Code Fénix Maximum

CAPÍTULO 181: Resistencia y beta

CAPÍTULO 181: Resistencia y beta

Fénix estaba en el suelo, el sabor metálico del polvo y la sangre en la boca, la mandíbula palpitándole con cada latido. Respiró hondo, obligándose a moverse. Se incorporó a duras penas; la habitación, la pared astillada y Enid delante de él parecían girar en torno a un punto fijo que dolía en el pecho.

Enid no le dio tregua. No hubo pausa, ni remordimiento, ni contemplación: avanzó como una corriente helada y comenzó a golpearle por doquier con precisión quirúrgica. No eran golpes brutales al azar; eran entradas destinadas a anularle: costillas, costado, estómago, una serie de toques secos que quemaban la respiración.

—¿Te duele eso, perro? —dijo Enid entre cada golpe, con una voz que mezclaba diversión y desprecio—. No llores. Aprende tu sitio.

Fénix apenas pudo devolver un puñetazo torpe, una respuesta automática más que efectiva. Cada vez que sus puños buscaban la marca, consciente de que estaba frente a la mujer a la que había amado, su golpe carecía de la fuerza verdadera. No quería romperla; no quería hacerle daño. Lo que Enid aprovechó con cruel maestría.

—Siempre tan noble —murmuró ella—. Eso es lo que te hace perfecto para mi experimento.

Un gancho al costado lo dobló hacia delante. Fénix sintió el aire salirle como si le hubieran arrancado algo. Intentó reposicionarse, pero Enid ya estaba sobre él, maniobrando con la velocidad y la técnica de quien no solo sabía pelear, sino como humillar con cada movimiento. Le agarró el brazo con una llave de muñeca tan limpia que el tiempo pareció ralentizarse: la articulación forzada, el cuerpo sujeto, la palanca aplicada lentamente para maximizar el dolor.

—¿Ves? —susurró Enid, su aliento cerca del oído de Fénix—. Así es la obediencia. Apenas resistes y ya te domestico. No he fallado nunca con los de tu clase.

Fénix apretó los dientes hasta sentir los molares vibrar. El hueso de su antebrazo ardía, las fibras de su brazo protestaban como si fueran a romperse. Una parte de él, animal y antiguo, le pedía rendición. Otra parte, más orgullosa y dolida, se negaba a ser humillada hasta el final.

Con un esfuerzo titánico sacudió el cuerpo, girando la cadera, aprovechando el impulso. Sintió cómo la llave perdía eficacia por un instante y, con un movimiento seco, liberó el brazo. La sangre le latía en las sienes, la visión le temblaba, pero logró quedar de frente a Enid, las dos respiraciones pesadas chocando en el aire.

Enid sonrió con esa calma íntima que la hacía aún más aterradora. Se lanzó hacia él, dispuesta a recuperarlo, a someterlo, pero Fénix, en un segundo de pura mecánica y necesidad, elevó el puño con todo lo que le quedaba.

El golpe vino seco, limpio, directo a la mandíbula. No fue una sucesión de técnicas: fue la explosión de meses de traición, de dolor, de rabia contenida. La mano de Fénix encontró su objetivo con la precisión de quien ya no piensa, solo actúa.

Enid cayó hacia atrás, sorprendida, y un hilo carmesí asomó en el labio que acababa de romperse. La sangre brilló brillante bajo la luz de las velas. Por primera vez, la expresión de Enid vaciló; el control que la había definido se quebró un instante, apenas un parpadeo.

Fénix, jadeando, sintió la certeza de que no todo estaba perdido. La sangre en la comisura de los labios de Enid era una grieta en su armadura. Su puño tembló, su cuerpo ardía, pero una llama nueva, pequeña y peligrosa, se encendió en su interior: la idea de que quizás, solo quizás, podía pelear sin destruirlo todo a su paso.

Enid se limpió la sangre con la manga, su sonrisa volvió, pero esta vez fue diferente: afilada, consciente de la nueva ecuación entre ambos.

—Bien —dijo ella, sin perder la compostura—. Parece que aún tienes algo de fuego. Eso podrá ser útil... o problemático.

Enid se pasó la lengua por el labio ensangrentado, sus ojos brillando con una mezcla de furia contenida y deleite. Avanzó hacia Fénix con pasos felinos, el silencio solo roto por sus tacones golpeando los restos de madera en el suelo.

—¿Creías que con un golpe ibas a equilibrar la balanza? —su voz sonaba tranquila, casi dulce—. Te falta mucho por aprender.

Antes de que Fénix pudiera reaccionar, Enid flexionó los dedos. Sus uñas se alargaron, negras, afiladas como cuchillas: eran garras. Se lanzó sobre él con una rapidez inhumana.

Fénix levantó el brazo instintivamente, pero Enid giró la muñeca y cambió el ángulo en el último segundo. Su garra trazó una línea brutal sobre el rostro de Fénix. El dolor fue inmediato, un estallido ardiente que lo cegó. Su ojo izquierdo se nubló al instante, la sangre brotó caliente, resbalando por su mejilla y manchando el suelo.

—¡Aghhh! —rugió Fénix, tambaleándose, llevándose la mano a la cara. La visión del lado izquierdo desapareció en un mar rojo.

Su sorpresa fue tan grande que por un instante bajó la guardia. Enid lo sabía. Aprovechó la abertura y conectó un puñetazo demoledor, directo en la cara. El impacto retumbó en su cráneo como un martillazo.

El cuerpo de Fénix salió despedido, chocando contra la puerta principal de la habitación. La madera se astilló y luego cedió, lanzándolo por el aire hasta los pasillos de Enid Corp. Cayó de lado, rodando sobre el suelo frío y pulido, dejando un rastro de sangre tras de sí.

Los pasillos estaban en penumbra, silenciosos y vacíos. Era de noche, y todos los empleados habían abandonado el edificio. El eco de la respiración agitada de Fénix llenaba aquel vacío metálico.

Enid apareció en la puerta destrozada, su silueta recortada contra la tenue luz interior. Caminaba despacio, sin prisa, como un depredador que sabía que la presa no tenía adónde escapar.

—Mírate... —dijo con sorna—. Sangrando, ciego de un ojo, jadeando como un perro herido. Y aun así... sigues mirándome con odio. Eso es lo que más me gusta de ti.

El pasillo se convirtió en su nuevo campo de batalla, desolado, con las luces de emergencia parpadeando débilmente en la distancia.




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