Code Fénix Maximum

CAPÍTULO 202: Reorganización

CAPÍTULO 202: Reorganización

Han pasado varios días desde que Enid obtuvo el control absoluto de Spectral Corp. La transición fue limpia, quirúrgica, como todo lo que ella hacía. El nombre original había sido borrado de documentos, servidores y placas en la entrada. Ahora, el edificio entero respiraba una nueva identidad: Enid Corp.

En la planta más alta, Enid reorganizaba su oficina. Las cajas aún sin abrir convivían con estanterías ya ordenadas con precisión milimétrica. En el centro de su escritorio había una carpeta negra, gruesa, marcada como Posibles activos. Dentro, perfiles detallados, fotografías, historiales genéticos y psicológicos.

Enid hojeó las páginas hasta detenerse en dos nombres.

—Michael el hibrido y… Selene —murmuró, apoyando los dedos sobre el papel.

La puerta se abrió sin necesidad de anuncio. Grunbak entró con paso tranquilo, llevando aún algunos documentos bajo el brazo. Su presencia ya no le resultaba extraña; se había convertido en una constante durante los últimos días, asesorándola en trámites, contratos y movimientos legales con una eficacia inquietante.

—Estaba esperando tu opinión —dijo Enid sin levantar la vista—. Estoy considerando contratarlos. El híbrido y la vampira.

Grunbak ladeó la cabeza, observando los perfiles desde el otro lado del escritorio. Una sonrisa leve, casi clínica, se dibujó en su rostro.

—Son interesantes —respondió—, pero no por las razones que imaginas. No pertenecen a ningún bando. Los lycan los rechazan, los vampiros los consideran una aberración. Eso los hace… maleables.

Enid cerró la carpeta con suavidad.

—¿Crees que aceptarían?

—No tienen a dónde ir —contestó Grunbak con frialdad—. Si se les ofrece protección, recursos y un propósito, dirán que sí. Primero pueden servir como sujetos de prueba. Después, como herramientas.

Enid lo observó en silencio, evaluando cada palabra.

—Hay otra razón —continuó Grunbak—. Los necesitamos para la expedición.

Abrió uno de sus documentos y proyectó en la mesa una imagen satelital: una vasta extensión blanca, atravesada por grietas azuladas.

—La cueva de hielo de Eisriesenwelt, en Austria —dijo—. Nuestros sensores detectaron anomalías térmicas en lo más profundo. Calor constante, antiguo. No es natural.

Enid frunció ligeramente el ceño.

—¿Algo dormido?

—Exacto —asintió Grunbak—. Hay indicios de una presencia en letargo. Si los registros antiguos no mienten, podría tratarse de Eva. Su descanso eterno.

El silencio se volvió denso.

—¿Y si es ella…? —preguntó Enid.

Grunbak la miró fijamente.

—Entonces tenemos dos opciones —respondió—. Estudiarla… o recuperarla. Y para cualquiera de las dos, Michael y Selene son piezas clave. Resistentes, adaptables y prescindibles si algo sale mal.

Enid volvió a abrir la carpeta, observando de nuevo los rostros impresos. Sus labios se curvaron en una sonrisa lenta, calculadora.

—Entonces tráelos —dijo finalmente—. Que crean que han encontrado un hogar.

Grunbak inclinó levemente la cabeza, satisfecho.

—El juego apenas comienza.

Grunbak se retiró sin hacer ruido, cerrando la puerta con suavidad tras de sí. El despacho quedó en silencio, roto únicamente por el leve roce del papel y el murmullo distante de la ciudad filtrándose por los ventanales.

Enid tomó la carpeta entre sus manos y se sentó tras el amplio escritorio de madera oscura. Comenzó a pasar las páginas con calma, observando nombres, perfiles psicológicos, historiales y fotografías. Candidatos, activos, posibles herramientas. Todo perfectamente clasificado.

Pasó una hoja más.

Entonces se detuvo.

Dos nombres destacaban en la parte superior de la página:

Fénix Roger
Marcus Blackwood

Sus dedos se quedaron quietos. La mirada de Enid se centró en la fotografía de Fénix. Un joven de expresión seria, pero no dura. Había algo en sus ojos que no encajaba con el resto de los expedientes: no era ambición, ni crueldad, ni frialdad. Era… otra cosa.

Inclinó ligeramente la cabeza, analizándolo sin darse cuenta de que lo hacía con menos distancia de la habitual.

—Curioso… —murmuró para sí.

No lo conocía. No sabía nada de él más allá de datos fríos y reportes incompletos. Sin embargo, la imagen transmitía una extraña calidez, casi una inocencia fuera de lugar en un mundo como el suyo. Enid dejó escapar una leve sonrisa, apenas perceptible.

Parece tierno, pensó, sorprendida por su propia conclusión. Demasiado tierno para este juego.

Cerró la carpeta con suavidad, como si aquel gesto sellara algo más que una decisión empresarial. Sin saberlo, aquella fotografía acababa de plantar una semilla que, tarde o temprano, cambiaría el rumbo de todo.

La cafetería de Berlín estaba llena de murmullos apagados, el tintinear de las tazas y el aroma persistente del café recién hecho. Michael y Selene permanecían sentados en una mesa del fondo, ambos con gorras bajas que ocultaban parte de sus rostros. Habían pasado varios días desde el incidente, suficientes para que las heridas físicas sanaran, pero no las mentales. Bebían en silencio, atentos a cada sonido, a cada movimiento ajeno.

La puerta se abrió y una figura encapuchada entró al local. Su presencia no parecía extraordinaria, pero algo en su forma de caminar hizo que Selene tensara los hombros. La figura avanzó sin pedir permiso y se sentó en la misma mesa que ellos. El ruido de la silla arrastrándose contra el suelo resonó como un disparo en la mente de Michael.

La figura se quitó lentamente la capucha.

Era Marius.

Michael se levantó de golpe, tirando su silla hacia atrás. Selene reaccionó al instante, alejándose de la mesa con la mano cerca del arma oculta bajo su abrigo. Ambos fijaron la mirada en el rostro del recién llegado. Había algo que no encajaba: una línea de suturas atravesaba su frente de lado a lado, como una cicatriz burda y reciente.




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