CAPÍTULO 204: La primera misión
El tren nocturno que cubría la ruta entre Múnich y Berlín avanzaba con un traqueteo constante, cortando la oscuridad del paisaje alemán. Había pasado una semana desde que Michael y Selene se unieron a Enid Corp, y aquella era su primera misión oficial.
Ambos estaban sentados en distintos vagones, separados a propósito. Vestían ropa común, discretos, mezclados entre pasajeros que dormían o miraban por la ventana sin sospechar nada. Bajo esa aparente normalidad, el cargamento ilegal viajaba oculto: contenedores de sangre destinados al mercado negro, producto del tráfico entre clanes y células criminales.
La voz de Enid resonó suave y controlada a través de los auriculares.
—El objetivo es simple. Identificad a los traficantes, neutralizadlos sin levantar alarmas y confiscad toda la mercancía. No dejéis testigos innecesarios. Yo estaré esperando en la terminal de Berlín con un equipo de limpieza.
Selene cerró los ojos un segundo, afinando sus sentidos. Podía percibir el pulso acelerado de varios individuos dos vagones más adelante. No eran pasajeros comunes.
—Los tengo localizados —susurró—. Tres sujetos armados, uno más vigilando la carga.
Michael se levantó con calma, avanzando por el pasillo como un viajero más. A pesar de la tensión, su expresión era serena. Sabía que aquella misión no era solo un encargo: era una prueba.
—Entendido —respondió—. Entramos en movimiento en diez segundos.
Cuando el tren se adentró en un túnel, Selene actuó primero. En la oscuridad momentánea, apareció detrás del vigilante y lo derribó con un golpe limpio al cuello, sujetándolo antes de que cayera al suelo. Al mismo tiempo, Michael irrumpió en el compartimento de carga. Los traficantes apenas tuvieron tiempo de reaccionar. Dos cayeron contra las paredes metálicas, inconscientes. El tercero intentó sacar un arma, pero Michael lo desarmó y lo redujo de un solo movimiento.
El túnel quedó atrás. Para el resto de pasajeros, no había ocurrido nada fuera de lo normal.
Minutos después, los contenedores estaban asegurados y los cuerpos ocultos en un compartimento cerrado. Selene revisó uno de los envases y frunció el ceño.
—Sangre pura. Mucha más de la que esperaba.
—Por eso Enid quería esto —respondió Michael—. Nada de esto podía llegar a su destino.
Cuando el tren comenzó a frenar al aproximarse a la terminal de Berlín, ambos intercambiaron una mirada silenciosa. Habían cumplido su parte.
En el andén, luces blancas y vehículos negros aguardaban. Enid Corp ya estaba allí, lista para hacerse cargo de todo.
La primera misión había terminado. Y con ella, quedaba claro que no había vuelta atrás.
La terminal de trenes estaba completamente vacía. Las luces blancas del andén iluminaban el suelo pulido, creando un ambiente frío y aséptico. Enid permanecía de pie junto a una de las columnas, con las manos relajadas y el abrigo perfectamente acomodado sobre los hombros. A unos metros de distancia, el equipo de limpieza de Enid Corp aguardaba en silencio, fingiendo normalidad.
Uno de ellos se acercó con cautela y le ofreció un café en un vaso térmico.
—Recién hecho —dijo con voz neutra.
Enid lo aceptó sin mirarlo y dio un pequeño sorbo.
—Perfecto —respondió—. Justo lo que necesitaba.
En ese instante, varios miembros del equipo llevaron discretamente la mano a sus comunicadores. Un breve pitido recorrió la frecuencia interna. Enid no podía oír el mensaje, pero no lo necesitaba. Lo supo al instante.
Uno a uno, todos sacaron sus armas y las apuntaron hacia ella.
El silencio se volvió denso.
Enid dejó escapar una suave risa, sincera, casi divertida. Bajó lentamente el vaso de café y lo dejó sobre una caja metálica cercana.
—De verdad… —dijo mientras negaba con la cabeza—. Esperaba algo más elegante.
Nadie respondió. Sus dedos temblaban en los gatillos.
Enid dio un paso al frente, completamente tranquila.
—Voy a ser justa —continuó—. Les daré tres segundos para escapar. No porque lo merezcan, sino porque hoy estoy de buen humor.
Alzó ligeramente la barbilla y comenzó a contar.
—Uno.
Algunos dudaron. Otros intercambiaron miradas nerviosas.
—Dos.
Uno de ellos dio un paso atrás. Otro bajó el arma, sudando.
—Tres.
La sonrisa de Enid desapareció.
Horas antes, en el nivel subterráneo de armamento de Enid Corp, el ambiente estaba cargado de un silencio tenso. Las luces blancas iluminaban filas de casilleros metálicos abiertos, donde el equipo de limpieza se colocaba chalecos tácticos, revisaba cargadores y aseguraba cuchillas ocultas. Nadie hablaba más de lo necesario; el zumbido de los fluorescentes y el clic seco del armamento eran los únicos sonidos constantes.
La puerta automática se abrió con un siseo suave.
Grunbak entró caminando con calma, las manos en los bolsillos del abrigo oscuro. Su presencia fue suficiente para que varios se giraran al instante. Algunos fingieron seguir ajustando su equipo; otros lo miraron de frente, tensos.
—Tranquilos —dijo con una sonrisa ladeada—. No vengo a inspeccionar nada.
Se detuvo frente al grupo, observándolos uno por uno, como si ya conociera cada una de sus dudas.
—Vengo a hacerles una oferta.
El líder del equipo frunció el ceño.
—No estamos autorizados a recibir órdenes fuera del protocolo.
Grunbak inclinó la cabeza, divertido.
—Esto no es una orden. Es una oportunidad.
Caminó lentamente entre ellos, pasando los dedos por una mesa donde reposaban armas recién calibradas.
—Enid Drakewood cree tenerlo todo bajo control. La empresa, el poder, el futuro… —rió por lo bajo—. Pero incluso los imperios más sólidos caen desde dentro.
Algunos intercambiaron miradas. Grunbak se detuvo y los miró de nuevo.
—Cuando yo dé la señal, quiero que apunten sus armas hacia ella. Nada complicado. Si lo logran… —hizo una pausa deliberada—, tendrán un ascenso inmediato. Mejores recursos. Mejores misiones. Un lugar real dentro de la compañía que está por nacer.