CAPÍTULO 207: El despertar
Grunbak aprovechando el momento tomo a Michael y Selene del cuello elevandolos recien retrocedió un paso cuando las garras de Michael le abrieron el rostro. No gritó. Apenas ladeó la cabeza, como si evaluara un error menor. Su sangre, espesa y oscura, cayó en gotas lentas sobre el cuerpo inerte de Eva. Una de ellas resbaló hasta sus labios pálidos y agrietados.
Durante un segundo no ocurrió nada.
Luego, el aire de la cripta cambió.
El hielo comenzó a crujir desde dentro, no como una fractura violenta, sino como un despertar antiguo. Los labios de Eva se cerraron apenas, absorbiendo la sangre. Sus dedos, largos y desproporcionados, se movieron con lentitud antinatural. Un pulso grave recorrió la sala, haciendo vibrar las paredes de piedra.
—Imposible… —murmuró uno de los operativos de Enid Corp, retrocediendo—. El cuerpo estaba en letargo absoluto.
Selene, aún con la marca de las manos de Grunbak en el cuello, sintió cómo la presión desaparecía. Aprovechó la distracción y se lanzó hacia atrás, rodando por el suelo hasta ponerse en pie con dificultad. Su mirada se clavó en Eva, y por primera vez en siglos, la fundadora de los vampiros abrió los ojos.
No eran rojos. No eran humanos. Eran antiguos.
Un murmullo gutural escapó de su garganta, como si el lenguaje mismo tuviera que recordarse a sí mismo cómo existir. El hielo que cubría parte de su cuerpo se resquebrajó y cayó en bloques pesados.
Grunbak observó la escena en silencio. Por primera vez, su expresión dejó entrever algo cercano a la sorpresa.
—Así que era cierto… —dijo con voz baja—. La sangre adecuada, en el momento adecuado.
Michael, aún en su forma híbrida, retrocedió instintivamente, colocándose frente a Selene.
—Selene… —dijo entre dientes—. Esto no estaba en ningún plan.
Ella asintió, sin apartar la vista de Eva.
—No. Esto es mucho peor… o mucho más grande.
Eva incorporó el torso con un movimiento lento, casi solemne. Su altura era abrumadora incluso de rodillas. Al posar los pies desnudos sobre la piedra, la cripta pareció rendirse ante su presencia. Sus ojos recorrieron la sala, deteniéndose primero en Selene, luego en Michael… y finalmente en Grunbak.
—Huelo… traición —dijo con una voz profunda, cargada de siglos—. Y huelo a quien no debería existir.
Los operativos de Enid Corp quedaron paralizados. Nadie se atrevía a disparar. Nadie se atrevía a respirar.
Grunbak sonrió, ladeando la cabeza.
—Bienvenida de nuevo al mundo, Eva.
La fundadora de los vampiros alzó la mano lentamente… y la cueva entera tembló, como si algo aún más antiguo acabara de abrir los ojos junto a ella.
Eva se incorporó lentamente, como si el tiempo no hubiera pasado sobre su cuerpo. Sus ojos, antiguos y despiadados, se fijaron en Grunbak con una intensidad que hizo que incluso los agentes de Enid Corp retrocedieran un paso sin darse cuenta.
—Te recuerdo… —dijo Eva con una voz grave, profunda, cargada de ecos—. Esa cicatriz en la frente. El sujeto de las mil caras. El que siempre roba cuerpos ajenos.
Grunbak soltó una carcajada amplia, casi teatral, mientras se llevaba una mano al rostro herido por las garras de Michael. La sangre oscura resbalaba por sus dedos.
—Vaya, vaya… —respondió con burla—. Veo que la siesta eterna no te ha hecho perder la memoria, madre de vampiros. Me honra que aún me recuerdes.
Eva giró levemente la cabeza, observando el entorno de la cueva, los equipos modernos, las armas, las luces artificiales. Sus cejas se fruncieron con desconfianza.
—Dime —preguntó—, ¿en qué siglo estamos?
Grunbak abrió los brazos, como si presentara una obra maestra.
—Bienvenida al año 2000 —dijo con una sonrisa torcida—. El mundo ha cambiado. Y tú también cambiaste el curso de la historia, aunque luego decidieras dormir.
Michael, aún en su forma híbrida, respiraba con dificultad, mientras Selene se incorporaba a su lado, sin apartar la mirada de Eva.
—Dos mil años… —murmuró Eva—. Veo que los errores sobrevivieron más que las civilizaciones.
Grunbak negó con la cabeza, divertido.
—Errores, no. Evolución. El mundo necesitaba monstruos… y yo solo me aseguré de que siguieran existiendo.
Los ojos de Eva brillaron con una mezcla de ira y desprecio.
—Siempre fuiste un parásito, Grunbak. Incapaz de crear, solo de corromper.
—Y aun así —replicó él, acercándose un paso— sigo aquí. Tú dormías. Adán murió. Los imperios cayeron. Y yo me adapté.
El silencio que siguió fue pesado, casi sofocante. Eva cerró los puños lentamente, y una presión invisible recorrió la cámara.
El ascensor industrial descendió con un estruendo metálico que rompió la tensión de la cámara. Las luces rojas parpadearon y, tras un golpe seco, las compuertas se abrieron. De su interior emergió Enid, escoltada por un equipo de contención fuertemente armado de Enid Corp. Sus pasos eran tranquilos, seguros, como si aquel lugar le perteneciera.
Eva giró lentamente el rostro hacia ella. No necesitó verla durante más de un segundo. Inspiró el aire con calma… y sus ojos se abrieron con una claridad inquietante.
—Interesante… —murmuró Eva—. El aire está cargado de algo antiguo. Sangre pura. Sangre de origen.
Enid se detuvo a unos metros, sin mostrar miedo. El equipo de contención tensó las armas, pero ella levantó una mano, ordenándoles silencio.
—Una lycan —continuó Eva—. No una cualquiera. Alfa. Pura sangre. Hace siglos que no percibía algo así.
Grunbak ladeó la cabeza, divertido.
—Siempre lo notas todo, Eva. Por eso eras tan temida.
Enid esbozó una leve sonrisa, contenida, calculadora.
—Veo que despertar a una leyenda no pasó desapercibido —dijo con voz firme—. Permíteme presentarme. Mi nombre es Enid Drakewood.
Eva la observó de arriba abajo, como si la estuviera desnudando a nivel espiritual.
—Drakewood… —repitió—. No reconozco ese linaje. Y sin embargo, tu sangre grita liderazgo. Dominio. Violencia contenida.