CAPÍTULO 179: Cenizas de Múnich
9 de febrero de 2001, Múnich.
La nieve se acumulaba en las esquinas, sucia por el paso de los coches y el humo de la ciudad. Fénix salió de un quiosco con una bolsa en la mano y el aliento escapando en pequeñas nubes blancas. Sonrió, algo que no había hecho con tanta sinceridad en mucho tiempo.
—Gracias, jefe —dijo al hombre tras el mostrador antes de empujar la puerta de vidrio y perderse en la acera helada.
Mientras caminaba, sintió la ligereza de un instante sin cadenas.
"No recuerdo la última vez que me sentí así... libre. Sin enemigos acechando en cada sombra, sin esa presión constante de que alguien va a clavarme una bayoneta por la espalda."
El crujir de la nieve bajo sus botas lo acompañaba como un viejo amigo.
"Lucio, Vannesa, Alucard... no están aquí. Los perdí en el camino. Pero, por primera vez, no siento la culpa sofocándome. Tal vez... tal vez logré sobrevivir para honrarlos."
Se detuvo en la esquina, mirando cómo la ciudad seguía su rutina indiferente, como si el mundo nunca hubiese estado al borde del colapso.
—Ya no hay monstruos que cazar —murmuró, con un tono que sonaba a promesa más que a alivio—. Ya no hay más guerras que librar.
Una calma desconocida se adueñó de él. No era perfecta, estaba llena de ausencias, pero era suya.
"Quizás esto es lo que llaman paz."
Fénix salió del quiosco con una bolsa en la mano. El frío del invierno le mordía los dedos, pero no le importaba. Sonrió, una sonrisa sincera, de esas que creía olvidadas.
—Ya no hay monstruos, ya no hay locos con bayonetas... —murmuró para sí mismo.
"Y pensar que antes no podía ni dormir tranquilo. Ahora camino por la calle y lo único que me preocupa es que el café esté demasiado amargo."
Al llegar a la entrada de Enid Corp, empujó la puerta de vidrio y se detuvo. Miró de frente, pero no al vestíbulo, sino más allá.
—Ah, ¿siguen ahí? —dijo con una ceja arqueada—. Supongo que esperan que les diga que la pesadilla terminó, ¿no? Pues sí, en cierto modo. No han aparecido más monstruos que cazar. Bueno... —se rascó la nuca con una sonrisa ladeada—, de vez en cuando aparece alguna criatura rara, pero nada que no pueda manejarse en una tarde.
Atravesó el pasillo mientras los empleados lo saludaban con formalidad.
—Mi vida ahora es otra —continuó, bajando la voz como si confiara un secreto—. Ya no corro entre callejones manchados de sangre ni peleo hasta romperme los huesos. Ahora... firmo papeles. Informes, contratos, permisos. Sí, suena aburrido, lo sé, pero créanme... después de todo lo vivido, la burocracia puede ser un descanso.
Subió por el ascensor y sonrió al espejo que lo reflejaba.
—Relativamente tranquila, ¿eh? —dijo encogiéndose de hombros—. Y ¿saben qué? No me quejo. Al final, quizás esta sea la mayor victoria que me podía permitir.
Subió en el ascensor hasta su planta. Cuando abrió la puerta de su habitación, notó algo sobre el escritorio: un sobre blanco, con su nombre escrito con la inconfundible letra elegante de Enid.
Fénix lo tomó con cuidado, rompiendo el sello. Dentro había una nota breve:
"Te espero esta noche en mi habitación. Será una cena, una cita.
–E."
Se quedó mirándola un instante, y una sonrisa amplia le cruzó el rostro.
—Vaya, parece que la noche aún me tiene guardadas sorpresas —susurró.
Dobló la carta con delicadeza, la guardó en el bolsillo interior de su chaqueta y, por primera vez en mucho tiempo, caminó hacia la ventana con la certeza de que su vida podía ser algo más que sobrevivir.
El día se fue apagando lentamente. Fénix se dejó caer sobre la cama, con un libro en las manos. En la portada, un título en letras plateadas: "Tratados de Licantropía y Otras Metamorfosis".
Pasó las páginas con calma, subrayando mentalmente algunos fragmentos.
"Nunca tuve tiempo para esto... ahora me sobra. Tal vez entender lo que soy sea la mejor manera de estar en paz con ello."
El reloj sobre la mesilla marcó las 20:30. Fénix suspiró, cerró el libro y lo dejó sobre la almohada.
—Hora de la cena —murmuró con una media sonrisa.
Se levantó, abrió el armario y eligió algo sencillo: una remera lisa de manga larga, azul oscuro, y un pantalón cargo negro. Nada elegante.
—No hace falta exagerar... —dijo en voz baja mientras se ajustaba la manga.
Al girarse, su mirada cayó sobre la mesa de su habitación. Allí estaba su fiel Matilda, reposando con el brillo metálico que le recordaba todas las batallas pasadas.
Se quedó quieto, dudando por un instante.
"¿Y si...? No, no hace falta. Esta noche no."
Al final, dejó escapar una pequeña risa y negó con la cabeza.
—Para qué la voy a necesitar... —susurró, apartando la mirada.
Fénix tomó aire, alisó la tela de su remera con ambas manos y se dirigió a la puerta. La carta de Enid seguía en su bolsillo, como un recordatorio de que esa noche no había guerra, ni monstruos, ni miedo. Solo una cita.
Fénix llegó frente a la puerta de Enid. Respiró hondo, como si fuera la primera vez que iba a verla después de una larga jornada. Levantó la mano y tocó suavemente.
—¿Sí? —una voz familiar y cálida respondió desde dentro.
La puerta se abrió y Enid apareció. Llevaba ropa casual, cómoda pero elegante a su manera: unos pantalones ajustados y una blusa sencilla que resaltaba su sonrisa.
—Ah, ahí estás tú —dijo, abriendo la puerta por completo—. Pasa, te estaba esperando.
Fénix sonrió y entró. La habitación estaba iluminada con la luz cálida de unas velas. Sobre la mesa baja, una cena sencilla pero cuidadosamente preparada esperaba: dos platos, copas de vino y un pequeño centro con velas parpadeantes. Un sillón cómodo estaba dispuesto cerca de la mesa, como invitando a sentarse y relajarse.