CAPÍTULO 197: El precio de la eternidad
En algun lugar de Inglaterra, siglo XVI.
La sala del aquelarre estaba en penumbra, iluminada únicamente por candelabros de hierro oxidado que proyectaban sombras temblorosas sobre las paredes de piedra. Las insignias antiguas de la familia vampírica que una vez gobernó el lugar colgaban a medio caer, deslucidas por el polvo y el abandono.
En el centro, el trono tallado en mármol negro, donde antes había reinado Lucían, ahora era el asiento de Marius. Con una postura relajada, su brazo colgaba sobre el respaldo del trono mientras sus ojos de un amarillo feroz recorrían la sala vacía. A su lado, una pequeña mesa de roble, tosca pero resistente, esperaba.
Las puertas chirriaron al abrirse, y una mujer entró vestida con un sencillo vestido gris que parecía de una época olvidada. Llevaba un plato de plata con carne cocida y, en la otra mano, un cáliz de oro lleno de un líquido oscuro. Lo colocó frente al trono con una reverencia.
—Siempre tan servicial, Amara —dijo Marius con una sonrisa depredadora—. Pero dime, ¿alguna vez te has preguntado cuántas gotas de sangre de tu linaje hay en este cáliz?
—No me corresponde preguntar, mi señor. Solo obedecer —respondió ella con frialdad.
Marius rió, una risa baja y gutural, antes de morder la carne. La sangre escurrió por su barbilla con deleite grotesco.
—Dime, Amara, ¿cuántos de los tuyos recuerdas? ¿Tu madre? ¿Tu hermana? La que solía cantar en los banquetes de Lucían… ¿Cómo se llamaba?
Amara apretó los labios.
—Ah, sí. Annalise. Tenía una voz preciosa. Lástima que ahora esté… aquí conmigo.
El silencio se volvió espeso. Marius alzó el cáliz.
—Un brindis, Amara. Por Lucían, por Annalise… y por todo lo que hemos reclamado.
Cuando terminó de beber, dejó la copa con violencia y la observó con burla.
—Sabes, Amara, a veces me pregunto cómo Lucían sigue respirando. La rata logró escabullirse… pero no por mucho.
Se levantó y comenzó a rodearla con pasos lentos.
—Durante siglos, los vampiros creyeron que eran dioses caminando entre mortales. Los lycan éramos perros. Perros que ustedes marcaban, encerraban y torturaban en sus campos de concentración.
Amara apretó los puños. Marius sonrió.
—Oh, sí. Recuerdo bien esos días. Tus amos purificaban nuestra raza. Nos encadenaban bajo la luna llena para ver cuánto soportábamos antes de rompernos. ¿Cuántos murieron así? ¿Diez mil? ¿Cien mil?
Su voz resonó con odio antiguo.
—Pero todo cambió. Yo hice que cambiara. Ahora ya no sois vosotros quienes dictáis las reglas, ¿verdad?
Se inclinó sobre Amara.
—Y deberías estar agradecida. Porque si no fuera por mí, estarías ahí afuera con los demás. Pudriéndote como el resto de tu patética familia.
Marius se apartó satisfecho.
—¿Sabes cuántos vampiros han muerto por mis manos, Amara? Perdí la cuenta después de dos mil. Aunque quizás ya haya alcanzado los cinco mil.
Ella cerró los ojos para contenerse.
—Ah, y tu familia… Annalise era especialmente deliciosa.
El silencio cayó como una piedra.
Marius regresó al trono, girando el cáliz entre los dedos.
—Dime, Amara, ¿por qué crees que te dejé vivir?
—Porque sé cocinar bien la carne de vampiro, mi señor —respondió ella.
Marius soltó una carcajada.
—Exacto. Una habilidad única.
—Si alguna vez pensaste en traicionarme —prosiguió—, ¿qué crees que haría contigo?
—Me despellejaría viva y me haría alimentar a mis propios compañeros.
—No está mal —asintió él—. Aunque yo añadiría algo más.
La siguió con la mirada como si saboreara su miedo.
—Otra pregunta. De todas mis atrocidades, ¿cuál crees que ha sido mi favorita?
—La noche del asedio al aquelarre de Lucían —susurró Amara.
Marius sonrió complacido.
—Esa fue memorable, lo admito. Pero mi favorita fue no matarte. Porque ahora, cada día, al ver tu rostro, recuerdo lo que conquisté.
Amara tragó saliva con las manos temblando.
—Marius… ¿alguna vez conociste el amor? ¿No tienes remordimientos por matar a niños vampiros? Ellos son tan vulnerables…
Marius la miró con indiferencia absoluta.
—Los niños vampiros son más tiernos para masticar. Solo son un medio para un fin. No hay remordimientos cuando comprendes el equilibrio de las cosas. Ahora, retírate.
Amara salió en silencio.
Marius observó el anochecer desde la ventana, con una sonrisa torcida.
—Desde el día que nací, todo cambió.
Caminó lentamente por la sala.
—Cada lycan que existe hoy en día es una sombra de lo que fui. El virus nació conmigo. Yo fui el origen. Un pequeño regalo.
Se miró en el espejo, satisfecho.
—No hay reglas. Destruí todo lo que creían entender. Soy su origen, su maestro, su inevitable futuro.
Un destello de locura brilló en sus ojos.
—Soy un dios de monstruos. Y el mundo entero está a mis pies.
—Como si fuera a morir. Yo, Marius, el eterno. Nadie puede acabar conmigo. Soy inmortal desde el momento en que decidí serlo.
Contempló su imperio.
—Mi dominio perdurará. Las ruinas serán mías. El mundo se inclinará ante mí.
—El mundo entero será mi campo de juegos. Y cuando todos estén muertos, yo seguiré aquí.
Se volvió hacia el espejo.
—Si alguien intenta arrebatarme lo que he construido, me aseguraré de que su sufrimiento sea eterno. Porque soy un monstruo que nunca dejará de vivir, de matar, de dominar.
Salió de la sala con una risa cada vez más lejana.
—Soy inmortal, y no hay fin para mí.
El eco de su risa fue lo último que quedó entre aquellas sombras.