CAPÍTULO 186: Blood War-2
El dispositivo parpadeó con una tenue luz roja mientras Raze lo encendía. Un pitido corto precedió al gruñido profundo que resonó desde el otro lado.
—Raze —la voz de Marius sonó como un trueno distante, fría y cargada de desaprobación—. Habla.
Raze se aclaró la garganta, intentando mantener la compostura. Sabía que las malas noticias nunca eran bien recibidas.
—Marius, tuvimos... complicaciones. Steffan intentó interceptar al objetivo, pero fracasó. Está muerto.
Hubo un silencio tan pesado que incluso Marcus, se puso nervioso y levantó la mirada. Fénix, por su parte, esbozó una sonrisa ladina, disfrutando del mal rato de Raze.
Finalmente, Marius habló, su tono gélido como el filo de una navaja.
—Complicaciones. —La palabra fue casi un susurro, pero estaba cargada de amenaza—. ¿Quieres decirme que otra vez... se escapo... y encima eliminó a Steffan? ¿Qué clase de incompetentes tengo bajo mi mando?
Raze tragó saliva, sus ojos parpadeando hacia Marcus y Fénix como si buscara respaldo, aunque sabía que no lo encontraría.
—El objetivo no es un lycan o vampiro cualquiera, Marius. Sabemos que tiene entrenamiento y está armado. Además, su sangre lo hace más peligroso...
—¿Excusas? —lo interrumpió Marius, su voz alzándose un poco más. El comunicador casi tembló en las manos de Raze—. ¿Eso es lo que traes? ¡EXCUSAS!
Raze cerró los ojos con fuerza.
—No, señor. Solo estoy diciendo que...
—Silencio —ordenó Marius, su tono final e incuestionable—. Regresen. Todos. Ahora. Esto ya no es asunto suyo.
Marcus arqueó una ceja y Fénix se quedo en silencio con evidente incomodidad.
—Escúchenme bien —continuó Marius, ignorando deliberadamente el silencio incómodo—. Regresen al punto de encuentro. Ahora. Yo me encargaré de este asunto personalmente. No quiero más errores.
Antes de que alguno pudiera responder, el comunicador se apagó con un clic seco.
Raze apretó los puños, furioso por la humillación. Marcus simplemente se encogió de hombros y encendió otro cigarrillo.
—Bueno, ya escucharon al jefe —dijo con indiferencia, expulsando una bocanada de humo—. Supongo que la fiesta terminó por esta noche.
Fénix se cruzó de brazos, mirando el camino que Michael había tomado.
—¿Volver? Vale, volvamos. Pero me apuesto lo que quieran a que Marius va a necesitar más que palabras bonitas para atrapar a ese tipo. —Su sonrisa regresó, esta vez con un toque de desafío—. Y cuando eso pase, quiero estar allí para verlo.
Sin decir más, los tres se adentraron en las sombras del bosque, dejando atrás el cuerpo de Steffan y los rastros de su fracaso. La cacería estaba lejos de terminar.
El auto de Michael avanzaba por la carretera desierta, sus faros apenas iluminando el camino oscuro que se extendía como una lengua interminable de asfalto. El motor comenzaba a emitir un leve traqueteo, y Michael miró de reojo el indicador de combustible.
—No me jodas... —masculló entre dientes al ver que la aguja estaba peligrosamente cerca del vacío. Golpeó el volante con frustración—. Perfecto. Como si esta noche no pudiera ser peor.
Justo cuando consideraba la posibilidad de quedarse tirado en medio de la nada, vio un letrero desgastado al costado del camino: "GASOLINERÍA Y CANTINA - 1 KM".
—Mira tú, un milagro en este infierno —dijo con sarcasmo mientras giraba el volante hacia la salida indicada.
El lugar apareció frente a él como una postal decadente. Una gasolinera decrépita con una luz parpadeante y una cantina adyacente que parecía sacada de una película de vaqueros de bajo presupuesto. El estacionamiento estaba casi vacío, salvo por un par de camionetas oxidadas y una motocicleta que parecía haber sobrevivido a varias guerras.
Michael estacionó su auto junto a uno de los viejos surtidores de gasolina y apagó el motor. Salió, sacudiéndose el polvo de los pantalones, y miró alrededor. El aire olía a gasolina rancia y tabaco barato.
—Bueno, si voy a morir esta noche, al menos será con el estómago lleno.
Caminó hacia la cantina, empujando la puerta de madera que crujió como si estuviera a punto de desprenderse. Dentro, el ambiente era tan deprimente como el exterior. Una jukebox anticuada tocaba una canción country desafinada, mientras un par de clientes taciturnos bebían en silencio en la barra. Las paredes estaban adornadas con cabezas de ciervos y fotos amarillentas de tiempos mejores.
Michael se acercó al mostrador, donde un hombre de rostro curtido limpiaba un vaso con un trapo que parecía más sucio que el vaso mismo.
—¿Qué te sirvo? —preguntó el hombre sin levantar la vista.
Michael miró el menú escrito a mano en un pizarrón colgado detrás del hombre. Solo había tres opciones: hamburguesa, chili y huevos revueltos.
—Dame una hamburguesa. Y una soda. —Michael dejó un billete sobre la barra y se dejó caer en una de las mesas cercanas.
El asiento crujió bajo su peso mientras se acomodaba. Echó un vistazo alrededor; era evidente que los pocos presentes no estaban allí por la comida. Uno de ellos, un hombre con un sombrero de cowboy, lo observaba fijamente mientras fumaba un cigarro.
Michael ignoró las miradas y se pasó una mano por el rostro, sintiendo el cansancio acumulado. Necesitaba reponer fuerzas, pero también sabía que no podía quedarse mucho tiempo. Este tipo de lugares no solían ser amigables con forasteros.
Cuando el hombre detrás de la barra apareció con su hamburguesa y soda, Michael simplemente asintió en agradecimiento.
—¿Algo más? —preguntó el cantinero.
—No. Con esto estoy bien.
Mientras comía en silencio, su mente seguía trabajando a toda máquina. Había dejado un rastro de caos tras de sí, y aunque había escapado por ahora, sabía que el peligro no estaba lejos.