Code Fénix Maximum

CAPÍTULO 187: Blood War-3

CAPÍTULO 187: Blood War-3

EN ALGUN LUGAR DE BERLIN...

El salón del aquelarre vibraba con una elegancia gótica: candelabros de hierro forjado proyectaban sombras danzantes sobre paredes cubiertas de tapices antiguos, mientras los vampiros presentes se movían entre murmullos, copas de sangre y miradas calculadoras. Era una reunión de poder envuelta en el ropaje de la cortesía, aunque el aire estaba cargado de tensión.

En un rincón, cerca de un ventanal que dejaba entrar la luz plateada de la luna llena, Selene permanecía apartada del bullicio. Su vestido negro de seda caía como una segunda piel, resaltando su porte imponente. Con una copa de sangre en su mano, la observaba pensativa. Los reflejos de la luna jugaban en su rostro, dando a sus ojos un brillo sobrenatural. Tomó un pequeño sorbo, dejando que el líquido carmesí acariciara su paladar antes de hablar en un susurro para sí misma:

—Tanta sangre derramada, tanta historia escrita con tragedias... y aún no hemos aprendido nada.

Mientras Selene reflexionaba, en el centro del salón, el líder del aquelarre, un hombre de porte aristocrático y mirada glacial llamado Lucían, se levantó de su asiento elevado en un trono de mármol negro. Su sola presencia silenció las conversaciones. Vestía con la precisión de quien entiende que cada detalle es un arma en sí misma: un traje oscuro con bordados sutiles en rojo y dorado, símbolos del linaje vampírico.

—Hermanos, hermanas —comenzó, su voz resonando con una gravedad que atrapaba la atención de todos—. Vivimos tiempos oscuros, incluso para nuestra especie.

Hizo una pausa, paseando la mirada por los asistentes. Algunos asintieron, otros simplemente aguardaron, pero nadie se atrevió a interrumpir.

—La existencia de Michael... —continuó, enfatizando el nombre como si fuera veneno— es una afrenta a todo lo que representamos. Esa aberración, esa cosa, es el peor insulto que la naturaleza podría habernos lanzado.

Algunas voces se alzaron en murmullos de acuerdo, y Lucían levantó una mano para silenciarlas.

—Pero no es solo él. Marius, ese engendro maldito, el líder de los lycan, sigue siendo una amenaza constante. Él ha desafiado nuestro dominio desde el principio, y ahora, con Michael a su lado, representan un peligro que no podemos ignorar.

El salón estaba inmóvil. Las palabras de Lucían se impregnaban en el ambiente como el eco de una sentencia ya dictada.

—Nuestra prioridad ahora es clara. Debemos destruirlos. Ambos. Michael, el monstruo que nunca debió existir. Y Marius, nuestro eterno enemigo, que se ha convertido en una piedra en nuestro camino hacia la supremacía.

Mientras hablaba, Selene seguía contemplando la luna. Aunque no apartaba la vista del cielo, escuchaba cada palabra con atención. A diferencia de los demás, no aplaudió ni asintió. En su interior, algo la inquietaba. Era una voz que susurraba preguntas que prefería no responder.

Lucían terminó su discurso alzando una copa de sangre.

—Por nuestra raza. Por nuestra supremacía. Por el exterminio de nuestros enemigos.

El salón estalló en vítores, pero Selene permaneció inmóvil, sus dedos jugueteando con el borde de su copa. Miró de reojo al líder y sus ojos brillaron con un destello de algo que podría interpretarse como duda, o tal vez, desafío.

El salón aún vibraba con los vítores de los vampiros cuando un asistente de mirada nerviosa se acercó a Lucían, inclinándose para susurrarle algo al oído. El líder del aquelarre frunció el ceño, su expresión se endureció, y con un gesto rápido de la mano, despidió al asistente.

—Disfruten de la velada. Regresaré en breve —anunció con una voz que no admitía preguntas, dejando su copa sobre la mesa y girándose para salir del salón.

Desde su lugar junto a la ventana, Selene notó el cambio en el aire. Sin dudarlo, dejó su copa sobre el alféizar y lo siguió. Lucían caminaba con paso rápido por un pasillo oscuro, las antorchas en las paredes proyectaban sombras irregulares mientras avanzaba hacia un estudio privado. Selene lo alcanzó antes de que cerrara la puerta.

—¿Qué sucede? —preguntó, su tono sereno, pero cargado de curiosidad.

Lucían se detuvo un momento, mirándola con ojos que reflejaban respeto y confianza, algo que no otorgaba fácilmente.

—Un movimiento de los lycan —respondió al fin, su tono bajo y controlado—. Están avanzando en una autopista a través de un bosque remoto cerca de Berlín. Es un despliegue táctico. Parece que están de casería.

Selene cruzó los brazos, inclinando ligeramente la cabeza.

—Entonces, vayamos a detenerlos.

Lucían negó con un gesto firme.

—No es tan simple, Selene. Eres valiosa para el aquelarre. No puedo permitir que arriesgues tu vida en una operación como esta.

—Valiosa no significa inútil —replicó ella con un tono frío, dando un paso hacia él—. Lucían, sabes que soy más capaz que muchos aquí. Además, necesitas a alguien en el campo que pueda lidiar con esto antes de que se salga de control.

Por un instante, el líder del aquelarre la miró en silencio, midiendo sus palabras. Finalmente, dejó escapar un suspiro que parecía cargar siglos de peso.

—Está bien —dijo al fin—. Pero no actúes impulsivamente. Quiero un informe completo de todo lo que encuentres cuando vuelvas.

Selene asintió con determinación.

—Lo haré.

Lucían se acercó un paso más, su voz tomando un matiz más autoritario.

—Tienes 30 minutos para prepararte. No más. La salida es inmediata.

Selene no perdió el tiempo en responder. Se dio la vuelta y desapareció por el pasillo, sus pasos firmes resonando en la oscuridad. Mientras Lucían observaba su silueta desvanecerse, una chispa de admiración cruzó fugazmente por sus ojos antes de que su expresión volviera a endurecerse. Sabía que Selene no era una simple subordinada; era una fuerza que no podía ignorar, incluso en tiempos de guerra.

Mientras Selene se dirigía a su habitación para prepararse, su mente vagaba entre los ecos del presente y los recuerdos del pasado. Era un hábito suyo; en momentos de tensión, siempre volvía a las raíces que definían su existencia.




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