CAPÍTULO 185: Blood War
Año 2000. En algún lugar de la carretera interestatal.
El rugido del motor era lo único que mantenía a Michael despierto. El velocímetro marcaba 160 km/h, pero seguía pisando el acelerador con fuerza, como si la velocidad pudiera dejar atrás los fantasmas que venían tras él. El aire frío de la noche se colaba por las ventanas entreabiertas, pero nada lograba calmar el ardor de su pecho ni la maldita paranoia que le rondaba la cabeza.
—Desde que tengo memoria, los lycan no han dejado de perseguirme. —Michael apretó el volante, sus nudillos blancos por la tensión—. Lo que quieren es sencillo: mi ADN. Porque según ellos, soy la llave para crear algo que ni siquiera debería existir.
El viento cortaba como cuchillas mientras la carretera oscura se extendía infinita frente a él. Pero sabía que detrás de cada curva, cada sombra en el retrovisor, ellos lo acechaban. No había día que no sintiera el aliento caliente de alguna bestia en su cuello o que escapara por poco de sus garras. La persecución había empezado cuando era apenas un niño. Y ahora, muchos años después, seguía sin entender por qué él era el elegido para ser la pieza final de un experimento condenado.
—1 entre 1 millón... —susurró, repitiendo las palabras que un cazador vampiro le había dicho una vez antes de morir—. Sólo 1 en cada millón de personas tiene la anomalía genética que puede conectar las dos razas: vampiro y lycan. Y yo soy esa maldita excepción.
Aceleró más, como si pudiera reventar el motor del coche con su desesperación. Sabía que si Marius, el líder de los lycan, lograba poner sus manos en su sangre, el mundo que conocía llegaría a su fin. Ese lunático no quería más poder ni dominio... quería convertirse en algo más allá de las dos razas. Un híbrido inmortal, más fuerte que cualquier vampiro y más rápido que cualquier lycan.
Michael golpeó el tablero con la palma. Todo por una gota de sangre.
—Lo peor de todo es que ni siquiera sé por que tengo esta suerte —murmuró para sí, esquivando un camión en la carretera—. Lo unico que sé es que desde que nací, he sido una condena con piernas.
En ese instante, un crujido metálico se oyó a lo lejos. Algo pesado aterrizó en el techo del auto. Los neumáticos chirriaron, el coche dio un bandazo, y Michael casi pierde el control.
—No... ¡Maldita sea, no ahora!
El techo del vehículo se abolló como si alguien hubiera saltado desde el cielo. Era uno de ellos. Podía oler la fetidez animal incluso con la ventana cerrada. Un lycan había aterrizado sobre su coche y estaba abriendo un agujero con sus garras, ansioso por llegar a él. Michael giró bruscamente el volante, intentando sacarse al monstruo de encima, pero el vehículo derrapó en la curva.
—¿¡Nunca se cansáis de joderme!? —gruñó, mientras soltaba el volante un segundo para alcanzar el arma que tenía guardada entre sus piernas.
El lycan atravesó el techo de un tirón, sacando parte del metal como si fuera papel. Michael, sin pensarlo, levantó la pistola y disparó varias veces hacia la silueta oscura. Dos disparos al pecho. Uno a la cabeza. La criatura soltó un grito rabioso, pero no cayó. No los matas tan fácil. Nunca es tan fácil.
El coche siguió zigzagueando por la carretera, cada segundo más cerca del desastre. A lo lejos, divisó un puente, una señal de su posible escapatoria.
—Si Marius me quiere, va a tener que probar que puede atraparme primero —gruñó entre dientes, aferrando el volante con renovada furia—. Y no pienso dejárselo fácil.
Giró el volante con toda su fuerza, enviando el coche directo hacia el guardarraíl. Chocaría el auto, lo volcaría si era necesario, pero ni muerto entregaría su sangre. Antes de perder el control, sintió el calor de su propia sangre en las manos y una certeza tan helada como el viento de la carretera: Si él caía, Marius lo tendría todo.
Pero Michael no iba a caer tan fácil.
Michael maldijo entre dientes mientras apretaba el gatillo una vez más. Esta vez, el disparo fue certero. La bala impactó justo en la sien de la criatura, atravesando hueso y cerebro en una fracción de segundo. El lycan soltó un gruñido agonizante y se desplomó sobre el capó del auto, muerto al instante.
Su cuerpo sin vida se deslizó pesadamente por el parabrisas, dejando un rastro de sangre negra que se mezcló con el polvo y los insectos aplastados por la velocidad del vehículo. Michael respiró hondo, aún aferrando el volante con una mano y la pistola con la otra.
—Finalmente, uno menos.
El coche siguió rugiendo por la carretera, pero Michael no tenía tiempo para celebraciones. Sabía que donde había uno, vendrían más. Siempre venían más.
Mientras desaparecía en la distancia, del bosque que bordeaba la carretera emergieron tres figuras silenciosas. Avanzaban como sombras entre los árboles, con los ojos brillando en la penumbra, y sus cuerpos comenzaron a cambiar con cada paso.
Sus músculos se encogieron, las garras se retiraron, y el pelaje oscuro dio paso a piel humana. Eran tres lycan que ahora caminaban erguidos en su forma humana, observando con expresiones frías y calculadoras el cuerpo sin vida de su compañero.
El cadáver del lycan muerto yacía en medio del asfalto, retorcido en un ángulo antinatural. Fénix fue el primero en acercarse, sus botas resonando con un ritmo despreocupado en la carretera. Se detuvo junto al cuerpo y lo empujó con la punta de su pie.
—Vaya, vaya. ¿Ese era Steffan? —dijo con una sonrisa torcida, levantando una ceja.
Marcus se agachó junto al cadáver, inspeccionando la herida de bala en la cabeza con una expresión de indiferencia. —Sí. Era él. O al menos lo que quedaba de su cerebro. —Se llevó un cigarrillo a los labios y lo encendió, como si no acabaran de perder a uno de los suyos.