Code Fénix Maximum

CAPÍTULO 182: El perro sin amo

CAPÍTULO 182: El perro sin amo

El pasillo del subsuelo estaba iluminado a medias por las luces de emergencia. El humo de la explosión aún flotaba en el aire, y entre ese ambiente cargado de cenizas y silencio, Fénix emergió. Caminaba despacio, con la barra de plata apretada en su mano, la sangre escurriéndole por el rostro y cegándole el ojo izquierdo. Sus pasos resonaban en el suelo metálico mientras Enid, arrodillada contra los restos de una pared rota, lo observaba.

En sus ojos por primera vez había algo distinto: miedo.

—F-Fénix... —murmuró, con una mezcla de incredulidad y furia contenida.

Él se detuvo frente a ella, su respiración pesada, y levantó la mirada helada. Su voz salió grave, fría, como si hablara desde un abismo.

—¿Lo notas? Los papeles siempre se invierten... lo mismo pasó con Alex. La presa... se vuelve el cazador.

Enid tragó saliva, retrocediendo apenas un centímetro, como si aquella sola frase hubiera calado en su mente más que cualquier golpe.

Fénix apretó con fuerza la barra de plata, y en un solo movimiento, la dejó caer a un lado. El sonido metálico retumbó en el silencio como una sentencia.

—Pero no voy a matarte, Enid. —sus ojos brillaban con rabia contenida—. No mereces ese privilegio.

Enid lo miraba con furia desbordada, la mandíbula apretada, las uñas clavándose en sus palmas.

—¡No puedes dejarme así! —su voz se quebraba entre la risa histérica y el grito desesperado—. ¡Eres mi perro, Fénix! ¡Yo soy tu ama! ¡Yo te salvé cuando nadie más lo hizo!

Fénix respiró hondo y se inclinó apenas hacia ella, con una calma que dolía más que cualquier golpe.

—No me salvaste. Me usaste. —sus palabras eran cuchillas—. Y me decepcionaste más de lo que nunca pensé posible.

Enid tembló, y por primera vez pareció realmente rota.

—Si alguna vez me buscas de nuevo... —añadió él, enderezándose, su voz más firme que nunca—, no dudaré. Pero ahora, no quiero verte. No quiero matarte. Quiero olvidarte.

Giró sobre sus talones y comenzó a caminar hacia el ascensor. Cada paso se sentía como una sentencia definitiva, un eco que marcaba la distancia entre lo que había sido y lo que jamás volvería a ser.

Enid se arrastró hacia adelante, gritando con desesperación, la máscara de control totalmente destruida.

—¡No puedes irte! ¡No puedes dejarme! ¡Eres mío! ¡MÍO!

Fénix no se detuvo, no volteó siquiera. Pulsó el botón del ascensor y esperó. El "ding" del aparato rompió la tensión del pasillo. Entró con paso lento, y mientras las puertas se cerraban, sus pensamientos fueron fríos y claros:

"No soy tu perro... nunca lo fui."

Las puertas de acero se sellaron, dejando a Enid sola, rodeada de humo, ruinas y su propia risa quebrada.

El ascensor subió lentamente, su zumbido metálico llenando el silencio. Fénix apoyó la frente contra la pared de acero, respirando hondo. Sentía la sangre seca en su rostro y el peso de todo lo que acababa de pasar.

Cuando las puertas se abrieron en el lobby de Enid Corp., la luz artificial le golpeó los ojos. Todo estaba vacío. Un eco frío recorría el enorme hall, apenas interrumpido por las luces de emergencia parpadeantes.

Fénix caminó hasta el mostrador, tomó las llaves de uno de los coches de servicio que colgaban en un panel y se dirigió hacia la salida. Sus botas resonaban en el mármol.

Justo cuando extendió la mano para abrir la puerta principal, un chispazo azul brillante recorrió todo el marco. Un estallido eléctrico rugió en el aire.

—¡Tzzzack!—

Un arco eléctrico lo lanzó hacia atrás como si fuera una muñeca, golpeando contra el suelo con fuerza. Su cuerpo se convulsionó brevemente por la descarga; el olor a ozono llenó el aire.

Fénix jadeó, apoyándose sobre un codo. Su ojo bueno parpadeaba con furia y dolor.

"Tres mil voltios..." pensó, apretando los dientes. "Eso habría matado a cualquiera... pero no a mí."

Mientras en el lobby el olor a electricidad quemada se disipaba, en los niveles inferiores del edificio Enid se arrastraba, dejando un rastro de sangre y ceniza. Sus uñas estaban rotas, sus piernas temblaban, pero su mirada brillaba con una intensidad peligrosa.

Llegó hasta una mesa metálica en la penumbra del laboratorio, iluminada solo por una luz roja parpadeante. Sobre ella descansaban varias jeringas, cada una llena de un líquido oscuro que parecía moverse por sí mismo. Un cartel mal pegado rezaba: "Suero Definitivo Uber Lycan".

Enid alargó la mano, temblorosa, y tocó una de las jeringas. Su respiración era un jadeo entrecortado; sus pensamientos, una tormenta.

"No... no se va a ir."
"No puede irse. Es mío."
"Mi creación, mi perro, mi obra maestra. Lo hice más fuerte, más rápido... lo hice perfecto. ¿Cómo se atreve a darme la espalda?"

Sonrió, los labios manchados de sangre, mientras las lágrimas caían de sus ojos.

"Fénix es mío. Nadie más puede tenerlo. Nadie más puede tocarlo. Si no puedo controlarlo con amor, lo haré con fuerza. Si no puedo poseerlo vivo... lo poseeré como sea. Es mi obra. Mi criatura."

La jeringa brilló bajo la tenue luz roja cuando la levantó con ambas manos.

"Él no lo entiende aún... pero yo soy la única que lo entiende a él. No me va a dejar. No va a escapar."

Su sonrisa se curvó en un rictus casi infantil, enfermo.

"Vamos a ser uno. Este suero nos hará iguales. Él mío. Yo suya. Para siempre."

Enid alzó la jeringa, su silueta recortada contra la oscuridad, y la luz roja parpadeante reflejó sus ojos desquiciados.

"Fénix... no puedes huir de mí. Porque aunque tú no quieras... yo ya estoy dentro de ti."

Fénix recorrió las plantas del edificio pegado a las sombras, sorteando oficinas, salas de máquinas y pasillos de mantenimiento. Cada puerta que cruzaba era un recordatorio de cuánto le había costado llegar hasta allí y de todo lo que tenía que dejar atrás. Su objetivo estaba claro: el estacionamiento subterráneo. Abierto las veinticuatro horas, con cámaras apagadas por la noche, menos personal y una salida directa a la calle. Si lograba salir de allí, tendría una mínima oportunidad de recomponer un plan.




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