CAPÍTULO 199: El inicio
Año 0.
En el Edén, Adán y Eva descansaban en calma, rodeados por la perfección de un mundo que aún no conocía el dolor ni la culpa. La hierba era suave, el aire puro, y los árboles cargados de frutos brillaban bajo una luz eterna. Todo era equilibrio… hasta que la curiosidad rompió el silencio.
Adán se detuvo frente a un árbol distinto a los demás. Su tronco parecía más antiguo, y entre sus ramas colgaban manzanas de un rojo intenso, casi hipnótico. Eva lo observó con inquietud.
—No deberíamos acercarnos —dijo Eva, con voz baja—. Ese es el único árbol que nos fue prohibido.
Adán sonrió con suficiencia, extendiendo la mano hacia uno de los frutos.
—¿Prohibido por qué? —respondió—. Si todo esto nos fue dado, ¿por qué temer a una simple manzana? No puede haber mal en aquello que existe bajo la creación.
Eva negó con la cabeza, dando un paso atrás.
—No es miedo, Adán. Es obediencia. Se nos pidió una sola cosa.
Adán la miró con condescendencia, como si ya hubiera tomado una decisión imposible de revertir.
—Nos tratan como niños —dijo—. ¿No merecemos saber más? ¿No merecemos elegir por nosotros mismos?
Tomó la manzana. Eva dudó, pero al ver la seguridad en sus palabras, su resistencia comenzó a quebrarse.
—Si comes… yo también lo haré —susurró ella.
Adán dio el primer mordisco. El crujido del fruto resonó de forma antinatural. Eva lo imitó segundos después.
Entonces, el mundo cambió.
El cielo del Edén se oscureció de inmediato. La luz pura se apagó como si hubiera sido sofocada, y una presencia abrumadora descendió desde lo alto. No tenía forma definida, solo una luz absoluta que lo cubría todo. La tierra tembló bajo sus pies.
—Hicisteis lo único que no debíais hacer —resonó la voz, profunda y eterna—. Se os dio todo, y aun así elegisteis desobedecer.
Adán cayó de rodillas. Eva sintió un miedo que jamás había conocido.
—No fue por maldad —intentó decir Adán—. Fue por deseo de comprender.
—La comprensión sin obediencia es soberbia —respondió la voz—. Y la soberbia exige castigo.
La luz se volvió más intensa, casi insoportable.
—Eva —continuó—, tu castigo será la eternidad sin descanso. Vivirás de la sangre, caminarás en la noche y jamás volverás a pertenecer a la luz. Serás vampiresa, y el mundo te temerá.
Eva gritó mientras su cuerpo ardía por dentro, sintiendo cómo algo nuevo y oscuro despertaba en su sangre.
La voz se volvió hacia Adán.
—Y tú, Adán, serás condenado a la bestia. Tu carne se romperá y tu espíritu quedará atrapado en ella. Serás licántropo, y jamás volverás a tu forma humana. La razón no volverá a ser tu refugio.
Adán gritó mientras sus huesos se deformaban, su cuerpo siendo consumido por una fuerza salvaje e incontrolable.
Cuando la luz se elevó y el cielo comenzó a cerrarse, el Edén quedó en silencio. Dos figuras yacían en el suelo, transformadas para siempre.
Así nació la maldición.
Así comenzó la noche.
El castigo no terminó con la transformación. Tras aquel acto prohibido, Adán y Eva fueron expulsados del Edén, desterrados de toda gracia y de toda protección divina. Las puertas del paraíso se cerraron para siempre, y con ellas se extinguió la última posibilidad de redención. El mundo que los aguardaba era hostil, vasto y silencioso, un lugar donde ya no existía la abundancia ni la misericordia.
Para evitar que la creación quedara condenada por el pecado de los primeros, Dios dio forma a una nueva humanidad. En cada continente creó una civilización primigenia de cien personas, hombres y mujeres nacidos sin recuerdo del Edén, libres del castigo que pesaba sobre Adán y Eva. De esas pequeñas comunidades surgirían las naciones, las lenguas y las culturas. Con el paso de las generaciones, la humanidad se expandió, ignorante del verdadero origen del mal que dormía en la sangre del mundo.
Adán y Eva, por su parte, vagaron lejos de esos nuevos pueblos. Aislados, marcados por sus maldiciones, formaron su propia descendencia. Tuvieron diez hijos, aunque en realidad solo nueve llegaron a ver la luz. Dos de ellos eran gemelos, concebidos en un tiempo de hambre extrema, cuando la escasez comenzó a cobrar su precio incluso antes del nacimiento. En el vientre de Eva, uno de los hermanos devoró al otro, un acto primitivo e instintivo que selló el destino de su linaje antes de siquiera comenzar.
Aquel suceso fue el primer fratricidio, cometido sin manos ni palabras, nacido de la necesidad y la oscuridad que ya habitaba en la sangre maldita de sus padres.
De aquellos nueve hijos nacidos del castigo surgió una estirpe que el tiempo acabaría temiendo y olvidando a la vez. Fueron conocidos como los Nueve Engendros de la Humanidad, los primeros seres verdaderamente aberrantes en caminar sobre la Tierra. No eran lycan, tampoco vampiros. Eran algo anterior y superior, una especie propia, nacida de la maldición directa del Edén. Engendros, semidioses para algunos, demonios para otros.
Su sola presencia alteraba el mundo que pisaban. Poseían fuerza, longevidad y capacidades que ninguna otra criatura tenía entonces. En distintas regiones, antiguas culturas llegaron a adorarlos como deidades primigenias, levantando templos, ofreciendo sacrificios y escribiendo himnos en su honor. Durante un tiempo, los Engendros fueron ley y mito al mismo tiempo. Sin embargo, con el paso de los siglos, sus nombres se borraron, sus templos cayeron y sus historias fueron reducidas a rumores, deformadas por el miedo y la ignorancia. La humanidad olvidó… o prefirió olvidar.
Adán, consumido por su maldición y por el odio hacia la creación divina, tomó un camino distinto. Se dedicó a propagar su enfermedad por todo el continente. No lo hacía al azar, sino con intención. Mordía, contaminaba, transformaba. Así nacieron los primeros licántropos, criaturas surgidas directamente de la sangre de Adán, portadores de una herencia salvaje e irreversible. A diferencia de otros, Adán jamás recuperó su forma humana; su castigo fue ser el primero y el más condenado de los suyos.