exclama Marcus mientras ambos se lanzan a la persecución.
El jorobado demuestra ser sorprendentemente ágil, zigzagueando por los pasillos y lanzando objetos al azar para bloquear su camino. Pesados candelabros y libros caen al suelo, pero Fénix los esquiva con facilidad.
—¡Detente! —grita Fénix, acelerando el paso.
Finalmente, el jorobado tropieza con un borde de alfombra levantado y cae al suelo. Antes de que pueda levantarse, Fénix lo agarra por el cuello de su túnica, lo levanta y lo choca contra una ventana. La luz que se filtraba entre las nube ilumino su rostro asustado mientras Fénix lo sostiene al borde del abismo.
—Dame un buen motivo para no matarte aquí mismo —gruñe Fénix, sus ojos fijos en el extraño.
El jorobado levanta las manos en señal de rendición, temblando. Su voz es suave y temerosa, pero genuina.
—¡Por favor, no me haga daño! Mi nombre es Ivan. No soy un ladrón... sólo tomo lo que sobra. No quiero molestar a nadie.
Fénix lo observa con atención. Hay algo en la mirada de Ivan, una mezcla de inocencia y honestidad, que lo hace dudar.
—¿Por qué estás aquí, Ivan? —pregunta Fénix, relajando un poco su agarre.
—Porque no tengo otro lugar a dónde ir. Vivo en los techos de la catedral desde que era niño. El padre me deja quedarme, pero nunca le digo cuándo bajo. No quiero problemas.
Marcus, que ha alcanzado a Fénix, lo mira con escepticismo.
—¿Estás seguro de que no estás robando nada sagrado?
Ivan niega rápidamente con la cabeza.
—¡No, lo juro! Sólo tomo velas viejas o pan que ya no usan. Nunca tocaría algo sagrado.
Fénix lo observa unos segundos más, buscando cualquier señal de mentira, pero no encuentra ninguna. Finalmente, lo aleja de la ventana y lo coloca suavemente en el suelo.
—Está bien, Ivan. Pero más te vale estar diciendo la verdad.
Ivan asiente frenéticamente, agradecido.
—Gracias... gracias. No quiero causar problemas, se los prometo.
Fénix cruza los brazos y mira a Marcus.
—Parece que tenemos que hablar con el padre sobre esto.
Marcus asiente, aunque aún parece algo desconfiado.
—Sí, pero no quitemos el ojo de encima a este tipo.
Con Ivan caminando delante de ellos, los tres regresan al altar principal para aclarar la situación.
De regreso en el altar principal, Fénix observa al padre con ojos críticos mientras Ivan se mantiene detrás de él, nervioso. Marcus cruza los brazos, esperando que alguien rompa el silencio.