Code Fénix Maximum

CAPÍTULO 194: Blood War-10

CAPÍTULO 194: Blood War-10

En la sala húmeda donde habían tenido encadenados a Selene y Michael, el silencio fue roto por un crujido metálico. Michael cerró los ojos con furia contenida, forzando la transformación en una de sus manos. Las uñas crecieron, alargadas y oscuras, y la piel se endureció lo suficiente para deformar el grillete. El metal cedió con un chasquido seco.

Michael jadeó, liberando la otra mano con esfuerzo.

—No te muevas —murmuró, acercándose a Selene.

Selene lo observó con una mezcla de dolor y alivio mientras él destrozaba los grilletes que la mantenían inmóvil. Al quedar libre, Selene se puso en pie sin perder un segundo.

—Pensé que iba a quedarme aquí para siempre —gruñó.

—No pienso morir encadenado —respondió Michael, sacudiéndose los restos de metal quemado de la piel—. Y tampoco te voy a dejar a ti.

Un estruendo lejano retumbó por los pasillos, seguido de disparos y gritos ahogados.

—Eso no suena nada bien —susurró Selene, afilando la mirada.

—Significa que alguien más está peleando ahí fuera —dijo Michael—. O que estamos mucho más jodidos de lo que creíamos.

Salieron a los pasillos oscuros, avanzando con cautela. El eco de las balas aumentaba a cada paso, mezclado con rugidos que parecían mover el aire. Tras varios desvíos, llegaron a una zona iluminada débilmente por luces rojas de emergencia.

Delante de ellos se extendía algo inesperado: una armería improvisada, repleta de estuches abiertos, armas automáticas y munición apilada.

Selene levantó una ceja.

—Vaya, parece que alguien estaba preparándose para una guerra.

Se acercó a la mesa principal y tomó un subfusil compacto, comprobando el cargador con soltura.

—Esto nos va a servir.

Michael negó con la cabeza.

Lucían y Marius se quedaron frente a frente, apenas a unos metros el uno del otro. El pasillo subterráneo temblaba por los enfrentamientos lejanos, pero entre ellos sólo reinaba un silencio pesado, dispuesto a romperse en cualquier momento.

Ambos comenzaron a caminar en círculo, estudiándose. Sus pasos eran lentos, casi ceremoniales, como si cada movimiento formara parte de un ritual antiguo.

—Siempre fuiste una decepción… —murmuró Lucían.

—Y tú, siempre fuiste una cadena en mi cuello —respondió Marius, con una sonrisa oscura.

Una chispa invisible desató la tormenta. Marius se lanzó primero, transformando sus brazos con un rugido que deformó el eco. Sus garras impactaron contra el abdomen de Lucían, luego contra su pecho y su mandíbula. El cuerpo del vampiro se movió por la fuerza de los golpes, pero su expresión ni siquiera cambió.

Marius retrocedió, incrédulo.

—He estado estudiándote, viejo monstruo… —gruñó—. He descubierto tu punto débil.

Lucían ladeó la cabeza sin importancia.

—¿Y cuál crees que es?

—El sol. Mientras más años tienen, más vulnerables se vuelven. Llega un momento en el que el amanecer ya no sólo debilita… pulveriza. Y tú… tú ya pasaste los quinientos.

Lucían avanzó sin prisa.

—Lástima, pensaba que ibas a decir algo interesante.

En un movimiento casi invisible, desenfundó un cuchillo de plata que llevaba oculto en la espalda. La hoja relució con esa luz fría que sólo la plata podía emitir.

Marius apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando el filo rozó su mejilla de arriba abajo. Un hilo de sangre oscura cayó lentamente, como tinta espesa.

Marius abrió los ojos, sorprendido por la velocidad.

—Aún no has entendido… —susurró Lucían—. Yo soy la noche entera.

Lucían sonrió con aquella calma venenosa que siempre lo había definido.

—Cuando acabes en el suelo, convertiré tu cuerpo en cenizas y las esparciré frente a todos tus perros. Que vean lo que ocurre cuando un animal intenta jugar a ser rey.

Marius frunció el ceño y dio un paso atrás justo a tiempo para esquivar una estocada directa. Lucían atacó otra vez, después otra, moviéndose como una sombra líquida. Marius retrocedía, esquivando por milímetros cada embestida, sin perder la mirada fija en su enemigo.

Un giro rápido. El metal brilló. Lucían lanzó el cuchillo como un dardo mortal, directo a la frente de Marius.

Marius extendió la mano en el aire y lo atrapó con una precisión inhumana.

—Bonito intento —gruñó.

En un gesto violento, devolvió el arma clavándosela en la mano a Lucían. El vampiro apretó los dientes, pero no emitió un solo gemido.

Marius ya estaba desenfundando algo más pesado. De la parte trasera de su cinturón extrajo su pistola Magnum Wildey Firearms Semi-Automatic .475, una pieza imponente diseñada para cazar monstruos, no para simples humanos.

—Ahora vamos a divertirnos un poco.

Los disparos retumbaron como truenos dentro del túnel. Las balas estallaban contra las paredes mientras Lucían desaparecía entre la oscuridad, moviéndose con velocidad vampírica.

Las luces parpadearon. Por un instante, Marius perdió su silueta.

—Es inútil que te escondas —rugió Marius, recargando el arma sin apartar la vista del pasillo—. Estás en mi terreno, viejo. Aquí no puedes huir. Aquí te voy a arrancar la corona con mis propias manos.

El eco de su voz se extendió por los pasillos como un presagio de que lo peor apenas acababa de empezar.

El techo vibró con un estruendo repentino. Polvo y fragmentos de hormigón comenzaron a desprenderse, cayendo sobre Marius. Un bloque enorme se desplomó, abriendo una grieta bajo sus pies.

El suelo se partió.

Marius perdió el equilibrio y cayó al vacío. Lucián se lanzó detrás, aprovechando la caída para rasgarle el rostro y el torso con sus garras, arrancando carne y dejando líneas sangrientas.

Ambos terminaron desplomándose contra una rejilla metálica perteneciente a un drenaje antiguo. Debajo, corría un canal de agua oscura que golpeaba con fuerza, arrastrando suciedad y restos de la base.

Marius, jadeando, aprovechó el segundo de confusión. Lanzó un puñetazo directo a la mandíbula de Lucián. El vampiro cayó de lado, aturdido.




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