CAPÍTULO 193: Blood War-9
La avanzadilla vampírica se movía entre los árboles como sombras silenciosas, cada paso calculado para evitar el crujido de una rama o el susurro del viento sobre la hierba. Cuando llegaron al acceso principal de la vieja base nazi, la noche parecía contener la respiración. La estructura, semienterrada y oxidada por los años, mantenía un aire de amenaza latente.
Lucian avanzó en primera línea, aunque su presencia no emitía prisa ni agresividad. Caminaba con una serenidad casi antinatural, esa calma fría que anuncia una muerte inevitable. Sus ojos recorrían cada detalle sin parpadear.
Los primeros vampiros entraron en sigilo absoluto. Las linternas tácticas apenas iluminaban lo necesario.
Unos metros después del umbral, uno de los soldados murmuró:
—Señor… esto no es normal.
El pasillo estaba alfombrado con cuerpos destrozados. Restos de armaduras tácticas, manchas negras de sangre seca y logotipos de Spectral Corp marcados en chalecos perforados. Habían sido despedazados, no vencidos. No quedaba ningún superviviente… ni un rastro de lucha sostenida.
Solo silencio. Un silencio inhumano, denso, como si la base misma contuviera un grito que todavía no había escapado.
Lucian se inclinó ligeramente, observando los cadáveres con frialdad quirúrgica.
—Sigan avanzando —ordenó, sin elevar la voz.
Los vampiros continuaron por el corredor principal. El ambiente era cada vez más opresivo, cargado con el olor metálico de la sangre y un eco lejano, quizá viento… o tal vez algo respirando.
Cuando doblaron la siguiente esquina, la tensión explotó.
Un grupo de lycans surgió desde la oscuridad, algunos en forma humana parcial y otros ya transformándose, huesos crujientes y músculos expandiéndose bajo la piel. No había advertencias. No había gritos.
—¡Contacto! —susurró un vampiro, antes de que la metralla comenzara.
El pasillo se llenó de fogonazos plateados: balas de plata disparadas a quemarropa. Los lycans respondieron con furia, lanzándose hacia adelante con colmillos y garras, desgarrando en plena carga.
Los vampiros mantuvieron la formación. Era un pelotón entrenado para la guerra, y los lycans cayeron uno tras otro ante la lluvia de proyectiles.
Algunos, heridos de gravedad, huyeron arrastrándose hacia pasillos laterales. Otros, en un arranque desesperado, completaron la transformación y chocaron contra los vampiros con fuerza sobrehumana, solo para ser abatidos segundos después. El intercambio fue brutal, rápido y letal.
Lucian caminaba detrás del grupo con la misma calma mortal de siempre. No necesitaba apresurarse; cada paso suyo era una sentencia.
Mientras tanto, en una sala más profunda de la base principal, Raze reorganizaba a los pocos lycans que aún podían luchar. Habían reforzado barricadas improvisadas y estaban cargando armas modificadas con proyectiles de nitrato de plata. Raze se movía entre ellos con una mezcla de fiereza y urgencia.
—¡Vamos, todos en pie! —rugió, golpeando una mesa para llamar la atención—. Nos están acorralando, pero no caeremos sin arrancarles la maldita cabeza a algunos.
Los lycans asentían, jadeantes, vendados, ensangrentados, pero con los ojos ardiendo de furia.
—Rápido, armen todo lo que quede. Nadie se queda atrás —ordenó Raze, apretando los dientes—. Si mueren, que sea luchando.
Un soldado lycan se acercó.
—Señor… ¿y Marius?
Raze gruñó, ajustando el cargador de su rifle.
—Marius hará lo que tenga que hacer. Nosotros nos encargamos de mantenerlos fuera. Ahora, ¡muévanse!
Mientras los lycans se preparaban, los vampiros seguían avanzando por los pasillos ensangrentados, cerrando el cerco.
Lucian siguió caminando sin acelerar el paso. Sus ojos fríos brillaban con una promesa silenciosa:
La muerte está aquí.
Y viene conmigo.
Los vampiros avanzaban por el corredor principal, formando una línea compacta. La iluminación parpadeante proyectaba sombras agitadas en las paredes, mientras el olor a pólvora reciente se mezclaba con sangre y óxido. La base resonaba con disparos lejanos y gruñidos ahogados.
Lucían se mantenía detrás del pelotón con la misma tranquilidad imperturbable, su presencia tan fría que parecía robar el calor del ambiente.
Al llegar a la zona de hangares interiores, un estruendo metálico sacudió el pasillo.
—¡Movimiento! —advirtió un vampiro.
Desde las plataformas superiores y desde detrás de contenedores, el equipo de Raze apareció armado hasta los dientes. Sus rifles improvisados con nitrato de plata escupieron fuego al instante. La tormenta de balas llenó el hangar con destellos plateados.
—¡Cubrid flancos! —ordenó un vampiro mientras varias balas silbaban a su alrededor.
El tiroteo estalló como un trueno contenido. Ambas facciones intercambiaban fuego sin dar tregua; el eco ensordecedor reverberaba por toda la estructura.
Raze, situado al frente de sus lycans, disparaba con precisión, cubriendo a los suyos mientras rugía órdenes:
—¡No los dejéis avanzar! ¡Apuntad a las cabezas!
Pero los vampiros no retrocedían. Cada lycan abatido era reemplazado por otro que saltaba desde las sombras, y cada vampiro herido seguía avanzando con una determinación glacial.
Raze apretó los dientes con frustración. Su respiración se volvió un gruñido ronco.
—Basta —murmuró.
Su cuerpo empezó a temblar. Huesos crujieron. La piel se tensó y rasgó por secciones. El rostro se deformó en un hocico alargado. Uñas se transformaron en garras como cuchillas.
En segundos, el comandante lycan se alzó en su forma completa: una bestia imponente que llenaba de terror a quien la viera.
Raze se lanzó hacia adelante, embistiendo contra dos vampiros que intentaron detenerlo. Los arrolló con un movimiento brutal, haciéndolos volar contra una pared. Los demás vampiros abrieron fuego, pero las balas solo lo ralentizaron.