CAPÍTULO 189: Blood War-5
Selene desenfundó su arma en un movimiento vertiginoso, los ojos afilados por la determinación.
—¡Maldita sea! —escupió entre dientes.
Michael aprovechó el caos. Pateó con fuerza la puerta trasera del coche patrulla, que se abrió de golpe. Cayó al suelo, aún debilitado por la descarga eléctrica, pero no se detuvo. Se incorporó como pudo y comenzó a correr hacia el bosque, con el corazón golpeándole el pecho mientras los gruñidos de los lycan retumbaban detrás de él.
Selene salió del vehículo con un salto ágil, disparando hacia la criatura que había arrancado la puerta. Pero no era la única. Más figuras enormes surgieron de entre las sombras, rodeando el coche destrozado.
—¡Michael, vuelve aquí! —gritó Selene.
Él, sin mirar atrás, desapareció entre los árboles, sus pasos perdiéndose en la espesura.
Bajo la luz plateada de la luna, Selene avanzó con una precisión casi felina. En cada mano sostenía una Matilda personalizada, adornada con grabados elegantes y cargadores extendidos. Alzó ambas armas y abrió fuego.
Los disparos tronaron en la noche. La primera criatura que saltó hacia ella recibió dos balas de plata en el pecho y cayó al instante. Selene giró sobre sus talones, disparando sin pausa y derribando a otro lycan que intentaba embestirla por el flanco.
—¿Es todo lo que tienen? —murmuró con frialdad mientras el aire se llenaba del silbido de las balas.
En segundos, varios cuerpos yacían en el suelo, pero aún quedaban tres, más grandes y feroces que los anteriores. Selene apretó los gatillos… y escuchó un clic seco. Armas vacías.
—Perfecto —dijo con sarcasmo, dejando caer las Matildas al suelo.
El primer lycan cargó hacia ella con un rugido ensordecedor. Selene no retrocedió. Aguardó hasta el último segundo y se deslizó bajo la criatura con un movimiento fluido. Sus manos se cerraron alrededor de su cuello y giraron con una fuerza brutal. Un crujido seco marcó la muerte del monstruo, cuyo cuerpo cayó sin vida a sus pies.
El segundo lycan no le dio tregua. Se abalanzó sobre ella, pero Selene agarró una barra metálica plateada del suelo, un fragmento del coche arrancado. Con una precisión implacable, la clavó directamente en el pecho de la criatura, atravesando su corazón. El aullido agónico se perdió mientras la bestia caía desplomada.
El último lycan vaciló al ver el destino de los suyos, pero su instinto lo dominó. Se lanzó contra Selene con las garras extendidas. Ella esquivó el primer golpe y, con un giro rápido, le tomó el brazo y lo retorció hasta que se rompió en un ángulo grotesco. El lycan gritó, pero Selene no se detuvo. Le sujetó la cabeza con ambas manos y la giró bruscamente. Un chasquido sordo selló su final.
La noche quedó en silencio.
Selene permaneció inmóvil unos segundos, respirando con fuerza pero sin perder la compostura. Observó el terreno: cuerpos, sangre oscura y el aroma metálico de la muerte impregnándolo todo.
Se agachó, recogió una de sus Matildas y colocó un cargador nuevo en su lugar.
—Malditos lycan —murmuró, ajustándose la chaqueta antes de internarse en el bosque—. Esto recién empieza.
Michael corría a toda velocidad, respirando con dificultad mientras los árboles del bosque se desdibujaban a su alrededor. La humedad del aire se mezclaba con el sudor que le cubría la frente, y su cuerpo híbrido —mitad vampiro, mitad lycan— comenzaba a resentir el esfuerzo. De pronto, tropezó y cayó pesadamente en un charco de agua fangosa.
El golpe lo dejó empapado, el agua fría atravesando su ropa como una bofetada. Michael maldijo entre dientes, incorporándose con torpeza mientras sus manos temblaban de frustración. Miró hacia atrás por un instante; los aullidos de las criaturas resonaban cada vez más cerca. No podía detenerse.
Reanudó la carrera, aunque el barro adherido a sus botas hacía cada paso más pesado. Los aullidos no cesaban. Se volvían más graves, más amenazantes, como si las sombras mismas quisieran tragárselo.
Corrió sin dirección clara hasta que chocó contra algo… o alguien. Un grupo de excursionistas apareció frente a él, vestidos con ropa colorida y cargando mochilas amplias.
—¡Eh! ¿Estás bien? —preguntó una joven con una trenza larga, inclinándose hacia él con preocupación.
Michael levantó la vista, los ojos abiertos por la alarma. Quiso advertirles, pero apenas podía recuperar el aliento. Antes de que pudiera articular una palabra, un aullido estremecedor resonó en el bosque, tan profundo que heló la sangre de todos.
—¿Qué ha sido eso? —murmuró uno de los hombres, mirando hacia los árboles.
—Seguro es un perro perdido —intentó decir otro, forzando una sonrisa nerviosa.
Michael abrió la boca para gritarles que huyeran, pero ya era tarde. Dos enormes lycan irrumpieron de entre los árboles con una brutalidad desbordada. Las criaturas, musculosas y con ojos que brillaban como brasas vivas, cayeron sobre los excursionistas sin piedad.
Los gritos desgarraron el aire. Las garras rasgaron carne y hueso en cuestión de segundos. La sangre salpicó las hojas y la tierra. Michael, incapaz de intervenir en su estado, giró sobre sus talones y volvió a correr, el corazón golpeándole el pecho mientras los alaridos de agonía lo perseguían.
Corrió sin mirar atrás. Solo tomó conciencia de su entorno cuando emergió del bosque y pisó asfalto. Tropezó con el borde de la carretera y cayó con fuerza sobre la espalda. Un dolor agudo recorrió su cuerpo como una descarga eléctrica.
Quedó tendido unos segundos, mirando el cielo nocturno mientras respiraba con dificultad. Cada inspiración era un recordatorio de su límite, y los aullidos de los lycan aún resonaban en la distancia. Intentó levantarse, pero el dolor se lo impidió por un instante.
—Vamos, Michael… —susurró para sí mismo, forzándose a mover las piernas—. Esto no se acaba aquí.
Cerró los ojos, agotado. El dolor, la confusión y el miedo lo arrastraron de vuelta a un recuerdo que llevaba años intentando enterrar.