Code Fénix Maximum

CAPÍTULO 208: El despertar-2 FIN

CAPÍTULO 208: El despertar-2 FIN

Michael y Grunbak se incorporaron casi al mismo tiempo entre el polvo y los restos de hielo. El cuerpo de Grunbak crujió brevemente y, ante los ojos de Selene y Eva, sus heridas comenzaron a cerrarse a una velocidad antinatural. La piel se regeneró, los músculos volvieron a tensarse y su sonrisa regresó intacta.

—Vamos, híbrido —dijo con burla—. ¿Eso es todo?

Michael rugió y se lanzó contra él con toda su fuerza, pero Grunbak fue más rápido. Lo atrapó en el aire por el torso y lo lanzó contra una pared de roca. El impacto fue seco y brutal. Michael cayó al suelo, dejando un rastro de sangre.

Durante unos segundos no se movió.

El colapso seguía avanzando, pero el tiempo parecía haberse detenido en ese instante.

Michael apoyó una mano en el suelo y alzó la cabeza con dificultad. Su mirada ya no estaba fija en Grunbak, sino en algo mucho más profundo. Su voz salió ronca, cargada de rabia y cansancio.

—Marius… —murmuró—. Siempre fuiste un peón. Un cuerpo fuerte y nada más.

Grunbak frunció el ceño, desconcertado.

—¿Qué estás diciendo…?

Michael continuó, sin mirarlo.

—Te usaron los vampiros. Te uso tu propio odio —respiró con dificultad—. Y ahora te usa otra cosa, algo que ni siquiera tiene nombre.

Su voz se volvió más firme, más clara.

—Dime… ¿hasta cuándo vas a dejar que te sigan manipulando?

En ese momento ocurrió algo imposible.

El brazo de Grunbak se tensó de repente. Sus dedos se cerraron alrededor de su propio cuello, sin que él diera la orden. Sus ojos se abrieron de par en par.

—¿Qué… qué demonios…? —jadeó.

La presión aumentó. Sus pies se arrastraron involuntariamente hacia atrás mientras su propia mano lo asfixiaba. Grunbak intentó apartarla con la otra, pero el cuerpo no respondía como debía.

—¡Suéltame! —gruñó, luchando contra sí mismo.

Eva dio un paso al frente, observando con atención, sorprendida.

Grunbak cayó de rodillas, respirando con dificultad, los ojos llenos de incredulidad.

—Esto… no soy yo… —susurró—. Son… reflejos del cuerpo…

Su mirada se llenó de auténtico terror por primera vez.

El cuerpo de Marius estaba reaccionando.

Y Grunbak lo supo en ese instante: no estaba tan solo dentro de esa carne como creía.

Michael no dudó.

Aprovechando que Grunbak estaba de rodillas y luchando contra su propio cuerpo, se lanzó hacia delante y lo empujó con todas sus fuerzas. Grunbak perdió el equilibrio y cayó de espaldas justo cuando un estruendo sacudió la cueva.

Un enorme bloque de hielo se desprendió del techo.

—¡Cuidado! —gritó Selene.

El fragmento cayó como una guillotina natural, aplastando la cabeza de Grunbak contra el suelo con un sonido seco y brutal. El impacto fue definitivo. El cuerpo quedó inmóvil, incrustado entre la roca y el hielo, sin posibilidad alguna de regeneración visible.

Durante un segundo, el silencio reinó.

Selene dio un paso hacia delante, todavía en shock, intentando acercarse al cuerpo.

—Michael… ¿está…?

Antes de que pudiera terminar la frase, Eva la empujó con violencia, lanzándola varios metros hacia atrás.

—¡No te acerques! —ordenó con una voz grave y antigua.

Del amasijo de roca, carne y hielo comenzó a emerger algo imposible. Entre los restos aplastados surgió un cerebro grisáceo, palpitante, del que brotaban varios tentáculos nerviosos. En el centro, un único ojo se abrió de golpe, observándolo todo con rapidez enfermiza.

—Eso no es… —murmuró Selene, horrorizada.

—¡Apártate! —gritó Michael, avanzando hacia la criatura.

El cerebro reaccionó al instante. Los tentáculos se contrajeron y, con un movimiento veloz y antinatural, la cosa se deslizó hacia una grieta recién abierta en la roca. En cuestión de segundos desapareció por un agujero estrecho, perdiéndose en la oscuridad de la cueva.

—¡No! —rugió Michael, llegando demasiado tarde.

Entonces, la cueva volvió a temblar.

El colapso se reanudó con más fuerza que antes. Grandes bloques de hielo comenzaron a desprenderse del techo, uno tras otro, estrellándose contra el suelo. Las paredes crujían, resquebrajándose como si la montaña entera estuviera a punto de cerrarse sobre sí misma.

—¡Tenemos que salir de aquí! —gritó Selene.

Eva observó por última vez el lugar donde la criatura había escapado, con una expresión sombría.

—No ha terminado —dijo con certeza—. Nada de esto ha terminado.

El hielo siguió cayendo sin tregua. En cuestión de instantes, la sala quedó completamente sepultada. Rocas, nieve y hielo lo cubrieron todo, enterrando los cuerpos, los restos y la batalla bajo una tumba helada.

La cueva quedó en silencio.

Como si nada hubiera ocurrido.

Pero bajo el hielo, algo seguía vivo.

Enid Corp permanecía en silencio, roto únicamente por el sonido constante de la lluvia golpeando los ventanales. La tarde era gris, pesada, como si el cielo mismo cargara con el eco de lo ocurrido días atrás. Enid Drakewood estaba sentada detrás de su escritorio, con la espalda recta y la expresión serena, iluminada por la luz tenue de una lámpara de escritorio.

Habían pasado dos días desde el incidente en la cueva.

Frente a ella reposaba un informe abierto. Enid sostenía una estilográfica negra y escribía con trazo firme, sin titubeos, como si cada palabra ya hubiera sido decidida de antemano.

Estado de la operación:
Eva: capturada.
Michael: capturado.
Selene: capturada.
Grunbak: fallecido.

Dejó la pluma sobre el papel y se reclinó ligeramente en la silla. Una sonrisa leve, casi imperceptible, apareció en su rostro. Todo había salido exactamente como lo había planeado. Los imprevistos habían sido absorbidos, los daños controlados y la narrativa oficial estaba lista para ser archivada.

La lluvia arreció un poco más.

—Perfecto —murmuró para sí misma.




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