CAPÍTULO 198: El lado mas humano
Era una tarde fría y nevada en el siglo XVII. El bosque estaba cubierto de un manto blanco que absorbía todo sonido, dejando solo el crujir ocasional de las ramas bajo el peso de la nieve. Bajo un viejo árbol, una pequeña niña de unos siete años descansaba, su cuerpo temblando ligeramente por el frío. A pesar de ser una lycan, y por ende resistente al frío, su delgado cuerpo parecía no estar hecho para soportar tanto tiempo en esas condiciones.
Sus ojos claros se cerraban lentamente, buscando un refugio ilusorio en el sueño, cuando sintió una presencia. Giró la cabeza y lo vio.
De pie entre los árboles, un hombre la observaba fijamente. Era imponente, con una figura alta y musculosa, su cabello oscuro caía desordenadamente sobre sus hombros, y sus ojos, como dos brasas encendidas, parecían atravesarla. Era Marius, el líder de los lycan, conocido tanto por su brutalidad como por su astucia.
La niña tragó saliva, sin atreverse a moverse.
—¿Qué haces aquí sola, pequeña? —preguntó Marius con una voz profunda, cargada de una autoridad que hacía temblar incluso a los más valientes.
La niña vaciló antes de responder, su voz apenas un susurro.
—Mis... mis padres me abandonaron. Dijeron que no podían cuidarme más.
Marius arqueó una ceja, su expresión una mezcla de burla y curiosidad.
—¿Y creyeron que sobrevivirías sola en este bosque? Qué irónico. Los humanos no son los únicos con padres estúpidos.
La niña bajó la mirada, abrazándose las piernas.
—Soy fuerte. Puedo sobrevivir.
Marius soltó una risa seca, más un gruñido que una verdadera risa.
—¿Fuerte? No parece. Estás a un paso de convertirte en un bloque de hielo.
La niña lo miró, sus ojos reflejando una mezcla de miedo y determinación.
—No tengo a dónde ir.
Por un momento, el rostro de Marius se suavizó, aunque su tono seguía siendo cortante.
—Vaya, qué patético espectáculo. —Se quitó su abrigo de piel gruesa y lo arrojó sobre los hombros de la niña, envolviéndola en un calor inesperado.
Ella lo miró sorprendida.
—¿Por qué...?
Marius se inclinó hacia ella, sus ojos brillando con una intensidad peligrosa.
—Porque no tengo paciencia para recoger cadáveres en mi territorio. Si quieres vivir, sígueme.
La niña lo miró, sus pequeñas manos aferrándose al abrigo que aún conservaba el calor del cuerpo de Marius. Finalmente, asintió y se puso de pie, tambaleándose un poco antes de estabilizarse.
—¿Cómo te llamas, niña? —preguntó Marius mientras comenzaba a caminar, sin mirar atrás.
—Anastasia —respondió ella, su voz apenas audible.
—Anastasia, ¿eh? Un nombre demasiado elegante para alguien como tú. —Su tono era burlón, pero había una pizca de humanidad en sus palabras.
Anastasia no respondió, simplemente comenzó a seguirlo, sus pequeños pasos marcando un rastro en la nieve junto a las huellas mucho más grandes de Marius.
En ese bosque helado, bajo el cielo gris del invierno, una extraña alianza comenzaba a formarse. Una alianza que cambiaría el destino de ambos para siempre.
Marius caminaba con pasos firmes, Anastasia siguiéndolo de cerca mientras el viento helado aún aullaba entre los árboles. Tras un tiempo que a la niña le pareció eterno, llegaron a un área del bosque donde el frío no era tan intenso. Los árboles eran más densos, protegiendo el suelo de la nieve, y una ligera brisa cálida parecía colarse entre las ramas.
En el centro de ese lugar, un oso gigantesco yacía muerto. Su cuerpo estaba cubierto de cicatrices, y el olor a sangre fresca impregnaba el aire.
Anastasia se detuvo, sus ojos clavados en la enorme bestia.
—¿Qué pasa? —preguntó Marius, notando su mirada fija.
—Es... muy grande —respondió ella, casi en un susurro.
Marius bufó con desdén.
—Y tú eres muy pequeña. Pero eso no importa. Si no comes, morirás.
La niña lo miró con duda, pero su estómago vacío rugió en respuesta.
—¿Así... crudo?
Marius arqueó una ceja, claramente irritado.
—¿Te crees con derecho a quejarte? Haz lo que tengas que hacer, pero come.
Anastasia se acercó lentamente al oso. Sus manos temblaban, pero no de frío, sino de incertidumbre. De repente, sus ojos se iluminaron con una chispa de determinación.
—Espere aquí.
Marius la observó con curiosidad mientras la niña comenzaba a reunir ramas secas y hojas del suelo. Con movimientos ágiles, frotó sus manos juntas, y de pronto, una pequeña llama apareció en sus palmas.
En menos de cinco minutos, Anastasia había encendido un fuego y colocado trozos de carne del oso sobre unas ramas improvisadas. El aroma de la carne asada comenzó a llenar el aire, un olor que incluso Marius no pudo ignorar.
Cuando la niña terminó, le ofreció un trozo a Marius.
—Pruebe.
Marius tomó el trozo con escepticismo y lo mordió. Sus ojos se abrieron ligeramente, y aunque no dijo nada, su expresión lo decía todo: la carne era espectacular.
—Vaya, niña. Parece que no eres completamente inútil.
Anastasia sonrió tímidamente, orgullosa de su logro. Mientras ambos comían, ella rompió el silencio.
—Mis padres me decían que tenía un don... pero nunca fue suficiente para ellos. Decían que era un monstruo.
Marius la miró de reojo, masticando lentamente.
—¿Y tú qué piensas?
—No lo sé. —Anastasia bajó la mirada. Luego, con voz más firme, agregó—: Pero no quiero morir.
Marius soltó una risa breve y seca.
—Buena respuesta. Si sigues pensando así, puede que sobrevivas más tiempo del que esperaba.
La niña lo miró, sus ojos brillando con algo que podría haber sido esperanza.
—¿Usted también es un monstruo?
Marius se detuvo un momento antes de responder, su voz volviéndose más grave.
—Soy lo que necesito ser. Y si quieres sobrevivir, tendrás que aprender lo mismo.
El fuego seguía crepitando mientras ambos terminaban de comer. En ese rincón del bosque, lejos del frío mortal, algo comenzaba a cambiar en ambos.