CAPÍTULO 203: Nuevos reclutas
La luz blanca era tan intensa que parecía no proyectar sombras. Michael fue el primero en recuperar la consciencia. Notó el frío del suelo bajo su espalda y el silencio antinatural que envolvía la estancia. Al incorporarse con dificultad, vio a Selene a pocos metros. Ella también despertaba, llevándose una mano al cuello de forma instintiva.
—¿Dónde estamos…? —murmuró Michael, con la voz aún áspera.
Selene observó alrededor. Paredes blancas, suelo blanco, techo blanco. Ninguna puerta visible, ninguna ventana. Solo vacío.
—Esto no es una celda —dijo ella con desconfianza—. Es una sala de observación.
Antes de que pudieran decir algo más, un leve chasquido resonó en el aire. Un sistema de altavoces se activó, y una voz femenina, firme y serena, llenó la habitación.
—Me alegra ver que ambos estáis despiertos.
Selene apretó los puños.
—¿Quién eres? —exigió—. Da la cara.
La voz dejó escapar una breve risa controlada.
—Mi nombre es Enid Drakewood. Y, por ahora, podéis considerarme vuestra anfitriona.
Michael dio un paso al frente, aunque sabía que era inútil.
—¿Qué quieres de nosotros?
Hubo una breve pausa, calculada.
—Os quiero vivos —respondió Enid—. Protegidos. Y, si aceptáis mi propuesta, con un futuro que ahora mismo no tenéis.
Selene frunció el ceño.
—No somos mercenarios. Y no trabajamos para desconocidos.
—Lo sé —replicó Enid—. Tampoco sois bienvenidos entre los vuestros. Ni los lycan ni los vampiros os consideran parte de su mundo. Sois anomalías… piezas que nadie quiere en el tablero.
Michael apretó la mandíbula, pero no la interrumpió.
—Yo os ofrezco algo distinto —continuó Enid—. Recursos, protección internacional, identidades limpias y un lugar donde existir sin ser cazados. A cambio, trabajaréis para mí.
—¿Trabajar haciendo qué? —preguntó Selene, fría.
La voz de Enid se volvió más profunda, más seria.
—El mundo no es tan simple como creéis. Hay cosas antiguas despertando, secretos enterrados bajo el hielo, bajo ciudades, bajo la propia historia de la humanidad. Yo dirijo una corporación que se encarga de contener, estudiar y, cuando es necesario, eliminar esas amenazas.
Hizo una pausa.
—Vosotros sois únicos. Michael, un híbrido imposible según todas las reglas conocidas. Selene, una guerrera con siglos de experiencia, odiada y temida por igual. Juntos sois valiosos. No solo como armas… sino como claves.
Selene intercambió una mirada con Michael.
—¿Y si decimos que no? —preguntó ella.
La respuesta fue inmediata.
—Entonces os dejaré marchar —dijo Enid—. Pero el mundo que hay ahí fuera no ha cambiado. Seguiréis siendo presas. Y otros no serán tan amables como yo.
El silencio volvió a llenar la sala. Michael respiró hondo.
—No confío en ti —dijo.
—No lo espero —respondió Enid con calma—. Solo necesito que seáis inteligentes.
Los altavoces emitieron un leve zumbido.
—Pensadlo bien. Esta no es una oferta que vuelva a repetirse.
La comunicación se cortó. Michael y Selene quedaron solos de nuevo, rodeados por el blanco absoluto, sabiendo que, quisieran o no, sus destinos acababan de entrelazarse con algo mucho más grande y peligroso de lo que imaginaban.
En la azotea de Enid Corp, el viento nocturno recorría el hormigón como un susurro constante. Grunbak empujó la puerta metálica y salió al exterior con total calma, mordiendo una manzana verde. El cielo estaba cubierto de nubes bajas, y la ciudad brillaba debajo como un organismo vivo.
—Siempre me gustó este lugar —murmuró, dando un paso más.
—Sigues hablando solo —dijo una voz familiar.
Grunbak se detuvo. Sonrió con auténtica alegría.
Darem estaba sentado en el borde del edificio, con las piernas colgando al vacío, observando la ciudad como si no existiera peligro alguno. Grunbak lanzó la manzana con un gesto despreocupado. Darem la atrapó sin esfuerzo, sin siquiera mirarla.
—Me alegra verte —dijo Grunbak—. Pensé que seguirías escondido un tiempo más.
—Me aburrí —respondió Darem, dando un mordisco—. No pasa nada interesante últimamente.
Grunbak se apoyó en la barandilla, mirando al horizonte.
—Tranquilo. Pronto todo volverá a la normalidad. Enid es prescindible. Solo es una pieza temporal. Cuando deje de ser útil, desaparecerá.
Darem soltó una breve risa, seca.
—Ese es el problema. No hay nadie interesante con quien pelear. Voy a bares, provoco peleas… y se acaba todo con un solo golpe. No hay desafío. No hay emoción. —Apretó la manzana con fuerza—. Estoy cansado de ganar sin esfuerzo.
Grunbak ladeó la cabeza, observándolo con atención.
—La emoción volverá —aseguró—. Se están moviendo fuerzas antiguas. Cuando despierte lo que duerme, cuando las piezas encajen… tendrás más de un rival digno.
Darem levantó la mirada, por primera vez con un leve brillo en los ojos.
—Más te vale —dijo—. Porque si esto sigue así, empezaré a buscar diversión donde no conviene.
El silencio volvió a caer sobre la azotea, mientras la ciudad seguía latiendo debajo de ellos, ajena a lo que se estaba gestando en las alturas.
El viento nocturno soplaba sobre el tejado de Enid Corp. Grunbak avanzó hacia la salida, ajustándose la chaqueta, mientras una risa grave escapaba de su garganta.
Grunbak se detuvo un segundo y lo miró por encima del hombro, con una sonrisa ladeada.
—Espero mucho de ti, Darem. No se puede gobernar el mundo sin un amigo fiel. En soledad no se logra nada.
Darem alzó la vista, serio por primera vez.
—Entonces más te vale no equivocarte conmigo.
Grunbak soltó una carcajada breve y satisfecha.
—Eres el único en quien confío.
Sin añadir nada más, se dio la vuelta y desapareció en la oscuridad del interior del edificio, dejando a Darem solo, masticando en silencio mientras la ciudad seguía viva bajo sus pies.