CAPÍTULO 211: Emboscada
Selene avanzaba con cautela por uno de los pisos intermedios de Enid Corp. Las luces blancas del pasillo parpadeaban levemente, y el zumbido constante de la maquinaria hacía que cada paso pareciera más ruidoso de lo que realmente era. Su respiración se mantuvo controlada cuando escuchó voces aproximándose.
Rápidamente se deslizó detrás de un pilar metálico.
Dos científicos pasaron frente a ella, vestidos con batas impecables y tabletas en mano.
—Si los valores vuelven a subir, habrá que recalibrar el protocolo —comentó uno.
—Hazlo antes del próximo turno —respondió el otro—. No queremos errores con ese sujeto.
Selene esperó a que se alejaran antes de asomarse de nuevo. Su mirada recorrió el pasillo hasta detenerse en una puerta ligeramente entreabierta. Sobre ella, un cartel discreto indicaba:
Sala de mantenimiento.
Frunció el ceño. Demasiado genérico.
Con cuidado, empujó la puerta y se coló dentro.
La estancia estaba repleta de armarios metálicos, mesas con instrumental científico y pantallas apagadas. El aire olía a desinfectante y productos químicos. No parecía una simple sala de mantenimiento, sino más bien un almacén técnico oculto a simple vista.
Selene avanzó entre las mesas hasta que algo llamó su atención.
En un compartimiento refrigerado había varias bandejas con inyectables perfectamente alineados. Cada uno llevaba una etiqueta negra con letras blancas.
SUERO ÜBER LYCAN.
El pulso de Selene se aceleró.
Tomó uno con cuidado y lo observó más de cerca. En la pantalla lateral del refrigerador apareció automáticamente una descripción detallada. Selene comenzó a leer en silencio.
—“Compuesto de estimulación celular extrema. Incrementa fuerza, resistencia, velocidad y regeneración en sujetos lycan…” —susurró.
Siguió bajando.
—“Uso exclusivo bajo supervisión de Enid Corp. Prohibido en sujetos no compatibles. Riesgo elevado de colapso fisiológico.”
Sus ojos se detuvieron en la última línea.
Sujeto autorizado: Fénix Roger.
Clasificación: Uso exclusivo.
Selene apretó el inyectable entre los dedos.
—¿Esteroides… para lycans? —murmuró—. No… algo mucho peor.
Miró el resto de las dosis. Eran muchas. Demasiadas para simples pruebas.
Un escalofrío le recorrió la espalda.
—¿Qué estás haciendo exactamente, Enid Corp…? —pensó.
Volvió a dejar el inyectable en su sitio, cerró con cuidado el compartimiento y dio un paso atrás, consciente de que acababa de descubrir algo que no debería haber visto.
Selene reaccionó de inmediato al escuchar los pasos aproximándose. El sonido era pesado, rítmico, demasiado firme para tratarse de un científico. Sin pensarlo, se deslizó bajo una de las mesas metálicas, conteniendo la respiración y pegando el cuerpo al suelo frío.
La puerta se abrió.
Una sombra inmensa cruzó el umbral.
Selene alzó apenas la vista entre las patas de la mesa y sintió un nudo en el estómago.
Era él.
La figura medía más de dos metros, con una complexión descomunal que casi rozaba el techo. Vestía traje negro impecable, camisa blanca y corbata ajustada al cuello. Su presencia llenaba la sala de una presión invisible, como si el aire se volviera más denso a su alrededor.
Fénix Roger.
Sus ojos negros, con aquel punto blanco antinatural en el centro, recorrieron la estancia con una calma inquietante. No parecía buscar nada en particular, simplemente estaba allí, dominando el espacio con su sola presencia.
Selene se quedó inmóvil, sin parpadear.
Cada latido le retumbaba en los oídos.
Fénix avanzó hasta el compartimiento refrigerado. Abrió la compuerta con un movimiento lento y preciso. Observó las ampollas alineadas como si fueran piezas de colección.
Tomó una.
La giró entre los dedos.
Sin ninguna duda ni ceremonia, retiró la protección y se inyectó el contenido directamente en la vena del antebrazo.
El líquido desapareció bajo la piel.
Durante un segundo no ocurrió nada.
Luego, los músculos de su brazo se tensaron de forma antinatural. Las venas se marcaron como cables bajo la piel. Una leve vibración recorrió su cuerpo, como si una energía interna despertara de golpe.
Fénix dejó escapar una risa baja, áspera, cargada de una satisfacción casi infantil.
—Funciona… siempre funciona —murmuró, con una sonrisa torcida.
Cerró el puño, comprobando su propia fuerza, y los nudillos crujieron con un sonido seco.
Selene tragó saliva.
El miedo la atravesó como una descarga, pero obligó a su cuerpo a permanecer quieto. No podía moverse. No podía respirar fuerte. No podía cometer el más mínimo error.
Fénix permaneció unos segundos más en silencio, disfrutando de la sensación que recorría su organismo. Luego dejó la ampolla vacía sobre la mesa y se giró hacia la salida.
Antes de marcharse, inclinó ligeramente la cabeza, como si hubiera escuchado algo… o como si su instinto hubiese percibido una presencia.
Selene contuvo el aliento hasta que los pulmones le ardieron.
Tras un instante eterno, Fénix simplemente abrió la puerta y salió de la sala.
El sonido de sus pasos se fue alejando por el pasillo.
Solo entonces Selene soltó el aire lentamente, con el corazón aún desbocado.
—Eso estuvo cerca… demasiado cerca —pensó, con un temblor recorriéndole las manos.
Se quedó unos segundos más bajo la mesa, recuperando la calma, consciente de que había visto algo que confirmaba sus peores sospechas.
Aquello no era un simple suero.
Era un monstruo contenido en una aguja.
Selene salió con cautela de la sala de mantenimiento. Sus sentidos seguían en alerta máxima después de lo que acababa de presenciar. Avanzó apenas unos pasos por el pasillo cuando, al girar una esquina, chocó de frente con alguien.