Code Fénix Maximum

CAPÍTULO 201: El viejo Spectral Corp

CAPÍTULO 201: El viejo Spectral Corp

El ascensor de Spectral Corp descendía en silencio, envuelto en una luz blanca y fría. Enid permanecía sola, con la espalda recta y la mirada fija en el reflejo metálico de las puertas. Su mente trabajaba sin descanso. Nada estaba saliendo como había planeado, pero ya no había margen para dudar. Era el momento de dar el golpe definitivo. Spectral Corp iba a ser suya, costara lo que costara.

El ascensor se detuvo con un leve estremecimiento.

Las puertas se abrieron.

Enid se quedó completamente inmóvil.

Frente a ella estaba Marius.

Vestía una campera oscura de cuello alto, todo en tonos negros. Su presencia imponía. Parecía más alto, más sólido. Sin embargo, había algo imposible de ignorar: una línea de sutura atravesaba su frente de lado a lado, cruda y perfectamente visible.

El corazón de Enid se detuvo por un segundo.

—No… no puede ser —murmuró, con la voz quebrada—. Tú estás muerto.

Marius sonrió. Una sonrisa lenta, casi divertida.

—Un pajarito me contó que planeas adueñarte de la compañía —dijo con voz calmada.

Enid tragó saliva.

—¿Cómo sabes eso?

—Es un secreto —respondió él, inclinando apenas la cabeza—. Pero no estoy aquí para impedirlo. De hecho, quiero ayudarte. Todo empieza a encajar, y Enid Corp será muy útil para lo que viene.

Ella seguía sin reaccionar. Su mente se negaba a aceptar lo que veía.

Entonces, Marius soltó una breve risa.

—Aunque debo aclarar algo.

Llevó una mano a la frente y, sin esfuerzo, comenzó a retirar las suturas. La piel se abrió, revelando el interior.

Enid dio un paso atrás, horrorizada.

Donde debería haber un cerebro normal, se mostraba un cerebro grisáceo, expuesto, húmedo, vivo. En su interior, incrustado como un núcleo consciente, un ojo gris se movía lentamente, observándola en todo momento.

—Marius está muerto —dijo la criatura con voz serena—. Mi nombre es Grunbak.

El ascensor volvió a cerrarse.

Y Enid comprendió que nada había terminado. En realidad, todo acababa de comenzar.

Grunbak volvió a colocar las suturas con una precisión inquietante. Los hilos se cerraron solos, como si la piel obedeciera una voluntad ajena, ocultando de nuevo el horror bajo una apariencia casi humana. El ojo gris desapareció tras la carne reconstruida, y el rostro de Marius regresó, frío y falso.

Enid seguía contra la pared del ascensor, sin apartar la mirada.

—Tranquila —dijo Grunbak, acomodándose la campera—. No necesito asustarte más de lo necesario.

El ascensor reanudó su descenso.

—He estado observando —continuó—. Investigando. Es curioso lo fácil que resulta seguir el rastro de alguien como tú.

Enid apretó los dientes.

—No sé de qué hablas.

Grunbak sonrió levemente.

—Claro que lo sabes. El cincuenta y cinco por ciento de las acciones de Spectral Corp. Una cifra nada despreciable. Más aún cuando no fue una compra… sino un regalo.

Enid no respondió.

—Simon —prosiguió Grunbak—. El CEO. Un hombre débil, con demasiados secretos y muy poca voluntad. Bastó con “convencerlo”. Presiones, promesas, amenazas veladas. Nada que no domines a la perfección.

—Eso no te incumbe —dijo Enid al fin, con voz firme.

—Oh, me incumbe mucho —replicó él—. Porque Spectral Corp no es solo una empresa. Es una pieza clave. Y tú ya tienes más de la mitad del tablero en tus manos.

El ascensor vibró suavemente.

—Podrías haberlo hecho de forma ética —añadió Grunbak—, pero eso nunca ha sido tu estilo. Y, aun así, no te juzgo. Al contrario. Admiro tu eficiencia.

Enid lo miró con desconfianza.

—Si sabes todo eso… ¿qué es lo que quieres?

Grunbak giró la cabeza hacia ella.

—Una alianza —respondió—. Tú quieres el control total. Yo necesito recursos, infraestructura y discreción. Juntos podemos construir algo que vaya mucho más allá de Spectral Corp… y de Enid Corp.

El ascensor se detuvo una vez más.

—Piénsalo —concluyó—. Ya cruzaste demasiadas líneas como para volver atrás. Yo solo te ofrezco avanzar.

Las puertas se abrieron.

Y Enid, por primera vez en mucho tiempo, no supo si estaba frente a una oportunidad… o al inicio de su mayor error.

Enid salió sin mirar atrás, con el paso firme y el rostro impenetrable.

Desde el interior del ascensor, Grunbak levantó la voz, adoptando un tono infantil, casi burlón.

—¡Adiós! —canturreó—. No te olvides de llamar. Podemos hacer cosas muy divertidas juntos. Ah, y no tardes demasiado… no me gusta esperar.

Siguió hablando, diciendo frases inconexas, bromas suaves, promesas disfrazadas de juegos.

Enid no se detuvo. No respondió. Caminó por el pasillo sin girarse una sola vez.

Las puertas del ascensor se cerraron.

Y, por primera vez en mucho tiempo, incluso ella sintió que había entrado en un terreno donde ya no tenía el control absoluto.

Avanzó hasta el despacho principal. La placa dorada decía Simon Verkut – CEO. Empujó la puerta sin llamar.

Simon estaba sentado detrás de su enorme escritorio de madera oscura. Vestía un traje impecable, aunque sus manos temblaban ligeramente mientras sostenía una pluma estilográfica. Al verla entrar, su rostro se iluminó con una sonrisa nerviosa, casi devota.

—Enid… llegas justo a tiempo —dijo—. Estaba terminando con los últimos documentos.

Ella se acercó con paso lento y elegante. Su expresión era fría, distante, como si Simon fuese solo otro mueble de la oficina. Se apoyó levemente en el escritorio, observando los papeles.

—¿Ya están todos? —preguntó con voz calmada.

—Sí, sí… todos —respondió él, tragando saliva—. Las acciones, las filiales, los laboratorios, los fondos de inversión. Todo pasará a tu nombre, tal como prometí.

Simon sonrió, ilusionado.

—Cuando todo esto acabe… podremos anunciar lo nuestro. Sé que la diferencia de edad no importa. Dijiste que te casarías conmigo.




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