Code Fénix Maximum

CAPÍTULO 195: Blood War-11

CAPÍTULO 195: Blood War-11

En uno de los pasillos devastados, un destacamento vampírico avanzaba con paso firme, iluminando con linternas los cuerpos destrozados que quedaban atrás. Cada pocos metros, uno de los soldados anotaba en una tableta el número de lycans abatidos.

—Objetivo confirmado —murmuró uno, registrando otra marca mientras avanzaban entre cadáveres ennegrecidos por el nitrato de plata—. Seguimos con el recuento.

Cuando llegaron a una zona más amplia, Lucían apareció entre las sombras, acompañado por su guardia personal. El aire pareció congelarse al verlo.

—Informe —ordenó con tono inmutable.

Un vampiro se cuadró inmediatamente.

—Señor, hemos eliminado aproximadamente el ochenta y siete por ciento del ejército de Marius. Según las estimaciones, entre un diez y un doce por ciento escapó hacia el bosque. El resto está herido o disperso.

Lucían mantuvo el silencio unos segundos, observando los túneles frente a él, como si pudiera ver más allá de la oscuridad. Finalmente, una ligera sonrisa cruzó su rostro.

—Excelente. Ligeramente mejor de lo que esperaba.

Los soldados intercambiaron miradas nerviosas, sin saber si aquello era sarcasmo o satisfacción real.

Lucían dio un paso al frente, su voz resonó con esa calma que resultaba más mortal que cualquier grito:

—Escuchadme con atención. Seguid rastreando. Cada lycan que encontréis, lo ejecutáis en el acto. Ninguno debe quedar con vida.

Los vampiros asintieron, tensos.

—Yo tengo asuntos pendientes —añadió Lucían, girándose hacia la oscuridad como si algo, o alguien, lo estuviera esperando más adelante.

Sin decir una palabra más, continuó su camino, dejando tras de sí la orden más simple y más cruel que un líder podía dar: acabar con todos.

Selene y Michael avanzaron por un pasillo que descendía de forma abrupta hasta desembocar en un espacio enorme, iluminado por luces industriales. Allí descubrieron lo impensable: un helipuerto subterráneo, construido sobre una plataforma metálica que se extendía varios metros por encima de un mar negro y salvaje que corría bajo sus pies.

Las olas chocaban con violencia contra los pilares que sostenían la estructura, haciendo retumbar todo el lugar como si un monstruo quisiera derrumbarlo desde abajo. Frente a ellos, una puerta metálica gigantesca bloqueaba toda salida. Era una mole de acero reforzado, al menos cinco toneladas, imposible de abrir siquiera con explosivos improvisados.

Michael observó el abismo bajo la plataforma.
—No hay vuelta atrás —murmuró, intentando controlar la respiración—. Si esto se hunde, estamos acabados.

Selene sostuvo el subfusil con firmeza.
—Entonces avanzaremos.

Pero un sonido interrumpió el silencio: un golpe húmedo contra la plataforma, como algo arrastrándose desde el borde. De pronto, una mano emergió desde el vacío, crispada, temblorosa, aferrándose a la superficie metálica.

Los dos retrocedieron inmediatamente. Michael extendió su brazo transformado, preparado para atacar, mientras Selene apuntaba con el arma lista para disparar.

Poco a poco, una figura comenzó a subir, como si le costara incluso mantenerse consciente. Los ojos de Selene se abrieron con incredulidad. Era Marius. O lo que quedaba de él.

Su piel mostraba venas negras y grises expandiéndose bajo la superficie, señal inequívoca de la intoxicación por nitrato de plata. Cada respiración era un susurro roto; cada movimiento, un acto desesperado de pura voluntad.

Se dejó caer de rodillas, jadeante, apenas reconociendo su entorno. Michael dio un paso delante de Selene, protegiéndola.

—Ni un paso más —gruñó.

Marius levantó la cabeza con un esfuerzo inmenso. Sus labios temblaron antes de poder pronunciar palabra.

—Viene… —susurró con voz rota—. Ya viene…

Su cuerpo volvió a desplomarse contra el metal, como si la última frase hubiera consumido lo poco que aún le quedaba de vida.

Desde las sombras, una figura alta e imponente emergió paso a paso, como si siempre hubiera estado allí observándolo todo. Los ojos de Selene se abrieron con alivio inmediato.

—¡Lucían!

Sin dudarlo, corrió hacia él. Lucían alzó un brazo y la recibió con un abrazo firme, casi protector. Durante un breve instante, Selene olvidó dónde estaba, olvidó la oscuridad, el peligro, incluso el cuerpo moribundo de Marius a sus pies.

Lucían la soltó con una leve sonrisa.
—Has hecho un buen trabajo capturando al híbrido.

La expresión de Michael cambió al instante, tensando el cuerpo.

—¿Capturando? —murmuró Selene, desconcertada.

Lucían señaló a Michael con un gesto frío.
—Mátalo.

Selene lo miró sin entender.
—¿Qué has dicho?

—Que lo mates —repitió Lucían, esta vez con un tono más cortante.

Selene retrocedió un paso.
—No pienso hacerlo.

Lucían frunció el ceño, como si aquella respuesta fuera una ofensa personal.
—Hazlo. Es una orden.

Selene negó de nuevo, esta vez con voz firme.
—He dicho que no.

Lucían la observó en silencio unos segundos, analizando cada expresión de su rostro, hasta que algo parecido a una mueca apareció en sus labios.
—Eres igual que tu padre…

Selene sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿De qué estás hablando?

Lucían dio unos pasos hacia ella, lento, como si quisiera darle tiempo para que entendiera el peso de cada palabra.
—Tu padre era demasiado moral. Creía que los vampiros y los lycan podían convivir, que no debía existir guerra alguna entre nosotros.

Selene contuvo la respiración.
—¿Qué estás intentando decirme?

La mirada de Lucñian se endureció.
—Lo maté yo. Se equivocaba, Selene. Y ahora no voy a dejar que cometas el mismo error.

Selene y Michael se tensaron ante la revelación. Lucían dio un paso hacia adelante, dominando la penumbra con una presencia casi sofocante.




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