CAPÍTULO 200: Volviendo al infierno
El bosque de Berlín se extendía ante ellos como una masa oscura y silenciosa. La carretera secundaria, resquebrajada y húmeda, se perdía entre los árboles retorcidos. Michael y Selene avanzaban con paso cansado, cubiertos de sangre seca y barro. Cada respiración pesaba, no solo por el agotamiento físico, sino por todo lo que habían dejado atrás.
Michael rompió el silencio, mirando de reojo a Selene mientras caminaban.
—¿A dónde vamos ahora?
Selene no se detuvo. Su mirada permanecía fija al frente, alerta a cualquier movimiento entre las sombras.
—Hay una casilla secreta de los vampiros no muy lejos de aquí —respondió—. Un refugio antiguo. Allí encontraremos provisiones… y podremos descansar un poco.
Michael asintió en silencio. Sus heridas ardían y cada paso le recordaba lo cerca que había estado de morir.
Tras varios minutos, Selene se desvió de la carretera y se internó entre los árboles. Frente a ellos apareció una estructura casi invisible, camuflada con la vegetación: una pequeña construcción de madera envejecida, cubierta de musgo y hojas. A simple vista parecía abandonada.
Selene apartó unas ramas y empujó una trampilla oculta en el suelo.
—Es aquí.
Ambos descendieron por una escalera estrecha hasta un pequeño sótano subterráneo. El lugar estaba sorprendentemente bien conservado. Había estanterías metálicas, cajas de munición, armas envueltas en telas aceitosas y varios cofres sellados.
Selene encendió una luz tenue y comenzó a revisar el arsenal con movimientos precisos y familiares. Tomó una pistola, comprobó el cargador y la dejó a un lado. Luego abrió un compartimento refrigerado.
Dentro había varias bolsas de sangre perfectamente conservadas.
Selene tomó una y la sostuvo unos segundos, observándola.
—La necesito —dijo con calma—. Me ayudará a regenerarme.
Sin dudarlo, llevó la bolsa a sus labios. A medida que bebía, las heridas visibles en su piel comenzaron a cerrarse lentamente, la palidez de su rostro dando paso a un tono más firme.
Michael la observaba en silencio, apoyado contra una pared. Selene terminó y le tendió otra bolsa.
—Tómala. También te ayudará.
Michael dudó un instante, pero finalmente la aceptó y bebió. El efecto fue inmediato. Los rasguños de sus brazos empezaron a desaparecer, los hematomas se desvanecieron y el dolor que lo acompañaba desde hacía horas comenzó a disiparse.
Exhaló profundamente, sorprendido.
—No pensé que funcionaría tan rápido.
Selene cerró el compartimento y se giró hacia él.
—Este lugar está diseñado para sobrevivir a lo peor —dijo—. Descansa. Lo necesitamos.
Por primera vez desde que todo había comenzado, el silencio del refugio no resultaba amenazante. Solo era una pausa frágil, pero necesaria, antes de lo que aún estaba por venir.
Selene avanzó por el pasillo estrecho del refugio hasta una de las habitaciones laterales. Antes de entrar, se giró hacia Michael, que permanecía de pie en la sala principal, todavía asimilando la calma repentina.
—Voy a dormir un rato —dijo con voz baja—. Lo necesito.
Michael asintió sin responder. Selene cerró la puerta tras de sí y se dejó caer sobre una de las camas sencillas del cuarto. El colchón crujió bajo su peso. El cansancio acumulado cayó sobre ella como una losa. Cerró los ojos casi de inmediato, sin fuerzas siquiera para pensar, mientras el silencio del refugio la envolvía por completo.
En la sala contigua, Michael se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra la pared fría. Pasó una mano por su rostro y dejó escapar un suspiro largo y profundo. Por primera vez en mucho tiempo, no había disparos, ni gritos, ni órdenes que obedecer.
Todo había terminado.
Marius estaba muerto. Lucían también. Sin un líder que los unificara, los lycan acabarían dispersándose, desorganizados, reducidos a sombras de lo que una vez fueron. La guerra, al menos tal como la conocían, había llegado a su fin.
Michael cerró los ojos un instante.
Debería sentirse pleno. Aliviado. Incluso feliz.
Y, en parte, lo estaba.
Pero esa sensación no lograba llenar el vacío que llevaba dentro. Ninguna victoria devolvería a los que había perdido. Ninguna muerte, por justa que pareciera, podía borrar los rostros de quienes ya no estaban. La caída de Marius y de Lucían no cambiaba eso.
Abrió los ojos y miró al suelo, perdido en sus pensamientos.
Todo había acabado… ¿y ahora qué?
Ya no había una misión clara, ni un enemigo al que perseguir, ni un propósito inmediato que lo obligara a seguir avanzando. Por primera vez, el futuro se extendía frente a él como un territorio desconocido y silencioso.
Michael apoyó la cabeza contra la pared y dejó que el cansancio lo alcanzara.
Quizás el mundo había seguido adelante.
Pero él aún tenía que descubrir cómo hacerlo.
En un pequeño quirófano improvisado, integrado a lo que parecía una morgue subterránea, el ambiente estaba dominado por el olor a desinfectante y metal frío. Las luces blancas colgaban del techo, iluminando una mesa de acero donde yacía el cuerpo desnudo de Marius.
Darem se encontraba inclinado sobre él, vestido con un delantal médico manchado de sangre seca. Sus manos se movían con precisión quirúrgica mientras daba las últimas puntadas en la frente del cadáver, cerrando una larga sutura que atravesaba la piel pálida.
El silencio era absoluto, roto únicamente por el roce del hilo y el leve sonido del instrumental.
Darem anudó la última puntada y cortó el exceso con unas tijeras.
—Listo… —murmuró para sí.
En ese mismo instante, los ojos de Marius se abrieron de golpe.
Las pupilas se contrajeron bajo la luz intensa. Sus dedos se flexionaron lentamente, uno por uno, como si estuviera reconociendo un cuerpo nuevo. La mano derecha se cerró en un puño, luego se abrió con cierta rigidez antinatural.