CAPÍTULO 192: Blood War-8
El bosque oscuro que rodeaba la ex–base nazi estaba envuelto en un silencio inquietante, roto apenas por los susurros del viento y los crujidos secos bajo las botas de los soldados. La tensión se palpaba en el aire. Los equipos Alpha y Bravo avanzaban en formación, preparados para una misión que muchos consideraban suicida: exterminar a Marius y a su manada.
En un claro rodeado de árboles retorcidos, ambos equipos se reunieron. El comandante del equipo Alpha, un hombre de rostro curtido por los años y una mirada que parecía atravesarlo todo, desplegó un plano detallado de la guarida sobre el suelo húmedo. Las linternas iluminaron el papel entre sombras temblorosas.
—Esta es la entrada principal —señaló, marcando un punto con el dedo—. Es la vía más directa… y la más peligrosa. Aquí iniciaremos el ataque para generar caos.
Luego deslizó su dedo hacia otros sectores del mapa.
—Equipo Bravo, tomaréis el flanco este e ingresaréis por la salida de emergencia. Alpha se encargará del ala oeste. Hay informes de que podrían mantener rehenes o material prioritario en esa zona.
Alzó la vista lentamente, recorriendo con la mirada los rostros tensos de sus hombres.
—Recordad una cosa: nuestro objetivo principal es Marius. Si cae él, cae todo. Pero no subestiméis a los lycans. Son rápidos, brutales y… rabiosos. No dudéis en disparar.
Uno de los soldados del equipo Bravo, joven y visiblemente nervioso, levantó la mano.
—Señor… ¿qué tan fiable es el plano? ¿Y si hay sorpresas?
—Siempre las hay —respondió el comandante con serenidad cortante—. Por eso entraremos disparando. Causaremos confusión desde el primer segundo. Alpha por un lado, Bravo por el otro. Y nadie improvisa sin orden directa.
Los soldados asintieron casi al unísono. Con movimientos silenciosos y precisos, se aproximaron a la entrada principal de la antigua base. El comandante levantó el puño, deteniendo al grupo. Todo estaba demasiado quieto. Demasiado perfecto.
—¡Ahora! —rugió.
La explosión retumbó entre los árboles. Las puertas metálicas de la base cedieron al instante, lanzadas hacia el interior por la onda expansiva. Alpha y Bravo irrumpieron disparando, sus balas de plata atravesando la oscuridad como flechas brillantes. Desde dentro, los rugidos de los lycans respondieron, guturales y furiosos, anunciando una carnicería inminente.
El equipo Alpha giró a la derecha en cuanto entró, mientras Bravo tomaba el flanco contrario. La ex–base nazi se transformó en un campo de batalla infernal. Las balas silbaban, los cuerpos caían, y el aire se impregnó de un olor metálico y salvaje.
En medio del caos, entre relámpagos de disparos y gritos desgarrados, una figura emergió caminando con absoluta calma.
Marius.
Líder de los lycans. Monstruo entre monstruos.
Avanzaba como si el infierno desatado a su alrededor no fuera más que un murmullo. Sobre sus hombros llevaba los cuerpos inconscientes de Selene y Michael, sin mostrar esfuerzo alguno.
No muy lejos de él, Raze, su mano derecha, disparaba desde una cobertura improvisada. Al ver a su líder, Marius alzó la voz, que retumbó incluso sobre el estruendo de la batalla:
—¡Raze! Abandona esta pelea inútil. Lleva a nuestros invitados a un lugar donde no puedan escapar. Encadénalos con grilletes de plata.
Raze no cuestionó ni una sola palabra. Corrió hacia él, tomó los cuerpos y desapareció entre los pasadizos subterráneos de la base.
Los soldados restantes centraron todo su fuego en Marius. Una lluvia de balas de plata lo envolvió… pero él se movía con una agilidad sobrenatural, casi anticipando cada disparo. Las pocas balas que impactaron fueron expulsadas al instante por la contracción de sus músculos.
Con una sonrisa cruel, inhaló profundamente.
—Mi turno.
Sacó de su cinturón una gigantesca Magnum Wildey Firearms Semi-Automatic .475, cuyo sonido al cargarse retumbó como una sentencia de muerte. Comenzó a disparar. Cada bala alcanzó un objetivo. Cada impacto significó un cadáver. En menos de diez segundos, la mitad de Alpha y Bravo yacía en charcos de sangre.
Cuando el cargador quedó vacío, dejó caer la pistola. El sonido metálico fue casi ceremonial.
Entonces avanzó.
Sin armas. Sin prisa.
Su brutalidad fue absoluta. Aplastó cráneos como si fueran de cristal, arrancó extremidades, partió cuerpos en dos con manos desnudas. La entrada principal de la base se tiñó de rojo en cuestión de minutos.
Cuando el último grito se apagó, solo quedó el silencio. Un silencio roto únicamente por el goteo de la sangre.
En una esquina, oculta tras un cadáver y temblando como nunca antes en su vida, Enid trataba de respirar sin hacer ruido. Su casco estaba cubierto de sangre. Sus manos temblaban. Y aun así, Marius la había olido mucho antes de verla.
Se acercó con pasos lentos, inexorables. Se detuvo frente a ella.
—Levántate —ordenó con voz baja y peligrosa.
Enid obedeció, aunque sus piernas casi no respondían.
—Quítate el casco.
Lo hizo. Su rostro estaba pálido, cubierto de sudor y manchas de sangre.
Marius aspiró suavemente el aire.
—Vaya, vaya… —susurró—. Otra lycan entre estos humanos patéticos. ¿Qué hacías aquí, pequeña? ¿Jugando a ser una de ellos?
Enid no pudo pronunciar palabra.
Marius inclinó la cabeza, estudiándola con desprecio… y un extraño matiz de reconocimiento.
—Sabes, puedo ser muchas cosas: un psicópata, un monstruo, un tirano. Pero jamás daño a los de mi especie. Hoy tienes suerte. Te dejo vivir.
Se dio la vuelta y se marchó sin mirar atrás, dejando a Enid arrodillada sobre un suelo cubierto de muerte.
Ella quedó inmóvil, la respiración entrecortada, el corazón golpeando con violencia. La sangre ajena le empapaba la ropa. Su mente era un torbellino caótico.
¿Por qué no me mató? ¿Cómo supo...? No.
La habitación era un cubículo helado de piedra y metal, iluminado únicamente por una bombilla colgante que parpadeaba de forma intermitente. Las sombras reptaban por las paredes como figuras vivas. En el centro, dos camillas de acero mantenían inmóviles a Selene y Michael, atrapados por gruesos grilletes de plata que rodeaban sus muñecas y tobillos. El contacto con el metal ardía como fuego líquido, impregnando el aire de un olor tenue a carne quemada.