Code Fénix Maximum

ESPECIAL 200 CAPÍTULOS Code Fénix MAXIMUM

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Era una noche hermosa. Berlín brillaba bajo las luces cálidas de los escaparates y los faroles, llena de gente recorriendo las calles con la naturalidad despreocupada de un sábado. Risas, conversaciones cruzadas y el murmullo constante del tráfico componían una sinfonía urbana que envolvía la ciudad.

Fénix y Marcus caminaban uno al lado del otro, avanzando entre la multitud en dirección a Cocolo Ramen. Ambos vestían de manera casual, lejos de los trajes tácticos y el equipamiento de misión: vaqueros, zapatillas y chaquetas ligeras que los hacían pasar por dos hombres cualquiera. Fénix llevaba las manos en los bolsillos, el ceño ligeramente fruncido; Marcus, en cambio, caminaba relajado, sosteniendo una pequeña bolsa de regalo.

—Sigo pensando que esto es una mala idea —murmuró Fénix, rompiendo el silencio—. Apenas conozco a Vannesa… y a Lucian menos todavía. Además, en la última misión con ellos estuve a punto de perder una mano. No es precisamente el mejor recuerdo para ir a celebrar un cumpleaños.

Marcus ladeó la cabeza, mirándolo de reojo con una media sonrisa cansada, pero comprensiva.

—Deja de quejarte —respondió—. No vamos a desactivar una bomba ni a cazar nada esta noche. Solo es una cena.

Fénix soltó una breve exhalación por la nariz, incrédulo.

—Eso dices ahora.

Marcus se detuvo un segundo para ajustar el paso al de su compañero y bajó un poco la voz.

—Sabes perfectamente por qué estás viniendo —añadió—. Si fuera solo por Vannesa o por Lucian, habrías puesto cualquier excusa. Pero Enid va a estar allí.

El nombre quedó suspendido en el aire entre ambos. Fénix no respondió de inmediato. Sus pasos continuaron, pero su expresión cambió apenas un matiz, lo suficiente para que Marcus lo notara. Las luces de un semáforo se reflejaron en sus ojos mientras apretaba ligeramente la mandíbula.

Marcus no insistió. Conocía bien ese silencio.

—Tranquilo —dijo al cabo de unos segundos—. No te estoy juzgando. Lo entiendo.

Fénix desvió la mirada hacia la calle, observando a la gente pasar, parejas riendo, grupos de amigos entrando y saliendo de bares. Una vida normal, lejana a la suya.

—No es eso… —murmuró al fin—. Simplemente no me gusta mezclar cosas.

Marcus asintió despacio.

—A veces no se puede evitar.

Continuaron caminando en silencio, con el restaurante ya a pocas calles de distancia.

Las luces rojas del cartel de Cocolo Ramen ya se distinguían al final de la calle. El aroma del caldo y las especias se mezclaba con el aire nocturno mientras la gente entraba y salía del local.

—Relájate —dijo Marcus, rompiendo el silencio—. El sitio cierra a las doce y son las nueve y diez. Esto no va a durar mucho.

Fénix alzó una ceja, escéptico.

—Eso espero.

—Además —añadió Marcus con una sonrisa ladeada—, nunca se sabe. Tal vez Enid beba más de la cuenta… y tal vez puedas robarle un beso. Quién sabe.

Fénix se quedó en silencio un segundo. Sus pasos se hicieron un poco más ligeros, traicionando una mínima ilusión.

—No lo creo —respondió al final—. Enid no parece el tipo de persona que pierde el control con el alcohol.

Marcus soltó una carcajada breve.

—Tienes razón, totalmente. Soñar es gratis.

Fénix suspiró.

—Y encima seguro habrá sushi —continuó, frunciendo el ceño—. No entiendo cómo a la gente le gusta el pescado crudo. Es… desagradable. Y todos van a beber menos yo. Ya sabes que soy abstemio desde siempre. No me gusta el alcohol y nunca me ha gustado.

Marcus asintió sin decir nada, dejando que siguiera.

—Y apuesto a que el sitio estará lleno, ruidoso, con música alta… —añadió Fénix, ya claramente en modo queja—. Una noche perfecta.

Llegaron a la entrada de Cocolo Ramen. Las puertas correderas se abrieron dejando escapar el murmullo del interior y el calor del local.

Al entrar, ambos se detuvieron unos segundos junto a la puerta, dejando que sus ojos recorrieran el interior del local. Cocolo Ramen estaba animado, lleno de conversaciones superpuestas, risas y el sonido constante de los platos y los cubiertos. Mesas ocupadas, vapor elevándose desde los cuencos y camareros moviéndose con rapidez entre los pasillos estrechos.

—Mucha gente… —murmuró Fénix, buscando con la mirada.

Desde una mesa al fondo del local, una voz femenina se alzó por encima del ruido.

—¡Fénix! ¡Marcus!

Vannesa agitaba el brazo con entusiasmo, señalándolos sin ningún pudor. Ambos se miraron un instante y luego avanzaron entre las mesas hasta llegar a ella.

En la mesa estaban sentados Vannesa y Lucian. Ella sonreía con evidente emoción; él mantenía una postura relajada, observándolos con atención.

—Feliz cumpleaños —dijo Marcus, extendiéndole el regalo a Vannesa.

—Gracias —respondió ella, visiblemente encantada—. Me alegra que hayan venido.

Fénix se sentó con un gesto contenido, acomodándose en la silla. Casi de inmediato, su mirada recorrió la mesa de forma automática. Un asiento vacío llamó su atención.

—Disculpa —dijo, dirigiéndose a Lucian con tono educado—. ¿La señorita Enid va a venir?

Lucian asintió con tranquilidad.

—Sí, claro. Viene de camino —respondió—. Hay bastante tráfico esta noche.

Fénix asintió en silencio, intentando que su reacción pasara desapercibida, mientras regresaba la vista a la mesa, fingiendo desinterés.

Los cuatro ya estaban sentados alrededor de la mesa cuando Vannesa tomó los menús y los fue pasando uno por uno.

—Bueno, veamos qué vamos a pedir —dijo con entusiasmo—. Hoy se celebra.

Marcus abrió el menú con interés inmediato.

—Yo creo que empezaré con sake —comentó—. Algo suave.

Lucian asintió.

—Una cerveza japonesa para mí.

Fénix, en cambio, observaba el menú con una mezcla de confusión y desconfianza. Sus ojos recorrían los nombres escritos en japonés, acompañados de breves descripciones que no le resultaban nada atractivas.




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