Code Fénix Maximum

CAPÍTULO 206: La Maldición original, Adán el rey de los lycan

CAPÍTULO 206: La Maldición original, Adán el rey de los lycan

Michael y Selene avanzaron hasta llegar a una una sala sin salida y entonces.

Selene cayó varios metros hasta impactar con violencia contra un suelo helado. El golpe le robó el aire de los pulmones durante unos segundos, y un crujido seco resonó en la cámara oculta. El frío era antinatural, denso, como si el lugar estuviera detenido fuera del tiempo.

Con esfuerzo, Selene se incorporó apoyando una rodilla en el suelo. Su respiración formaba nubes de vapor frente a su rostro. Al alzar la vista, comprendió que no se encontraba en una simple sala subterránea.

Ante ella se extendía una cámara gigantesca, iluminada tenuemente por la luz azulada que se filtraba a través de un bloque colosal de hielo. Dentro de aquel hielo yacía algo imposible.

Un cuerpo.

No, no era solo un cuerpo.

Era un lycan… pero distinto a cualquier otro que hubiera visto.

Medía varios metros incluso encorvado por la congelación. Poseía cuatro brazos bien definidos, musculosos, retorcidos en una postura antinatural, como si hubiera intentado liberarse en el último instante. Su anatomía era grotesca y majestuosa a la vez, una aberración primitiva. El hielo que lo atrapaba estaba manchado de sangre oscura, solidificada desde hacía milenios.

Selene dio un paso atrás, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío.

—No puede ser… —susurró.

Activó su comunicador con manos firmes, aunque su pulso delataba la tensión.

—Aquí Selene para superficie —dijo con voz grave—. He caído en una cámara secundaria bajo la cripta principal.

Hizo una pausa, observando de nuevo aquella figura atrapada en el hielo.

—Confirmo hallazgo de un espécimen lycan congelado. Morfología no registrada. Cuatro extremidades superiores. Tamaño descomunal. El hielo presenta restos de sangre antigua.

Tragó saliva antes de continuar.

—Por las descripciones y los registros antiguos… no tengo dudas.

El silencio se apoderó del canal durante un segundo eterno.

—Hemos encontrado a Adán —concluyó—. El primer licántropo.

Desde arriba, las señales comenzaron a cruzarse de inmediato. Voces agitadas, órdenes superpuestas, respiraciones contenidas. Selene apagó el comunicador por un instante y volvió a mirar el cuerpo congelado.

Aun muerto, aun prisionero del hielo, la presencia de Adán llenaba la sala. No era solo un cadáver. Era el origen de una maldición… y quizá, del final de muchas cosas.

En la superficie, el viento helado golpeaba las estructuras temporales montadas alrededor de la entrada de la cueva. Los monitores mostraban lecturas irregulares de temperatura y actividad biológica anómala. Enid observaba en silencio, con los brazos cruzados, mientras en una de las pantallas aparecía la imagen térmica de Selene y Michael separados por varios niveles de profundidad.

—Así que era cierto… —murmuró con una leve sonrisa—. Adán estaba aquí todo este tiempo.

Giró ligeramente la cabeza hacia Grunbak, que permanecía de pie a su espalda, inmóvil, con las manos entrelazadas.

—Baja —ordenó con tono calmado, casi casual—. Duerme a Michael y a Selene. Sin daños permanentes.

Grunbak ladeó la cabeza.

—¿Ahora? Justo cuando han encontrado algo interesante.

—Precisamente por eso —respondió Enid—. En estas dos semanas han demostrado ser… excepcionales. Adaptables. Útiles. Me gustaría estudiarlos con más detenimiento.

Hizo una breve pausa y añadió, con frialdad calculada:

—Considera esto una medida preventiva. No quiero sorpresas cuando Adán entre en juego.

Grunbak sonrió apenas, un gesto torcido y antinatural.

—Como desees, Enid Drakewood.

Sin decir nada más, se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia el acceso a la cueva.

En la cripta el eco metálico del sarcófago al golpear el suelo resonó por toda la cripta. La tapa, resquebrajada por el impacto, se deslizó lentamente hasta caer de lado, dejando al descubierto el cuerpo de Eva. Su figura era imponente incluso en reposo: alta, pálida como el mármol, con rasgos serenos que contrastaban con la antigüedad y el horror que representaba su existencia.

Selene dio un paso atrás, conteniendo la respiración. Michael apretó los puños, consciente de que algo iba mal desde el instante en que el sarcófago se abrió.

Entonces, un aplauso lento y burlón rompió el silencio.

—Vaya… —dijo una voz conocida—. Siempre es un espectáculo ver cómo los mitos se convierten en carne.

De entre las sombras emergió Grunbak, caminando con absoluta calma. La luz de las linternas reflejó la línea de suturas que atravesaba su frente de lado a lado, un detalle grotesco que hacía imposible ignorar que aquello no era Marius… aunque llevara su rostro.

Selene levantó el arma de inmediato.

—No des un paso más —advirtió, con voz firme pero tensa.

Grunbak sonrió, ladeando la cabeza.

—Me temo que eso no será necesario. Veréis, amable pareja, no vais a salir ilesos de esta cueva.

Michael sintió un nudo en el estómago.

—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó—. Enid no habló de esto.

—Oh, Enid habló —respondió Grunbak—. Siempre habla. Ella os quiere con vida… dormidos, contenidos, listos para ser diseccionados con cariño científico.

Hizo una breve pausa y su sonrisa se ensanchó.

—Pero, para mí, sois mucho más útiles muertos.

Selene abrió los ojos, helada.

—¿Accidente? —murmuró, comprendiendo.

—Exacto —confirmó Grunbak—. Un derrumbe, una falla estructural, una tragedia en una cueva milenaria. Nada fuera de lo normal.




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