CAPÍTULO 183: El perro sin amo II FIN
Enid, tambaleante entre lágrimas y risas, se acercó aún más a Fénix, con la mirada incendiada de obsesión.
—¡Vamos, Fénix! —le gritó con voz quebrada, aunque cargada de euforia—. ¡Transfórmate, enséñame tu verdadera forma! ¡Quiero que pelees conmigo, que seas mío en cuerpo y alma!
El tono no era una invitación: era una orden desesperada, cargada de un apego enfermizo. Lo miraba como una dueña miraría a su mascota, ansiosa por ver de lo que era capaz.
Fénix, jadeante, la miró de reojo y negó con la cabeza, con apenas un hilo de voz:
—No... Si me transformo... no aguantaré. Sólo seré más lento... más débil.
Esa negativa solo encendió más a Enid. Su cuerpo tembló y, con un rugido que estremeció las paredes del estacionamiento, liberó por completo su forma Uber Lycan. Creció ante sus ojos hasta alcanzar casi tres metros de altura: un monstruo colosal de músculos tensos, garras que brillaban como cuchillas y ojos rojos que ardían como brasas. La bestia respiraba con violencia, cada exhalación como un rugido contenido.
—¡ERES MÍO, FÉNIX! —vociferó con la voz distorsionada, mezclando humano y bestia—. ¡SI NO PELEAS, TE HARÉ MÍO A LA FUERZA!
Fénix, con el cuerpo al borde del colapso, usó lo poco que le quedaba de lucidez. Corrió tambaleando y se refugió en una cabina de seguridad cercana. La cerró de golpe y se acurrucó dentro, jadeando, con la espalda contra la fría pared metálica.
La sombra enorme de Enid cubrió todo el marco. La garra de la Uber Lycan destrozó la ventana de un solo zarpazo, haciendo saltar los vidrios en mil pedazos. Pero el tamaño de su cuerpo era tal que no lograba acceder del todo. Rugía y golpeaba con furia, sacudiendo la estructura como si fuera una caja de cartón.
Fénix lo sabía: la cabina no resistiría mucho. Aprovechó la breve distracción para escabullirse por una salida lateral, arrastrando su cuerpo magullado entre pasillos del estacionamiento.
Pero no llegó lejos. Apenas unos metros más adelante, tropezó y cayó de rodillas, jadeando, con la sangre resbalando por su rostro. Su cuerpo se negaba a responder. Detrás de él, el estruendo de pasos pesados se acercaba, cada uno más fuerte que el anterior, como martillazos en el concreto.
Enid lo había olido. Y no pensaba dejar que escapara.
Fénix apenas podía moverse. Cada intento de arrastrarse era un suplicio: sus manos temblaban, su respiración estaba entrecortada y la sangre le nublaba la vista. Aun así, la adrenalina lo mantenía en pie, aunque fuera a medias. El eco de los pasos de Enid, pesados y feroces, lo perseguían como un martillo implacable.
De pronto, dobló hacia un pasillo angosto, lo suficientemente estrecho como para que un Uber Lycan no pudiera pasar. Fénix se metió arrastrándose, con el corazón golpeándole el pecho, confiando en que esa angostura le daría un respiro.
Enid apareció al instante, colosal, rugiendo con los ojos encendidos. Intentó meter la cabeza por el pasillo, pero su forma monstruosa no le daba paso.
Entonces, con una mueca de frustración, su cuerpo empezó a crujir. Los músculos se encogieron, los huesos se reajustaron, las garras se retrajeron. En segundos, la criatura descomunal se redujo de nuevo a la silueta humana de Enid, aunque aún cubierta de sangre y sudor, con los ojos enrojecidos y una sonrisa desquiciada.
Entró en el pasillo como un depredador elegante. Alcanzó a Fénix antes de que pudiera arrastrarse más y lo agarró con fuerza inhumana.
—¡Ven aquí! —rugió, lanzándolo contra la pared con tal violencia que atravesó el concreto y cayó del otro lado como un muñeco roto.
Fénix quedó semiinconsciente, aturdido, con la vista borrosa. Apenas pudo levantar la cabeza antes de que Enid se abalanzara sobre él. Se subió a su torso, inmovilizándolo por completo.
Y entonces comenzó la lluvia de golpes.
Uno.
Dos.
Tres.
Cada puñetazo caía con el peso de todo su odio y obsesión. El rostro de Fénix se llenó de cortes, de sangre que le bajaba a chorros, de moretones que lo deformaban. Intentaba levantar las manos para defenderse, pero no tenía fuerzas; apenas podía respirar.
—¡Todo esto fue gracias a ti, maldito! —le gritaba Enid, golpeándolo con rabia—. ¡Yo te salvé, te hice alguien, y así me pagas!
Otro puñetazo.
—¡Eras mi perro fiel, y ahora me das la espalda!
Otro.
—¡MÍRAME, FÉNIX! ¡Eres mío, siempre lo serás!
Los golpes continuaban sin cesar, con ella llorando y riendo al mismo tiempo, como si estuviera atrapada entre la locura y la desesperación. La cabeza de Fénix era ya un manantial de sangre, el suelo quedaba teñido de rojo bajo ellos.
Su mundo empezó a oscurecerse. Los sonidos se volvían lejanos, distorsionados. Solo alcanzó a pensar en una cosa: "Así... así termina..."
Hasta que todo se apagó.
"Mi vida se partió en dos el día que apareciste, Fénix. Antes de ti, todo era cálculo, objetivos, fórmulas... frío metal. Pero tú... tú entraste como una chispa inesperada, un error en la ecuación, y de pronto, todo lo que creía inamovible se tambaleó. Fuiste el único capaz de hacerme olvidar, aunque fuera por un instante, mi propósito. Y eso... eso nunca me lo voy a perdonar."
"Pero, al mismo tiempo... tampoco puedo abandonarte. No, jamás. Porque eres mío. No importa cuánto sangres, cuánto odies, cuánto intentes alejarte. No voy a dejar que mueras, no voy a permitir que escapes. Estaremos juntos por toda la eternidad. ¿Lo entiendes? Por toda la eternidad. Tú eres mi marca, mi cicatriz, mi perro fiel, mi lobo errante. No hay cadena que rompas, porque la cadena soy yo."
"Y sin embargo... mi propósito sigue ahí, latiendo en mi pecho. No puedo apagarlo, no debo. Me lo prometí a mí misma, se lo prometí a ella. La creación de una nueva raza, un futuro mejorado, sin debilidades, sin errores. Nadie, nadie me va a detener. Ni tú, ni ningún otro."