CAPÍTULO 180: Una visita inesperada
Fénix todavía descansaba, con la cabeza sobre el regazo de Enid, cuando un golpe seco resonó en la puerta.
—Fénix... abre la puerta —dijo Enid, con voz tranquila pero firme.
Fénix parpadeó, todavía somnoliento, con el ceño fruncido y una expresión de duda.
—¿Ahora? —murmuró—. No estoy seguro...
—Vamos, abre —insistió Enid, acariciándole la cabeza con calma, pero con esa determinación que siempre tenía.
Fénix suspiró, dejando que su curiosidad y la insistencia de Enid vencieran la duda. Se incorporó lentamente y fue hacia la puerta, abriéndola con cuidado.
Allí, en el umbral, estaba Lucian, su amigo de tantas batallas, sosteniendo un pastel brillante con velas apagadas. En el glaseado, en letras coloridas, se leía:
"Happy Birthday, Fénix"
Fénix se quedó atónito, con los ojos abiertos como platos.
—¿Qué...? —balbuceó, su mente procesando con lentitud—. ¡Es mi cumpleaños mañana! Lo había olvidado por completo...
Lucian sonrió ampliamente, completamente ajeno a la tensión que comenzaba a formarse en la habitación.
—Pensé que sería bueno adelantarnos un poco... —dijo, sujetando el pastel con orgullo—.
Antes de que Fénix pudiera reaccionar, Enid se levantó silenciosamente, su movimiento casi imperceptible. Sacó la pistola y apuntó directo a Lucian.
Un disparo seco cortó el aire.
La bala de nitrato de plata atravesó la frente de Lucian, entre ceja y ceja. Antes de tocar el suelo, ya había caído muerto. El pastel cayó de sus manos, derramándose sobre la alfombra.
Fénix se quedó paralizado, la boca abierta, incapaz de gritar, de moverse o de quejarse. La habitación quedó en un silencio absoluto, roto solo por el leve crepitar de las velas aún encendidas.
—¿Qué...? —susurró Fénix, con la voz atrapada en su garganta.
Enid bajó la pistola, girándose lentamente hacia él con una expresión fría y calculadora, como si aquello fuera lo más natural del mundo.
—A veces, hay cosas que deben resolverse antes de que puedas siquiera reaccionar —dijo suavemente, acariciándole la mejilla con un dedo—. Y recuerda... esto no es personal.
Fénix permaneció inmóvil, el corazón latiéndole a mil por hora, mientras su mente trataba de asimilar lo imposible.
El silencio que siguió al disparo era absoluto, casi pesado. Fénix no podía moverse, ni hablar, ni siquiera pensar con claridad. Su mirada estaba fija en el cuerpo de Lucian, y la incredulidad se le dibujaba en la cara como una máscara de hielo.
Entonces, Enid empezó a reír.
Al principio, un sonido bajo, contenido. Luego, la risa se volvió más fuerte, aguda, liberadora, como si hubiera escuchado el mejor chiste de su vida. Entre carcajadas, las lágrimas comenzaron a resbalar por sus mejillas.
—¡Ahh! —soltó, entre risas—. Gracias, Fénix... gracias por todo.
Fénix permanecía helado, incapaz de reaccionar, con los ojos fijos en ella.
—Todo... todo esto —dijo Enid, secándose algunas lágrimas mientras se apoyaba contra la mesa—. Fue un experimento. ¡Todo! Gracias a ti pude deshacerme de Antigen... de cualquiera que pudiera joderme en el futuro... y, por supuesto, gracias a ti pude mejorar el suero Uber Lycan.
Sus ojos brillaban con una mezcla de euforia y locura controlada.
—Tú solo fuiste... un experimento más, Fénix —continuó—. Y todo salió a la perfección.
Fénix no podía ni respirar. Su mente giraba en un bucle de shock. Cada palabra de Enid le caía como un martillo en el pecho.
—¿Esa cara que tienes ahora? —dijo Enid, acercándose con una sonrisa cruel pero juguetona—. Esa cara... es tu premio. Sí, tu recompensa. Todo lo que tocas, Fénix... lo destruye. Eres como un cáncer, ¿sabes? Todo lo que pasa por ti termina... arruinado.
Enid rió aún más, casi sin control, disfrutando del efecto que sus palabras tenían sobre él.
Fénix seguía inmóvil, helado. No podía gritar, no podía moverse, no podía siquiera respirar con normalidad. El mundo entero parecía haberse detenido, y la risa de Enid resonaba en sus oídos como un eco interminable.
—Mírate... —dijo Enid, inclinándose ligeramente, la risa todavía contenida entre sus labios—. No digas nada, no intentes razonar... solo mira. Esa es la recompensa que te mereces, Fénix.
Y mientras Fénix permanecía congelado en su propio horror, Enid lo contemplaba, satisfecha, llorando de la risa, completamente absorta en su victoria perfecta.
Enid se inclinó un poco más cerca de Fénix, sus ojos brillando con esa mezcla de euforia y frialdad que solo ella podía tener. Su risa se fue apagando hasta volverse un murmullo cargado de intención.
—Escúchame bien, Fénix —dijo, con voz suave pero mortal—. Todo... todo fue una mentira.
Fénix permaneció helado, con los ojos abiertos, incapaz de parpadear ni respirar con normalidad.
—Sí —insistió Enid, acercándose más—. Todo eso que creíste... que yo estaba enamorada de ti, que esto, que aquello... mentira. Todo. Mentira.
Fénix no reaccionó. Su corazón latía con fuerza, pero su cuerpo seguía congelado, incapaz de emitir sonido alguno.
—Eres un perro, Fénix —continuó Enid, con un dejo de diversión cruel—. Eso es lo que fuiste siempre. Un perro fiel, obediente, siguiendo a su dueña sin cuestionar nada.
Se inclinó aún más, sus dedos rozando el hombro de Fénix, fría y calculadamente.
—Y ahora... ahora que todo por fin ha acabado, es hora de que la dueña le coloque la correa a su perro.
La frase resonó en la habitación como un golpe seco. Fénix permanecía inmóvil, con la mente atrapada entre incredulidad y horror. Su mundo, su confianza, todo lo que había creído real, se desmoronaba ante él en segundos.
Enid lo miraba, satisfecha, con una sonrisa que no era de cariño, sino de control absoluto. Su risa, apenas un susurro, volvió a llenar la habitación: ligera, juguetona, y mortal.
—Vamos, Fénix... mueve un poco la cola para mí —susurró, dejando que cada palabra calara hondo—. Porque eso es lo que siempre fuiste.