CAPÍTULO 191: Blood War-7
Las ramas crujían bajo los pies de Selene y Michael. La densa niebla del bosque envolvía cada paso, espesando el aire con un silencio casi antinatural. Selene avanzaba en cabeza, moviéndose con precisión milimétrica, mientras Michael la seguía con una mezcla de cansancio, desconfianza y un leve fastidio.
—¿Tienes algún arma, híbrido? —preguntó Selene sin voltear, mientras escaneaba la oscuridad entre los árboles con los sentidos en alerta.
Michael resopló, agobiado.
—¿Te parece que si tuviera algo no lo estaría usando ya? No, no tengo nada. Me sorprende que tú, la gran guerrera vampira, estés tan mal preparada.
Selene se detuvo en seco. Se giró lentamente, clavando una mirada gélida en él.
—Tengo un arma. Una sola.
Sacó una pistola plateada de su cinturón. El metal brilló apenas bajo la tenue luz lunar. Luego la guardó con un movimiento rápido.
—Dos balas de plata. Así que, si planeas convertirte en un problema, ten en cuenta que una de ellas lleva tu nombre.
Michael rodó los ojos.
—Gracias por la confianza.
—Confianza no es algo que me sobre —sentenció Selene, retomando la marcha—. Si quieres sobrevivir, mantén la boca cerrada y sigue caminando.
A medida que avanzaban, el bosque pareció apagarse a su alrededor. Dejó de haber viento. Dejó de haber insectos. Dejó de haber vida. Solo quedaba el sonido de sus pasos y una sensación opresiva, como si los árboles contuvieran la respiración.
Entonces, una voz surgió de la oscuridad. Grave, burlona, impregnada de un cinismo que erizaba la piel.
—Vaya, vaya… ¿qué tenemos aquí? Una vampira orgullosa y un híbrido que parece más perdido que un cachorro abandonado.
Ambos se detuvieron de golpe.
Era la voz de Marius.
—¡Muéstrate, maldito! —exclamó Michael, girando en todas direcciones.
—¿Mostrarme? —la risa de Marius resonó como un susurro malévolo entre los troncos—. ¿Y por qué lo haría, si puedo divertirme desde aquí? Pero, bueno… para ustedes, mis queridos invitados, haré una excepción.
De entre las sombras surgió Marius.
Su figura emergió como si el bosque lo escupiera. Sus ojos brillaban con un rojo intenso, casi incandescente. Su sonrisa mezclaba sadismo con un placer inmoral. Caminaba con la tranquilidad de un depredador que ya ha decidido quién morirá primero.
—Selene, siempre tan elegante. Y Michael… el milagro andante. Una mezcla perfecta: el peor error de la naturaleza y la última esperanza de los vampiros. Caminando juntos. Esto es incluso mejor de lo que imaginaba.
Selene levantó el arma y le apuntó al corazón.
—¿Qué quieres, Marius?
Marius ladeó la cabeza, fingiendo inocencia.
—¿Yo? Nada importante. Solo daba un paseo cuando me encontré con ustedes. Pero ya que preguntas… tu sangre, Michael. Esa sangre tan peculiar, tan preciosa. La necesito. Bueno, te necesito más muerto que vivo, pero creo que entiendes la idea.
Michael dio un paso al frente, tensando los músculos.
—¡Inténtalo! Te arranco la cabeza antes de que pongas un dedo encima.
Marius sonrió, mostrando colmillos tan afilados como dagas.
—Qué valiente. Pero dime, híbrido… ¿qué has logrado hasta ahora? ¿Sobrevivir? ¿Escapar? ¿Correr como un animal asustado? Eso no te hace un héroe. Te hace un animal acorralado.
Selene intervino, su voz cargada de veneno.
—Basta de juegos, Marius. Sabemos lo que quieres, pero no saldrás vivo de este bosque.
Marius rió, más bajo, más oscuro.
—¿Vivo? Selene… nadie sale vivo de este juego. Ni tú, ni él… ni siquiera yo. Pero lo realmente divertido es ver quién deja más cadáveres en el camino. Y créeme, yo soy experto.
El silencio se hizo tan denso que parecía material. Los tres se observaban, tensos, calculando movimientos.
Marius dio un paso hacia ellos, deleitándose en su inquietud.
—Bueno, queridos… soy un hombre generoso cuando estoy de buen humor. Así que les daré una oportunidad. Cinco segundos. Corran. Escóndanse. Intenten alargar su miserable existencia. Porque cuando llegue a cero, los cazaré como las bestias que son.
Michael abrió la boca para replicar, pero Selene le puso una mano firme en el brazo. Ella sabía que Marius no estaba bluffeando.
—Uno… —canturreó Marius, como si jugara con niños.
Selene tiró de Michael con fuerza.
—¡Corre!
—Dos…
Se adentraron en el bosque a toda velocidad, esquivando ramas, saltando raíces, mientras la voz de Marius los perseguía como una sombra imparable.
—¡Esto es una locura! —gruñó Michael.
—¡Cállate y corre!
—Tres…
Cada número caía como una sentencia.
Selene agudizó los sentidos, buscando desesperadamente un punto débil, una salida, una oportunidad.
La niebla se hacía más espesa.
El bosque, más estrecho.
Y detrás de ellos, el monstruo que contaba.
—¡Por aquí! —exclamó Selene, señalando una vieja tapa de alcantarilla semienterrada entre la maleza.
—¡Cuatro! —retumbó la voz de Marius, acercándose como un trueno.
Selene y Michael se abalanzaron hacia la tapa. Con un gruñido, Michael la levantó usando toda su fuerza. Un golpe de aire húmedo, mohoso y cargado de un olor rancio ascendió desde el túnel oscuro que se abría bajo sus pies.
—¡Cinco!
Selene no dudó ni un instante. Se deslizó al interior del túnel, dejando que la oscuridad la engullera. Michael la siguió a toda prisa, soltando la pesada tapa sobre ellos justo cuando un aullido desgarrador sacudió el bosque.
La cacería había comenzado.
El pasadizo era angosto y opresivo. Las paredes de ladrillo estaban cubiertas de musgo húmedo, y el goteo constante del agua formaba charcos que reflejaban la escasa luz que lograba filtrarse. Un olor a óxido, humedad y algo más —algo podrido— impregnaba el ambiente.
Los pasos de ambos resonaban con un eco inquietante, como si el túnel replicara cada sonido con un retraso fantasmal. Pero lo que más les helaba la sangre eran los ruidos que llegaban desde lo profundo: gruñidos, roces metálicos, aullidos ahogados. No estaban solos… y no solo Marius los seguía.