Code Fénix Maximum

CAPÍTULO 196: Blood War-12 FIN

CAPÍTULO 196: Blood War-12 FIN

Selene logró aferrarse al borde de la plataforma con una mano ensangrentada. Sus dedos resbalaron, pero consiguió impulsarse y, con un esfuerzo casi desesperado, terminó subiendo de nuevo. Quedó jadeando, arrodillada, observando la escena, sin fuerzas ni oportunidad para intervenir.

Lucían continuaba golpeando a Michael con una furia creciente. Cada impacto resonaba sobre el metal, acompañándose de gruñidos y gemidos. Michael, exhausto, parecía estar a punto de desfallecer, hasta que encontró un hueco.

Con un impulso desesperado, extendió las alas y proyectó su cuerpo hacia delante. Sus garras alcanzaron el cuello de Lucían, desgarrándolo. La herida escupió sangre oscura.

—Maldito insecto… —gruñó Lucían.

Michael reunió todas sus fuerzas y lo empujó con violencia contra la enorme puerta metálica. Lucían golpeó el muro de acero, riéndose entre jadeos.

—Ni siquiera eso servirá contra mí.

En ese instante, un sonido grave resonó por toda la estructura: DONG.

Las enormes puertas comenzaron a abrirse lentamente. Un haz de luz cálida se filtró desde el exterior subterráneo. El amanecer, al fin, se abría paso entre la oscuridad del túnel marítimo.

Lucían volvió a reír, confiado.

—¿De verdad creéis que eso me afecta? Soy más que un simple vampiro.

Pero la sonrisa se congeló de inmediato. Su piel comenzó a estremecerse, como si algo burbujease bajo ella. Los rasgos híbridos empezaron a retraerse; alas, colmillos y musculatura regresaban lentamente a la forma vampírica original.

—¿Qué… qué me está pasando?

La luz abrazó su cuerpo por completo. La piel empezó a agrietarse, carbonizándose desde el rostro hacia el torso. Primero fueron quemaduras superficiales, luego grietas negras que se abrían como ramas sobre mármol. En cuestión de segundos, sus manos se convirtieron en ceniza que se deshacía al viento salado del túnel.

Un humo gris comenzó a desprenderse de él mientras sus huesos crujían y se resquebrajaban. Cada segundo lo volvía más frágil, como si su cuerpo fuese arena que se escapaba de sí mismo.

Lucían levantó la vista y, entre las sombras de una esquina, divisó a Marius tirado, casi muerto, pero observándole. El lycan moribundo sonreía con la poca fuerza que le quedaba.

Lucían extendió una mano en dirección a Selene, desesperado.

—Ayúdame… por favor…

La voz se quebró. Su garganta se desintegró al pronunciar las últimas sílabas. En un último estallido de luz, su cuerpo se volvió polvo, dejando únicamente un rastro gris que el viento arrastró hacia el vacío del túnel marítimo, mientras el amanecer terminaba de consumirlo.

Michael cayó de rodillas, jadeando, mientras las alas y la piel híbrida comenzaban a replegarse. Su respiración era pesada, pero en cuestión de segundos su cuerpo volvió a la forma humana. Las heridas le ardían, aunque la adrenalina seguía recorriéndole las venas.

Selene lo observó, todavía conmocionada.

—Michael… ¿qué ha pasado?

Él se incorporó lentamente, apoyándose en la enorme puerta metálica ya abierta.

—Solo… solo ingirió un poco de mi sangre —explicó, intentando recuperar el aliento—. Fue como una prueba, un impulso momentáneo. Pero no era suficiente para mantener la transformación. En cuanto el sol salió, sus poderes se desvanecieron. Era cuestión de minutos… y así acabó.

Michael desvió la mirada hacia la plataforma, notando algo entre los charcos oscuros. Se acercó con cautela. Allí, tendido, estaba Marius, con el cuerpo prácticamente inmóvil, empapado y perforado por las balas de nitrato de plata.

Se arrodilló junto a él y posó dos dedos en su cuello. Permaneció unos segundos comprobando cualquier rastro de vida. No sintió nada. Ni un latido, ni una vibración, ni la más mínima señal.

Alzó la mirada hacia Selene, con un leve movimiento de cabeza.

—No queda nada. Está muerto por completo.

El agua del túnel chocaba contra la estructura metálica, empujando la luz del amanecer hacia el interior. Entre el eco distante del mar subterráneo y el aire cargado de polvo, solo quedaba un silencio absoluto.

Durante años, el conflicto entre vampiros y lycan había sido una guerra silenciosa, alimentada por mandatos ancestrales y odios heredados. Pero el amanecer que presenció la caída de Marius y la desintegración de Lucían marcó un punto de quiebre inesperado. Sin líderes que sostuvieran el equilibrio del miedo, ambos mundos quedaron sumidos en un vacío que nadie estaba preparado para enfrentar.

Las jerarquías vampíricas, construidas sobre linajes antiguos y normas férreas, comenzaron a fragmentarse. Muchos clanes, incapaces de mantener su cohesión sin una figura dominante, se disolvieron en cuestión de semanas. Viejos pactos se rompieron y las sombras que dominaban ciudades enteras perdieron su estructura. Por primera vez en siglos, los vampiros ya no sabían a quién obedecer ni qué futuro les aguardaba.

Entre los lycan ocurrió algo similar. Marius, pese a su brutalidad, había sido un símbolo, una fuerza unificadora que mantenía a raya su naturaleza salvaje. Su muerte dejó hordas enteras sin guía, solo impulsadas por el instinto y la supervivencia. Muchos grupos se ocultaron en bosques lejanos, temerosos de un nuevo exterminio; otros deambularon sin rumbo, convertidos en espectros errantes sin territorio ni misión.

Así, en el mundo oculto bajo la superficie de la humanidad, reinó un luto silencioso. No era el final de una guerra, sino el comienzo de una incertidumbre más profunda. Un tiempo en el que los monstruos no temían al enemigo, sino al vacío que les aguardaba al otro lado de la noche.

Horas después de la batalla, la base permanecía en completa penumbra. Las luces de emergencia parpadeaban sin ritmo y el eco del agua subterránea era lo único que rompía el silencio. No quedaba nadie, ni un disparo reciente, ni un suspiro. Todo parecía muerto.




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