CAPÍTULO 210: El regreso de la inmortal
En una de las cámaras más profundas del laboratorio de Enid Corp, rodeada por luces frías y paneles de control silenciosos, descansaba una cápsula de criogenización. En su interior, suspendida en un letargo artificial, se encontraba Selene.
Un pitido agudo rompió la quietud.
Las luces de la cápsula cambiaron de tono y el sistema comenzó a liberar vapor helado. Con un sonido hidráulico seco, el cristal frontal se abrió lentamente. El frío acumulado escapó como una niebla espesa.
El cuerpo de Selene cayó al suelo con un golpe sordo.
Sus pulmones reaccionaron de inmediato. Inspiró con violencia, aspirando aire como si se estuviera ahogando. Tosió, girándose de lado, mientras su cuerpo temblaba de forma incontrolable. Cada músculo parecía rígido, pesado, como si no le perteneciera.
—Ah… —jadeó, intentando recuperar el control de su respiración.
Parpadeó varias veces. Su visión estaba borrosa. Los sonidos llegaban distorsionados, lejanos. Apoyó una mano en el suelo metálico y trató de incorporarse. Sus piernas no respondieron de inmediato; se levantó con dificultad, tambaleándose, obligada a apoyarse en la cápsula abierta para no caer de nuevo.
Cada paso era torpe, doloroso. El mundo parecía demasiado grande, demasiado real tras tanto tiempo de oscuridad.
Fue entonces cuando algo llamó su atención.
En la pared, junto a un panel de control, había un calendario digital encendido. Selene entrecerró los ojos y forzó la vista hasta poder leerlo con claridad.
5 de octubre de 2012.
El aire se le quedó atrapado en la garganta.
—No… —murmuró.
Retrocedió un paso, incrédula. Sus pensamientos comenzaron a encajar de forma brutal. El último recuerdo claro era el glaciar, Enid, el caos… el año 2000.
Sus manos temblaron.
—Doce años… —susurró, con la voz quebrada.
El impacto la golpeó con toda su fuerza. Doce años dormida. Doce años perdida en el tiempo, mientras el mundo había seguido avanzando sin ella.
Selene apoyó la espalda contra la pared, dejando que el frío metal la sostuviera. Sus ojos reflejaban una mezcla de confusión, rabia y una creciente sensación de horror.
Había despertado.
Pero el mundo que conocía ya no existía.
Afuera del complejo de Enid Corp, la lluvia caía con constancia, golpeando el asfalto y apagando cualquier rastro de vida en los alrededores. Joe Kessler permanecía agachado junto a una de las estructuras laterales del edificio, observando el perímetro con atención calculada. Sabía que no podía permitirse errores.
Enid Corp no era una empresa común.
Se deslizó con rapidez hacia una rejilla de ventilación abierta y, tras asegurarse de no ser visto, se introdujo en el conducto metálico. El espacio era estrecho, incómodo, y el metal frío le caló hasta los huesos. Avanzó con movimientos lentos y controlados, procurando no hacer ruido.
Joe era plenamente consciente de lo que estaba arriesgando.
Necesitaba pruebas. No simples documentos, no testimonios ambiguos, sino pruebas irrefutables, de esas que no pueden ser enterradas ni silenciadas. Sabía que, sin algo verdaderamente impactante, cualquier intento de incriminar a Enid Corp terminaría en desastre.
Y lo sabía mejor que nadie por el caso Mercer.
Mercer había tenido suerte. Mucha suerte. Ser enviado a prisión había sido, paradójicamente, su salvación. Bloodvine había movido los hilos necesarios para encerrarlo, no para castigarlo, sino para protegerlo. Entre rejas, bajo custodia estatal, Enid Corp no podía tocarlo.
Fuera de ahí, habría desaparecido.
Joe avanzó unos metros más por el conducto, respirando con cuidado. El eco lejano de maquinaria y voces apagadas subía desde los niveles inferiores del edificio. Cada sonido era un recordatorio de que estaba entrando en territorio enemigo.
Si fallaba, no habría cárcel que lo protegiera.
Solo el silencio.
El ascensor descendía con un zumbido grave y constante. El espacio, diseñado para ejecutivos y personal técnico, resultaba claramente insuficiente para Fénix. Su cuerpo de casi dos metros y medio de altura obligaba a inclinar ligeramente los hombros, y su cabeza rozaba peligrosamente el techo metálico.
Fénix chasqueó la lengua con molestia.
—Este ascensor es ridículamente pequeño —gruñó—. Algún día voy a terminar arrancando el techo sin querer.
Enid, de pie frente al panel de control, no apartó la vista de los números descendentes.
—No fue diseñado pensando en… casos especiales como el tuyo —respondió con calma—. Aunque debo admitir que los arquitectos pecaron de optimistas.
Fénix esbozó una sonrisa torcida.
—Optimistas o ingenuos. Si sigo creciendo, tendré que bajar por las escaleras… o romper el edificio.
Enid ladeó ligeramente la cabeza y, por un instante, lo observó con detenimiento. No había burla en su mirada, sino algo más sutil.
—Intenta no hacerlo —dijo—. Me costó demasiado levantar este lugar.
Fénix soltó una breve risa, grave, casi animal, pero bajó un poco la cabeza para no golpear el techo.
—Por ti, jefa, me contengo.
El ascensor siguió descendiendo. Durante unos segundos reinó el silencio, roto solo por el mecanismo interno.
Enid habló de nuevo, con un tono sorprendentemente suave.
—Sé que no es cómodo para ti —admitió—. Pero no estarías aquí si no fueras necesario.
Fénix la miró de reojo. Sus ojos negros, con aquel punto blanco antinatural en el centro, se fijaron en ella con una mezcla de lealtad y algo más difícil de definir.
—Mientras me necesites, aquí estaré —respondió—. Eso ya lo sabes.
Enid asintió apenas.
En su mente, el pensamiento fue inevitable.
Esto que es ahora… no es el Fénix de antes. Es solo una sombra, una versión rota y moldeada a la fuerza. Pero es la única forma de mantenerlo cerca, de mantenerlo bajo control. Bajo mi yugo.