CAPÍTULO 188: Blood War-4
En lo más profundo de un bosque alemán, una antigua base militar nazi se alzaba como un vestigio mudo de tiempos sombríos. Había permanecido abandonada durante décadas, hasta que los lycan la reclamaron como su territorio. Sus muros, devorados por el musgo y la humedad, contenían ahora un caos vivo, crudo y salvaje.
En el interior, el ambiente era un torbellino de violencia y decadencia. Lycan de todas las edades recorrían el lugar con pasos erráticos: algunos se enfrascaban en peleas brutales, desgarrándose la carne entre apuestas que solo empeoraban la tensión. Otros bebían sin control, empuñando botellas de licor como si fueran la única respuesta a los fantasmas de una guerra interminable. Algunos yacían en los rincones, derrotados, mirando el techo resquebrajado con ojos vacíos, como si ya no recordaran para qué seguían vivos.
Entonces, un disparo retumbó en la penumbra. El estruendo cortó la cacofonía como un rayo en mitad de una tormenta silenciosa. Todas las miradas se giraron hacia la plataforma elevada que antaño había sido un puesto de mando nazi. Allí, Marius sostenía una pistola todavía humeante.
El líder de los lycan, imponente y feroz, bajó el arma con lentitud antes de comenzar a descender las escaleras. Su sola presencia obligaba a todos a apartarse. El respeto y el miedo se mezclaban en el aire con cada paso que daba, hasta que un círculo silencioso se abrió a su alrededor.
—¡Mírense! —rugió Marius, su voz cargada de fuego y desprecio—. ¡Un montón de bestias sin propósito! Se matan entre ustedes por estupideces mientras nuestros enemigos se burlan de nuestra debilidad. ¡Están destruyendo lo que queda de nuestra raza con su idiotez!
Nadie se atrevió a emitir un sonido. El silencio era tan pesado como una losa de piedra.
Marius continuó avanzando lentamente entre ellos, sus ojos brillando con una furia contenida.
—Cada día somos menos. Cada día nuestros números disminuyen, mientras los vampiros prosperan en sus castillos y mansiones, disfrutando de su inmortalidad como si fuesen los dueños absolutos de este mundo. ¿Y nosotros? ¡Nosotros, los verdaderos depredadores, vivimos como ratas!
Hizo una pausa. Sus palabras se hundieron en el ambiente como garras invisibles.
—Pero eso va a cambiar —dijo al fin, con un tono más bajo pero cargado de determinación—. Sé exactamente lo que necesitamos para ganar esta guerra. Sé cómo acabar con esos parásitos de una vez por todas.
Alzó la mirada. Sus ojos ardían con una intensidad casi salvaje.
—La sangre de Michael —pronunció con una reverencia oscura—. Ese híbrido es la clave. Su sangre no es solo una aberración… es la solución. Con su poder circulando por nuestras venas, seremos imparables. No quedará vampiro en pie. Sus castillos caerán, sus líderes arderán, y nosotros reclamaremos lo que es nuestro por derecho.
Los murmullos comenzaron a recorrer a los lycan como una oleada: esperanza, duda, ambición, miedo… todo mezclado.
Marius levantó la voz.
—Pero para lograrlo, debemos actuar como un ejército real, no como una banda de alimañas. Escuchad bien: quien no esté dispuesto a luchar y a sacrificarse por nuestra supervivencia… no tiene cabida aquí. Esta es nuestra última oportunidad. No voy a permitir que la desperdicien.
Sin previo aviso, apuntó al suelo cerca de un grupo de lycan que murmuraban entre ellos y disparó, levantando polvo y astillas.
—¡¿Me habéis entendido?! —bramó.
Un rugido unánime de asentimiento estalló en toda la base, retumbando en las paredes corroídas por el tiempo.
Marius los observó, satisfecho. Luego añadió en un tono más bajo, casi serpenteante:
—Preparaos. La caza comenzará pronto. Y cuando capturemos a Michael… los vampiros serán historia.
El restaurante de carretera era un establecimiento viejo, descolorido y olvidado por el tiempo. La madera crujía bajo los pasos, las luces parpadeaban como si estuviesen a punto de rendirse, y el olor a café recalentado se mezclaba con el humo persistente de una parrilla mal ajustada. En una esquina del bar, Michael comía en silencio, intentando pasar desapercibido entre las miradas desconfiadas de los clientes habituales.
Una vieja televisión colgada en lo alto, con la imagen distorsionada por el desgaste, emitía un noticiero local. Cada frase de la presentadora se acompañaba con un chasquido eléctrico del altavoz.
—Última hora —anunció la presentadora con un tono tenso—. La policía ha emitido un boletín de búsqueda para un sospechoso vinculado al robo de un automóvil. El individuo, identificado como Michael, un fugitivo, fue visto por última vez en las cercanías de esta zona. Aquí tienen la imagen del sospechoso.
La pantalla mostró una foto borrosa, pero lo suficientemente nítida para ser reconocida. Michael se quedó inmóvil, el tenedor a medio camino hacia su boca. En el bar, las conversaciones murieron, y un silencio incómodo inundó el ambiente. Varias miradas se clavaron en él.
Lentamente, algunos hombres se pusieron en pie. Se miraron entre ellos, compartiendo una decisión tácita, antes de comenzar a rodearlo.
—Así que eres tú —dijo uno de ellos, un tipo corpulento con una chaqueta de cuero raída. Sus nudillos crujieron como advertencia—. La policía te está buscando. Aquí no queremos problemas.
Michael dejó el tenedor y levantó ambas manos con calma.
—No quiero peleas. Solo estoy de paso.
—Eso ya no importa, chico —gruñó otro, sujetándole el brazo con fuerza—. Vamos a entregarte nosotros y cobraremos la recompensa.
Ese contacto fue el detonante. Michael se levantó de un salto y giró el brazo, liberándose con una facilidad que no era humana. En cuestión de segundos, los hombres salieron despedidos por el local, estrellándose contra mesas y sillas. La madera crujió, botellas cayeron al suelo, y los gritos llenaron el ambiente.
—¡Es un monstruo! —gritó alguien desde el fondo.